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«Me llaman moderno pero me siento antiguo»



Con el regreso de Fausto, una de las obras favoritas del repertorio francés, se inaugura oficialmente este martes 14 de marzo la temporada lírica del Teatro Colón.

La producción que se verá de la ópera de Charles Gounod (con diferentes versiones estrenadas entre 1859-1869) nació en el 2015 entre teatros de Italia, Suiza e Israel, y cuenta con la dirección de escena, escenografía, vestuario, iluminación y coreografía del italiano Stefano Poda y la dirección musical del británico Jan Latham-Koenig.
Dos elencos estarán a cargo de las seis funciones: Liparit Avetisyan (Fausto), Aleksei Tikhomirov (Mefistófeles), Anita Hartig (Margarita) y Vinícius Atique (Valentin) encabezarán el de las funciones de los días 14, 16, 19 y 21.
En las de los días 15 y 18 se alternarán con ellos los locales Gastón Oliveira Weckesser, Christian Peregrino, Marina Silva y Felipe Carelli.

Stefano Poda en el Colón. Vino para la puesta de Fausto, que se estrena este martes 14 de marzo. Foto Juano Tesone

Poda, de regreso
Luego de su recordado Nabucco del 2022, Poda está de regreso, en este caso con una versión por la que tiene un especial cariño. En un diálogo con Clarín que sucede en medio del montaje técnico de las enormes estructuras que componen la escenografía, el régisseur recuerda que, paradójicamente, fueron un DVD y una retransmisión en cines los que dieron fama a uno de sus trabajos más metafísicos.
“Mi tipo de trabajo es lo opuesto de lo que funciona para el cine”, afirma Poda, “porque es un trabajo sobre el espíritu, la energía, y es como la misa: no funciona en televisión. Se puede hacer una buena documentación de una misa bien celebrada, pero es como decir que el Zoom puede reemplazar una charla presencial».
Y agrega: «En el teatro se instaura una dialéctica, el misterio de la vida, y eso es insustituible. La música libera de las cadenas del cuerpo, como el sueño, y nos permite descubrir una verdad más profunda de lo concreto. El cine, que es nocivo, también ayuda, porque conquista a un público que a veces se siente cohibido y que no iría al teatro de ópera”.
-¿Cuál es el concepto detrás de la puesta?
-Todo gira alrededor de la imagen de un anillo, sobre cuyo significado no hace falta ni siquiera hablar: es la circularidad del hombre, del tiempo, de la historia. La idea del círculo partió del recuerdo de un hámster que yo tenía cuando era niño, y que me causaba maravilla y al mismo tiempo pena, porque pasaba todo el tiempo girando en una rueda.
Lo que más me impresionó siempre del texto de Goethe fue la frase final que dice Fausto: «No he hecho más que correr toda mi vida», que es lo que hacemos todos: pasamos la vida corriendo. ¿Hacia qué? Hacia algo que en todas las épocas nos parece prioritario, y de pronto nos damos cuenta de que esta prioridad caduca. Buscamos algo siempre inalcanzable.
La rueda mágica
-¿La idea era que Fausto caminara dentro de la rueda?
-Quería que Fausto estuviera dentro de una rueda gigante, pero técnica y presupuestariamente no logré hacerlo, porque costaba mucho, era algo disparatado, pero eso me generó el resto de la idea.
La idea central es la del viaje de cada protagonista y del espectador: propongo un espejo en el que el espectador se refleje y reconozca su propio viaje. Por eso no me gusta identificar a Fausto con un hombre viejo: no es hombre, no es mujer, no tiene edad. Todos alcanzamos en cierto momento de nuestra existencia una cumbre que tiene que estar integrada en este discurso.
Me interesó representar este viaje de conocimiento hacia una meta que, sin importar cuál sea, es inalcanzable. Es también el viaje de la civilización. Es importante, ya sea la imagen del hombre que camina en la rueda del hámster, pero también la del niño que hace un castillo de arena en la playa y que cada día, sin remordimientos ni discusiones consigo mismo, lo vuelve a levantar. Eso es el hombre, eso es Fausto.

