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Por un puñado de dólares II



En el capítulo anterior, desplegamos una historia zigzagueante entre realidad y ficción, entre Historia e imaginación: Juan Manuel Abel Medina, en su libro Conocer a Perón, acusa al caudillo neuquino Felipe Sapag, mandatado por el presidente militar de facto Agustín Lanusse, en 1972, de intentar sobornar a Perón con cuatro millones de dólares, para que no regrese al país.

La hija de Sapag, Silvia, este año 2023, desmiente el episodio; y Abal Medina aclara, en un sitio online neuquino, que se confundió de hermano, quiso referirse a Elías Sapag. [1] De ahí sigo el reguero de los maletines rebosantes de dólares en los años ’70 en la Argentina (como los patacones que rezumaban de las valijas de Patoruzú), y me remonto a un relato que publiqué en esta misma sección, sobre un viaje real que hice a Corea, en 2006, durante el cual, por mail, supuestamente me ofrecen dirigir un diario que se llamará La voz de los muertos, en el cual solo escribirán personas ya fallecidas, y para financiarlo debo pasar a retirar un maletín repleto de dólares que alguien me entregará en el paralelo 38, la división bélica entre las dos Coreas, la liberal del sur y la estrambótica del norte, Seúl y Pionyang.
Pero cuando publico esa columna ignoro que efectivamente, en algún momento entre 1972 y 1975, entró a la Argentina, en la vida real, una valija proveniente de la China maoísta, con la autorización del propio Mao, con tres millones de dólares, para financiar a una minúscula agrupación maoísta argentina, en Córdoba, autodenominada PCML (Partido Comunista Marxista Leninista), de lo que me entero porque accedo al testimonio de uno de sus militantes, en el juicio por apremios ilegales que se les sigue a sus captores, en la causa relativa al centro de detención clandestino La Perla, sito en la misma provincia mediterránea, durante el período de la infame dictadura militar 76/83. Todo este último párrafo estrictamente real, fechado, datado, comprobado.
A lo largo de 1982, la conducción montonera en el exilio, Firmenich, Perdía, Vaca Narvaja, trama la publicación de un diario en Argentina: La Voz. El matutino será comandado a efectos prácticos por un aliado improbable: el caudillo catamarqueño Vicente Leónidas Saadi, quien en el año 1947, para conseguir ventajas personales, imitó la voz de Perón por teléfono; y fue finalmente juzgado y sentenciado por delitos relacionados con la impostación y la corrupción. Es el combo perfecto.
Pero allí no terminan los contubernios: en el primer número de La Voz, distribuido al público en septiembre de 1982, figura entre los adherentes Emilio Eduardo Massera, el atroz almirante integrante de la Junta Militar de 1976 y responsable del centro clandestino de detención, tortura y apropiación de niños, ESMA.
Su hijo, Eduardo Enrique Massera, asiste a la “fiesta” de inauguración del diario. “No hay nada más lindo que la familia unida”, cantaban los Campanelli. Tanto la facción montonera de los disidentes Gelman y Galimberti, como la de los aún en este mundo Perdía, Narvaja y Firmenich, durante el cisma por la contraofensiva en 1979, se acusaban mutuamente de trabajar para la dictadura. Pero en el primer número de La Voz, los jefes a cargo confiesan abiertamente su alianza con Massera [2].
El capítulo 8 del libro La voz, el otro diario de los montoneros, de Mariano Mancuso, se titula: Lo que se gastó en el diario era descomunal. Ese dinero solo podía tener un origen rastreable, ya que ni Perdía, ni Firmenich ni Vaca Narvaja recaudaron nunca cantidades significativas de divisas por medios legales: el botín por el secuestro de los hijos de Born, 60 millones de dólares.
La ocasión en que Firmenich, Perdía y Vaca Narvaja, los Montoneros como organización armada, inauguraron, en la Argentina, el crimen de secuestrar a los hijos de un enemigo ideológico con fines políticos. Extorsionar, por medio de la apropiación de los hijos, a un “enemigo”, declarado como tal por los secuestradores, con una finalidad “política”. Acá, tristemente, trágicamente, arruinando lo poco que restaba de convivencia y democracia en el país, cuando los criminales cometieron ese secuestro innominable y abominable, en 1974, interrumpimos nuestro racconto de la realidad y derivamos a la ficción.
En mi thriller, quiero suponer que en ese diario, La voz, el otro diario de los Montoneros, trabajan dos hombres muy distintos entre sí, con una conexión secreta: un encargado de cortar los cables de las agencias de noticias, lo que se llama un cablero, ex integrante de la agrupación maoísta argentina PCML; y un redactor de una sección X, puede ser Espectáculos, Política, o Turf, pero lo relevante es que este redactor es un marino, más precisamente un agente de Massera que, como acabamos de reseñar, adhirió a la aparición del primer número del matutino y cuyo hijo asistió a la “fiesta” de inauguración. La fiesta de todos.
El redactor al servicio de Massera sabe -porque los captores del militante que da el testimonio trabajaban para la Marina-, que en Córdoba, en algún lugar de Córdoba, hay enterrada una valija con tres millones de dólares entrada al país entre 1972 y 1975, proveniente de la China de Mao, para financiar al PCML; una valija que los dos principales dirigentes del PCML enterraron. Posteriormente, sin desenterrar la valija, fueron desaparecidos y asesinados.
Pero el agente de Massera redactor de La Voz descubre que el cablero posee indicios de dónde puede estar enterrada la valija china con los tres millones de dólares. Esta conjunción desata un intríngulis sentimental, policial y de patetismo político, entre dos aliados tan improbables como los Montoneros y Saadi: el agente de Massera y el ex maoísta, deben eludir a sus ex aliados y a sus propias relaciones para marchar juntos en pos de la valija de los tres millones de dólares enterrada, supongamos, en Villa María.
La otra opción es La Falda. De hecho, los dos cómplices dudan entre una y otra ciudad. La valija, finalmente, estará enterrada en una quinta en Villa María, cercana a un arroyo de agua cristalina. La quinta la habita una viuda, y lo que comienza como una necesidad de seducir a la viuda por codicia, para que los guíe como Ariadna a la valija, acaba como un combate pasional, entre el agente de Massera y el ex maoísta cablero, por esa misma mujer.
La viuda estuvo sentimentalmente relacionada, durante décadas y secretamente, con uno de los dos altos dirigentes del PCML, que quizás a su vez tenga alguna filiación con el cablero ex maoísta. Detrás de este escándalo de lujuria y dinero verde, como un telón de fondo, se desdibuja la milenaria China, continental, derivando en el capitalismo, con algo para decir respecto de la valija, algún agente tipo Fu Man Chú, a favor o en contra de Deng Xiaoping, ya veremos, uno de los pocos al tanto de la decisión de Mao de enviar el dinero a la Argentina en alguna fecha entre el ’72 y el ’75.
Podríamos pensar que en esta encrucijada comienza el desarrollo de la historia, pero yo prefiero interrumpirla. Después de todo, uno de los pocos privilegios de un narrador es, dentro de la Historia, decidir dónde comienza y termina su propia historia.
[1] “Mezclé a los hermanos. Mencioné a don Felipe Sapag como viajando a Madrid para entrevistarlo al general de parte de Lanusse. Eso no es cierto, es un error (…) Fue Elías Sapag quien viajó a Madrid”. Vaconfirma.com.ar 12.03.2023. Entrevista a Juan Manuel Abal Medina.
[2] La voz, el otro diario de los montoneros, Mariano Mancuso, página 60. editorial Punto de Encuentro (2015).
WD/POS

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