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Alejandro González Iñárritu, el mexicano de los 4 Oscar que dirigió a Griselda Siciliani en Bardo, de Netflix



Por el año 2000 dos jóvenes saltaban del cine publicitario y la asistencia de dirección a filmar sus operas primas. Terminaron siendo grandes cineastas: Fabián Bielinsky estrenaba Nueve reinas, y Alejandro González Iñárritu Amores perros. En ese entonces se me ocurrió reunirlos y hacer una entrevista precisamente con ese eje.

Veintiún años más tarde, Fabián no está físicamente con nosotros, y González Iñárritu ya tiene cuatro Oscar en su casa en Los Angeles. Porque, mexicano, se mudó con su familia a los Estados Unidos, como cuenta en esta entrevista, a solas, que mantuvimos tras la premiere mundial en la Mostra de Venecia de Bardo, su nueva película y que llega este viernes 16 de diciembre a Netflix.
Iñárritu también se acuerda del distribuidor de Amores perros en nuestro país, “Era una bellísima persona, el distribuidor. Era un señor ya mayor. Mayor para nosotros eran todos, pero era una bellísima persona. Tengo muy bonitos recuerdos de la Argentina”.

Griselda Siciliani y el director de «El renacido»: él insisitió hasta que pudo rodar con la argentina. Fotos Archivo Clarín

-¿Volviste a la Argentina?
-He ido, pero no para abrir (estrenar) una película. He ido a pasear una vez o dos veces, pero no, no acompañando a una película.
-¿Cuál fue el disparador de esta película? ¿Qué te hizo pensar en ella y cuándo fue que decidiste que ésta fuese tu próxima realización, sobre un periodista y documentalista mexicano que regresa desde los Estados Unidos??
-Yo creo que tiene que ver… Hay dos cosas importantes. La primera es que el año que entra cumplo 60 años y como estás un poco más cerca de la muerte, creo que hay una siempre inevitable invitación, o tentación, porque queda menos hacia adelante que hacia atrás. Y lo de atrás es un poco más complejo. Hay un bagaje emocional interesante y hay una tentación en explorarlo…

Premiere en Venecia. Griselda Siciliani, Iker Sánchez Solano, Alejandro González Iñárritu, Daniel Giménez Cacho y Ximena Lamadrid. Foto AP

Hay algo que me invitó a darle sentido a ciertas cosas, que no lo tienen hasta que no te das ese clavado hacia ese océano. Y la otra es que un día como hoy, hace 21 años, mi familia y yo salimos de nuestro país, y haber estado en uno tan distinto como los Estados Unidos, que no puede haber dos cosas más distintas que Estados Unidos y México y eso que están pegados…. Creo que hay muchas preguntas que quise resolver.
-Muchas veces la primera imagen que uno elige para abrir una película en buena parte es la que define el filme. Es la imagen que el director elige, como que va delineando lo que vendrá. ¿Cómo se te ocurrió esa imagen de Silverio, la sombra de él volando, caminando, saltando? ¿De dónde surgió?
-Sueño muy seguido con volar, que es una imagen muy recurrente y me vino muy naturalmente, sentí que era algo como en el alma, no en la mente, sino en el alma de alguien. A diferencia de Birdman, aquí estás en el alma de alguien. No es algo mental.

El cineasta le dijo a Clarín que «sueño muy seguido con volar», algo que aparecía en «Birdman» y ahora también en «Bardo». Foto EFE

-En “Birdman” terminabas volando, y aquí abrís volando…
-Jajaja.
-Encontré muchas veces el número 63 en la película, fueron premeditadas, supongo…
-Sí, 63 hay una tienda, Pelayo, que también es un homenaje a un amigo mío que falleció. Yo nací en el ’63 y él también…

Daniel Giménez Cacho, que filmó «Zama», de Lucrecia Martel, es el protagonista de «Bardo». Foto Netflix

-No pude dejar de pensar en “Amarcord”, y también un poco en “La grande bellezza”, que tiene que ver, también, con volver a tu juventud o tu infancia, ¿no?
-Lo que tiene que ver es que los grandes maestros, Buñuel y Fellini, o gente como Jodorowski o Tarkovski, nos han enseñado cómo utilizar el cine como un medio que tiene que ver más con los sueños que con la narrativa, con las historias. Entonces, creo que para mí esta película fue eso. Fue como que se empezó a convertir no en una verdad, sino en una interpretación de la verdad.

«Buñuel y Fellini nos enseñaron cómo utilizar el cine como un medio que tiene que ver más con los sueños que con las historias». Foto Reuters

Y a la hora que la ejecutas, a la hora que tienes que bajarla a lo físico, se convierte. Como decía Buñuel, que el cine era un buen sueño dirigido. Y esta película fue un sueño que yo dirigía, y todos los elementos del tiempo y el espacio, totalmente en su nudo, se convierte en algo muy onírico, que tiene que ver con las memorias, tiene que ver con experiencias, sensaciones, sueños, miedos, cosas que están muy en el consciente y atoradas en el subconsciente.
-¿Cómo definirías tu niñez? ¿Fue buena, feliz, complicada?
-No tuve una niñez complicada. O sea, hubo muchas limitaciones económicas. Mi padre perdió todo y entonces sí tuvimos mucha, mucha limitación económica, y fue una niñez creo que bastante normal. Fuera de eso y de los clásicos conflictos, no podría decir que tuve una mala infancia, tuve los papás que yo debía de haber tenido.
-¿Viven?
-Vive mi madre, mi padre falleció en 2014. Pero no puedo decir que soy producto de una niñez trágica.