Stefano Poda hará una puesta de Fausto en el Colón. Foto Juano Tesone

La importancia de Fausto
-¿Cómo se desarrolla ese viaje que menciona?
-El viaje empieza en el pequeño mundo, el mundo burgués, el mundo de Margarita, y termina en el mundo del Walpurgis. La gran dificultad de esta ópera es la limitación: por necesidad de síntesis se desarrolló una parte del libro, pero siento que eso no importa, porque está la fuerza de la música, que es evocativa: fija algunos momentos, pero no hay por qué anclarse a ellos. Es importante ampliar el horizonte y reconducirse al viaje.
No importa que el público no entienda todo: importa que al volver a la casa se sienta motivado, que escuche de nuevo la obra y que busque. La imagen de Fausto es especialmente importante en esta época falsamente moderna, de tremenda decadencia, donde venimos de algo que creemos conocer y vamos hacia una incógnita, en un gran cambio epocal, en el que nos aferramos a este orgullo tecnológico que es muy peligroso.
-Y, más concretamente, ¿qué se ve en cada uno de los cuadros de la ópera?
-La primera etapa del viaje es el estudio de Fausto, que aquí es la ruina de una biblioteca, del hombre que ha leído todo, hecho todo, pero ha perdido la fe y ha caído en la depresión, como nos ha pasado a todos.
El primer cuadro habla del tiempo: una obsesión por los relojes de arena, el tiempo que posa y no se detiene, toda la maquinaria teatral sigue, como un reloj.
La segunda etapa es la kermesse, que es un poco el mundo de Instagram, de la apariencia, de la negación del paso del tiempo, el mundo fashion, los valores perecederos, y lo que hoy se venera: la belleza, la juventud, el dinero, el poder.
Después viene el jardín, el mundo despojado, interior, de Margarita: árboles cuyas flores están en ella.

El regisseur de Fausto. Stefano Poda vino para una nueva puesta del Teatro Colón. Foto Juano Tesone

Luego viene la calle, el mundo burgués, oprimido por la religión, y después la iglesia, que siempre es un viaje interior de Margarita, y finalmente la Noche de Walpurgis, la prisión y la apoteosis.
-¿Cómo trabajó las diferencias entre la versión final de Gounod que se verá aquí, el mito y el texto original de Goethe?
-La lucha entre Goethe y grand-opéra no se tiene que comparar, porque todo se banaliza mucho, es muy peligroso. Yo siempre intento no llevar nada a lo concreto. Me llaman moderno, pero me siento totalmente antiguo. La modernidad de las puestas de hoy es concreta: yo rehuyo de la concreción y del realismo, me da terror.
No estoy diciendo que lo que hacen los demás no esté bien, pero yo no sé hacerlo ni me interesa. Todo lo que interpreta la música y la muestra es una prisión, y es lo contrario de lo que hay que darle al público: la abstracción y la posibilidad de que haga su trabajo.
Del mito a Google
-Los tres personajes principales son fuertemente arquetípicos. ¿De qué manera se insertan en esta abstracción?
-Margarita es lo más fácil de explicar, porque representa el amor puro en el contexto del pequeño mundo: no es Helena, que es el mundo que supera la mitología, que represento de manera muy drástica.
Fausto es el ser de hoy que lucha con esta falta de objetivos y de fe, con esta dimensión absolutamente deshumanizada que nos toca vivir, en la que todo es aparentemente muy accesible, como el conocimiento, una época en la que uno pone cualquier palabra en Google, pero eso no es cultura ni humanismo: humanismo es entregarse profundamente y descubrir a lo largo de la vida los secretos, los vínculos entre las disciplinas, entender que de a poco todo tiene que ver con todo: eso es un proceso largo y doloroso que la contemporaneidad resuelve fácil y mal.
Mefistófeles es la otra parte de nosotros, claramente no es el diablo con cuernos: es la racionalidad, la dicotomía entre racionalidad y espíritu que nos hace grandes y pequeños, débiles y fuertes. Ése es el pacto que sucede cada día en que nos toca tomar una decisión. Yo despego a Mefistófeles de cualquier connotación moral, religiosa o histórica, pero también lo dejo abierto.
MFB

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