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La nueva historia de Marcelo Birmajer



Esa noche me había quedado trabajando hasta tarde, en las oficinas de una gran productora latinoamericana de contenidos.

Como yo era el único que no festejaba la Navidad, y no debía marcharme antes para prepararme, me hice cargo de una adaptación de Hansel y Gretel, cuyo guión debía enviarse el 2 de enero. Les dije al resto de mis compañeros: vayan tranquilos.
Había en mi oferta algo de realismo y algo de vanidad. Ese trabajo específico no me tocaba exactamente en el reparto, pero me parecía que las circunstancias conspiraban para que fuera finalmente el ejecutor. La palabra ejecutor no era casual: los padres de Hansel y Gretel, en rigor el padre y la madrastra, me parecían dos criminales.
Sentía una cierta incomodidad al poner aquella antigua trama en escena. Por entonces no había Google; y en esa noche y lugar, no podía recordar si el texto original era de los hermanos Grimm, de Andersen o un cuento anónimo.
Nos habían indicado que la adaptación debía ser para toda la familia: incluir a los niños sin perder la atención de los adultos. Pero a poco de comenzar a escribir, la composición de lugar, los diálogos, el abandono de Hansel y Gretel en lo oscuro del bosque no me resultaba transmisible para los niños ni para los adultos.
Esa sensación no era el mejor estímulo para concluir antes de que dieran las doce. A esa hora debía dejar el guión terminado sobre el escritorio del despacho del coordinador y marcharme a mi solitaria covacha en una calle perdida de una ciudad que no era Buenos Aires. Yo me había declarado a mí mismo en un auto impuesto exilio sentimental.
Decidí bajar a comprar un café, alcohol, mezclarlos y ver qué salía. Debía olvidar mi antipatía contra aquel relato, mi reticencia, y mi rencor contra mí mismo, y escribirlo.
¿Por qué Dios me había permitido sobrevivir en este planeta? ¿A cambio de qué? De hacer mi trabajo: contar una historia. En este caso, más fácil aún: adaptarla. Pero mientras lo intentaba, reconocí que me resultaba mucho más fácil inventar una historia que adaptar una ajena.
Bajé y empujé la puerta de vidrio que conectaba nuestro moderno edificio -quizás el más moderno de la zona colonial-, con la húmeda y pavorosamente calurosa acera. Pero no se abría. El sereno no estaba por ningún lado. Hasta donde alcanzaban mis sentidos, yo estaba encerrado. Perdido en el único sitio de la ciudad sin Navidad. Lógico.
Comencé a tararear La navidad de Luis, de León Gieco, pero llamándome a mí mismo cuis. Definitivamente mi vida no era de Navidad. ¿A dónde se habría ido el sereno? ¿Qué era lo peor que me podía pasar? Que me liberaran el lunes: a lo largo y lo ancho de la oficina había pan dulce, bebidas y licores, regalos empresariales que sobraban.
No me moriría de hambre ni de sed. Estaba mejor que los judíos del Éxodo: cuando me abrieran las puertas, convertiría mi noche sin Navidad en Pésaj. La libertad.
También podía comenzar a llamar por teléfono. Pero primero debía terminar el guión. Mirando el pan dulce pensé en el sendero de migas de pan que dejaba Hansel. Aunque en la primera expulsión de la casa paterna, desplegaba un reguero de guijarros, mucho más afortunado.
Como todos mis espectadores debían saber, siguiendo ese reguero, Hansel y Gretel regresaban con sus padres. De todos modos debía narrarlo: a los espectadores podía gustarles que les contara lo que ya sabían, con el compromiso tácito de que en algún momento los sorprendería.
Hansel y Gretel, siguiendo el reguero de guijarros, regresaban con sus padres, y cenaban en paz, en familia, en la noche de Navidad. Un año más tarde, por la carestía de la vida, el padre y la madrastra abandonaban nuevamente a Hansel y Gretel en lo profundo del bosque, con la evidente intención de que se los comieran las bestias, o al menos de no verlos nunca más, por el motivo que fuera.
No era lo que el doctor Socolinsky hubiera recomendado para una buena relación entre padres e hijos. Pero yo ni siquiera estaba en la Argentina y tenía que terminar de adaptar aquella historia antes de que acabara el día.
En la segunda ocasión en que los abandonan para que perezcan, Hansel no tiene guijarros a mano. Logra retener en un puño un trozo de pan duro. No sé cómo consigue un trozo de pan, ni siquiera duro, en aquel hogar de miseria. Quizás no fueran tan pobres como los describía el autor, e igualmente porfiaban desprenderse de sus hijos. Pero no era exactamente eso lo que me incomodaba.
Repentinamente, sin pensar en que estaba encerrado, sin pensar en Ana, por un instante olvidado de mí mismo, avanzaba a toda velocidad en la máquina de escribir.
Hansel y Gretel solos, el uno con el otro, mucho peor de lo que estaba yo encerrado en aquel edificio, rodeados de lobos, de otros sonidos ominosos, al acecho de las bestias de la noche.
Cuando Hansel sigue un rayo de luna, mientras le toma la mano a su hermana menor Gretel, y le dice que se calme, que también esa noche regresarán a casa, descubre que los pájaros se han comido las migas del mendrugo de pan duro.
¡Cómo me gustaba la palabra mendrugo! Qué pena no poder incluirla en un diálogo, sólo en la descripción de la escena. Era la descripción de una ausencia: faltan las migas del retorno a casa.
Por algún motivo, se me humedecieron los ojos. En esa instancia, inventé que Gretel comienza a quejarse amargamente, bañada en llanto, de la crueldad de los pájaros. ¿Por qué se comieron las migas de pan? ¿Por qué los privaron de su única posibilidad de regresar a casa?
Hansel le dice que baje la voz, no se lo quiere aclarar: pero lo que teme es que apure la llegada de los lobos. Finalmente se resigna a que tarde o temprano darán cuenta de ellos.
Gretel continúa sollozando y reclamándole a los pájaros. Hasta que uno de los pájaros, que como en tantos otros cuentos, conoce el lenguaje humano, se acerca a los hermanos y les revela:
– Hansel, Gretel, no somos crueles. No nos hemos comido vuestro sendero de migas de pan por gula. Nos hemos comido esas migas del mendrugo de pan duro para que ustedes no regresen con esos padres. ¡Ese no era un camino de regreso sino de perdición! Nos comimos las migas de pan para que elijan un camino nuevo. Huyan del bosque, huyan de los lobos. Pero sobre todo, nunca más regresen a esa casa. Cualquier destino que elijan, será mejor que regresar por el sendero de las migas de pan.
Estaba por tipear la huida (ya sin corrección posible, era sólo una máquina de escribir), cuando sonó el teléfono. Atendí pensando que alguno de mis colegas centroamericanos había reparado en mi encierro.
Pero era Ana. Hacía dos años que no hablábamos. No le pregunté cómo podía saber que yo estaría allí, y a esa hora, ni qué hora era en Buenos Aires. Me preguntó si pensaba regresar, y le dije que nunca. Pero me refería a ella. Escuché los pasos del sereno, abajo. Colgué sin más, y dejé el guión terminado en el escritorio del despacho del coordinador.
WD

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