Marcando una escena a Giménez Cacho, en el Zócalo, la plaza principal de Ciudad de México. Foto Netflix

-¿Hacés psicoanálisis?
-Sí, sí, sí. Pero lo mío tiene más que ver con la meditación. En 2002 empecé a meditar y creo que me ha ayudado a no entender con la mente que piensa, sino con la mente que sabe. Y ésa es otra cosa. Creo que eso ha sido una liberación para mí.
Trabajar con argentinos
-¿Cómo trabajaste el guion con el argentino Nicolás Giacobone?
-Es que hay un lenguaje ya, con Nicolás tengo un entendimiento muy hermoso, porque nosotros tenemos gustos muy similares en literatura, en cine, en cosas, y me entiendo muy bien con él. Es una persona de una sensibilidad muy especial. En un momento dado él me ayudó muchísimo con las conversaciones por teléfono o por Zoom.

El director no había vuelto a rodar en México desde su opera prima, «Amores perros», estrenada en el año 2000. Foto Netflix

Nos juntamos un par de veces, también físicamente. Y todo fue en un plazo de tiempo muy largo. Nunca tenemos ni una meta, ni un objetivo. En este caso fue como muy libre, porque era un proyecto que yo fui desarrollando, pero sin ninguna ansiedad. La verdad es que lo dejamos respirar.
Era como un vino, o sea, como que íbamos “subiéndolo” de vez en cuando. Un poquito de esto. Déjalo otra vez en la barrica. Se hizo con ese tipo de cepa que la dejas estacionar. Eso fue muy bueno. Y la combinación de Nico conmigo es muy hermosa. Porque digamos que si yo brindo diez cosas a la mesa, él tiene una curaduría y una pragmaticidad del escritor…

Nicolás Giacobone, González Iñárritu, Alexander Dinelaris y Armando Bo cuando ganaron el Oscar al mejor guion original por «Birdman» en 2015. Foto AP

-¿Vos ibas desarrollando la idea y él ofreciendo los diálogos?
-Y, vamos platicando. Es una colaboración muy sui generis, no académica ni técnica, no te lo podría explicar. Hay un intercambio casi sin palabras, sin lenguaje, que se va haciendo, que se ha venido haciendo desde el 2009 (por Birdman, por cuyo libreto Giacobone ganó el Oscar como coguionista). Hay una misma percepción de las cosas. No existe una técnica, cada vez lo hacemos distinto. Trabajamos con una gran fluidez y confianza, una confianza mutua, donde yo le confió a él mucho y él a mí.
-Hay una escena fundamental, que es la del bebé que no quiere dejar el vientre de su madre, y el filme allí arranca por el lado de la comedia, pero termina siendo realmente una tragedia. ¿Cómo fue que lo construiste así?
-Pues sí, es una forma de revelar y de explorar algo doloroso. Y esta digestión de experiencias y memorias, anécdotas o miedos… La única forma, creo yo, para mí, de narrar esto era a través del humor, a través de liberarte. Después de tantos años, ponerlo de una forma más metafórica, más como uno hubiera deseado.

González Iñárritu hace psicoanálisis, «pero lo mío tiene más que ver con la meditación», le dijo en Venecia a Clarín. Foto Netflix

-La escena del mar, ¿fue particularmente difícil de rodar?
-Sí, sí, fue difícil de rodar. Y eso que fue una película muy controlada. Lo que decía cada encuadre, cada movimiento de cámara, cada movimiento del actor estaba totalmente estudiado y lo tenía muy claro. Es una prueba con muchísima precisión, pero por lo mismo es muy, muy difícil encontrar eso y la luz en ello.

«Griselda, tiene un candor natural y su físico y su rostro proyectan una gran mujer con una gran sabiduría emocional», elogia a su actriz.

-¿Y por qué elegiste a Griselda Siciliani, y no a una actriz mexicana? Porque es una película muy mexicana ¿Qué encontraste en ella? ¿Qué percibiste en el casting?
-Yo necesitaba que Lucía fuese… Hay una cosa tonal de Griselda, tiene un candor natural y su físico y su rostro proyectan una gran mujer con una gran sabiduría emocional, con una paz, inteligencia, cierto humor. Y así es ella en la vida real. Es como una persona que tiene un alma ligera y profunda, y es lo que yo necesitaba de Lucía.
Cuando la vi dije “hay algo que está, es ésta, es la mujer”. Y es una acción energética, aparte de que es una increíble actriz y con una colaboración y compromiso, pero no había otra mujer en el mundo que hubiera podido haber lo que yo necesitaba, lo que yo sabía que necesitaba el personaje.

El director de «Babel» dice que filma «porque es lo único que sé
hacer». Foto Netflix

-¿Por qué filmás?
-Por qué filmo. Porque… no sé. La verdad es que no tengo una respuesta certera. Creo que lo único que puedo decir es que es lo único que sé hacer, no sabría hacer otra cosa en realidad. Y es lo único que he estado haciendo durante 50 años y no, no sabría qué otra cosa hacer en mi vida más que eso. Si hay una sensación de que es la única forma natural para mí de caminar, o ser, o ver la forma en que veo el mundo. Finalmente, se van generando como imágenes de una forma natural, y sé que lo sé hacer.
Tengo que comer. Y es como un proceso casi muy natural. Te mentiría si te diera una razón filosófica de mi infancia, “cuando mi papá me llevó a ver a Orson Welles…”. No, es muy sencillo. Es como respirar. ¿Por qué respiras? Porque tengo que vivir y porque naturalmente, camino y respiro. El cine para mí es un poco esos esquemas. Me va naturalmente, como el aire.

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