A diez años del 15M: ¿qué pasó con los “Indignados” en España?

admin

14/05/2021

Cuando caía la noche, con esa frescura que sólo concede la ilusión, las carpas fueron poblando la Puerta del Sol de Madrid. Espontáneo, improvisado, ese 15 de mayo de 2011 el kilómetro cero de la capital española fue almohada de unos 40 indignados que ya no se callaban su descontento social.

Decidieron acampar para reafirmar lo que miles de españoles gritaban durante las manifestaciones: “Democracia real ya. No somos mercancías de políticos y banqueros” o “No nos representan”, el equivalente a nuestro “Que se vayan todos” del 2001, en rechazo a la situación política, económica y social que estallaba por toda España.

En la Puerta del Sol, la estatua de Carlos III, ese rey austero el siglo XVIII que paradójicamente pensaba en el bienestar de su gente, se iba forrando de pancartas y hasta le arrimaron a los pies del caballo de bronce un euro gigante, de esos que usaban las tiendas para promocionar el “todo por dos pesos” local.

Y como en la multiplicación de los panes de la Biblia, los 40 que acamparon aquel domingo fueron, tres días después, 5.000; 10.000 a las 24 horas y 28.000 al día siguiente: nacía el 15M, el movimiento que tomó las plazas de las principales ciudades de España para denunciar a la “casta” política y las desigualdades sociales y económicas.

La Puerta Sol colmada de Indignados, hace 10 años. Foto: archivo
La Puerta Sol colmada de Indignados, hace 10 años. Foto: archivo

Diez años después

A diez años de aquella movida inspirada y fogoneada por el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, el diplomático francés que con su apelación en forma de panfleto se convirtió en el padrino de los movimientos ciudadanos de resistencia, aquel fervor transversal que pregonaba, sin líderes ni caudillos, descrédito en la clase política, regeneración en la gestión de lo público y redistribución equitativa, no mejoró sustancialmente la vida de los españoles.

La pandemia no colaboró pero la política, hoy representada en el Congreso de los Diputados por una diversidad de partidos jamás vista en la historia democrática de España, se volvió arisca, agresiva. Se polarizó como nunca antes.

Una década después, los jóvenes, masivos bots de carne y hueso convocantes del 15M a través de las redes sociales, no han visto sus plegarias atendidas.

Y la tasa de desempleo, que en el segundo trimestre de 2011 era, según el Instituto Nacional de Estadística español, del 20,64 por ciento, durante el primer trimestre de este año fue del 21,08.

Protesta de los indignados en Valencia, en 2011. Foto: Reuters
Protesta de los indignados en Valencia, en 2011. Foto: Reuters

Una fuerza política como Podemos, nacida en 2014 y que supo institucionalizar la algarabía del 15M conectando con el amparo que la orfandad de la calle reclamaba a gritos, trastabilla luego de desangrarse en resultados electorales desafortunados, como los de las últimas elecciones en Madrid.

Está casi en un coma inducido por la jubilación anticipada de Pablo Iglesias, voz y melena del partido, quien renunció a todos sus cargos y, apelando a la fuerza que Sansón esgrimía en su cabellera, hasta se cortó el pelo.

“Desde el punto de vista de la movilización, el 15M fue el primer gran exponente de un modelo que iba aún más lejos que los nuevos movimientos sociales”, dice la politóloga Cristina Monge en la introducción de Tras la indignación. El 15-M: miradas desde el presente, un libro que se acaba de publicar y en el que catedráticos y especialistas desmenuzan aquel 15M para desentrañar cómo afectó a las dinámicas políticas actuales en España.

Pablo Iglesias. Foto: EFE
Pablo Iglesias. Foto: EFE

Monge añade que “el énfasis en la idea de multitud frente a la de colectividad, la demanda de re-politización de la sociedad, la unión de valores materialistas y posmaterialistas, y el hecho de poner en el centro de su atención la defensa de la democracia, la participación o la equidad eran algunos de los rasgos que lo pusieron de manifiesto”.

“En cuanto a la estructura de movilización conviene recordar que se trataba del primer gran movimiento en red, con la indiferenciación interna como seña de identidad, una clara apuesta por la horizontalidad, la colaboración y la ausencia de liderazgos definidos”, agrega.

En su balance, Monge, que además es profesora de Sociología en la Universidad de Zaragoza, opina: “Diez años después, y como es sabido, a grandes éxitos han seguido descensos bruscos: Podemos alcanzó su mayor triunfo electoral en la repetición de las elecciones generales en junio de 2016, cuando cosechó el 21,5 por ciento de los votos. Desde entonces, inició una fase de declive en las urnas que le dejó en un 13 por ciento en la repetición electoral de noviembre de 2019, lo que, no obstante, le ha permitido ocupar la vicepresidencia del gobierno de España y cinco ministerios.”

Según Monge, “el éxito en la movilización es distinto al éxito en la consecución de los objetivos del movimiento. Del éxito en la movilización de los indignados nadie duda. La discusión sobre el éxito de sus objetivos, sin embargo, permanece abierta”.

Desde la Universidad Complutense de Madrid, los catedráticos María Corrales Pons y Alán Barroso Arrufat sostienen que “diez años después y tras otra gran recesión de características muy distintas, ese gran consenso popular que alumbró el 15M se ha debilitado”.

“Durante esta larga década que separa los dos momentos, a pesar de haber incorporado muchas demandas y formas nacidas en aquellas plazas, se ha dado una vuelta a las coordenadas habituales de la política española. La confrontación política dejó de ser contra el ‘sistema’ o contra una ‘élite’, sino contra el bando contrario; la izquierda y la derecha han vuelto a ser categorías útiles para situarse en el debate público y, al mismo tiempo, la sensación de polarización y de confrontación entre proyectos radicalizados es mayor que nunca”, aseguran.

Miradas optimistas

Hay voces optimistas, sin embargo, que consideran que la onda expansiva del 15M llega hasta hoy: que el envión de los movimientos feministas reinvindicativos es heredero de aquellas sentadas en las plazas, que el gobierno actual de coalición es hijo de pancartas como “Vamos despacio porque vamos lejos” o “No es una crisis, es una estafa”.

“El 15M realizó un diagnóstico certero de un cambio de época que no es discutible -opina Quim Brugué, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Girona, durante la presentación del libro Tras la indignación. El 15-M-. Al grito de indignación no le siguieron auténticas palabras para construir una alterativa.”

Y agrega: “Hoy nos vemos en una encrucijada. Por una parte la indignación se está convirtiendo en miedo al futuro, en polarización, en cólera, en enfado. Eso es un espacio abonado no para la transformación sino para las falsas soluciones. El otro camino, que es el que deberíamos empujar, es que la indignación se convierta en valentía, en colaboración, en lugares de encuentro donde construir equilibrios democráticos”.

Madrid. Corresponsal

ap​

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