Afganistán: otra catástrofe 20 años después

admin

06/09/2021

Todavía las conjeturas priman sobre las certezas acerca de los motivos por los cuales los servicios de inteligencia de Estados Unidos no detectaron la magnitud del primer atentado megaterrorista del planeta, cuando el 11-S de 2001 Al Qaeda voló las Torres Gemelas y estrelló uno de los aviones secuestrados en el Pentágono.

Las consecuencias se hicieron sentir hasta este 30 de agosto, cuando el general Chris Donahue fue el último militar en abordar un avión que lo sacaría del infierno afgano.

A partir de ahora, y de esta retirada caótica e ignominiosa, comienza otro capítulo de la compleja saga que se escribe en el mundo occidental, cuya supremacía fue incuestionable desde la Conquista de América.

En efecto, tanto para la pandemia como para los principales sucesos que transcurren en este periodo hay que usar diversos tiempos para poder comprender su alcance, ya que el ascenso y el peso de China tiene para el mundo futuro una gravitación epocal, donde los siglos y los acontecimientos cotidianos se superponen.

El mayor atentado que hayamos conocido hasta ahora fue cometido por Osama Bin Laden, miembro de una poderosa familia saudí, entrenado por la CIA en su lucha contra los invasores de la Unión Soviética (“una idea estúpida” subrayó Kissinger cuando se enteró que los futuros fundadores de Al Qaeda, los mujaidines, recibían este entrenamiento).

Esta intrincada red hizo sospechar a más de un analista de que, en verdad, el vicepresidente Dick Cheney y su secuaz Donald Rumsfeld dejaron avanzar el atentado para que la respuesta fulminante estuviera a la altura de las circunstancias.

Pero en esos momentos, salvo unos pocos “mal pensados” como Norman Mailer, nadie se atrevió a insinuar por escrito tal hipótesis.

De cualquier manera, la invasión a Irak dos años después, bajo la mascarada teórica de “guerra preventiva”, dejó en claro que el gran error geopolítico había comenzado con la ocupación de Afganistán, decisión que fue respaldada por un sector no desdeñable de las Naciones Unidas y por casi todos sus aliados.

Las tropas lograron expulsar del poder rápidamente a los talibanes, quienes gobernaban con ferocidad desde 1996, después de haber derribado al régimen prosoviético que Rusia había dejado en su lugar, en el momento de su retirada en 1992.

Cuando en 1978 se produjo la invasión soviética a Afganistán escribí, en México, un largo artículo, más interesado en descifrar los insondables misterios de nuestra dictadura que los enigmas del Asia Central. En efecto, Argentina se había negado a convalidar el embargo a la URSS, y continuó exportándole trigo; a cambio, la entonces superpotencia miraba para otro lado, junto a Cuba, las prácticas del terrorismo de Estado.

Karl Clausewitz, en su famoso tratado De la guerra, sostuvo que la cantidad de imponderables que existen en el proceso de una guerra, donde la concurrencia de factores de todo tipo influye sobre el conjunto, la convierten por excelencia en “el reino de la incertidumbre”.

Dos siglos más tarde, Paul Kennedy señaló en los comienzos de la invasión de Estados Unidos a Irak que “los indicios de que se trata de una gran potencia cautiva en diferentes partes del planeta crece semana a semana”. Kennedy pronosticaba además que EE.UU. se las ingeniaba para crear el primer estado terrorista del planeta.

Las profecías del historiador inglés de la geopolítica se cumplieron a medias. Pero podrían aplicarse punto por punto a la situación actual que Estados Unidos deja en Afganistán, donde un ejército local de supuestamente 300.000 soldados, muy bien equipados, se rindió sin combatir al ejército irregular (y bastante andrajoso) de los talibanes, que no alcanzaban a reunir 100.000 hombres.

El famoso relato de Rudyard Kipling, The Man Who Would Be King, transcurre allende el Hindu Kush, en un territorio inexpugnable, a cuyos valles sólo se puede acceder por un laberinto de desfiladeros. La descripción de Kipling se parece demasiado a buena parte del territorio afgano, donde se elabora más de las tres cuartas partes de la producción mundial de heroína.

Lo que a nivel mundial se ha visto como una retirada vergonzante y que, según los republicanos (sí, los mismos que convirtieron a Estados Unidos en “una potencia cautiva”) es peor que la derrota infligida en Saigón, para la gran mayoría el regreso de las tropas se vive con alivio.

¿La tentación insular de Estados Unidos puede convertirse en su segundo gran error geopolítico en momentos que China se expande a nivel mundial? Nadie está en condiciones todavía de aventurar una respuesta. Lo que resulta imposible es ignorar el denso entramado de intereses mutuos que estos países han construido en los últimos 30 años.

No olvidemos que Deng Xiao Ping realizó el giro decisivo al amparo del antiguo refrán chino, inteligible para estrategas como para el hombre común: “¿Qué importa que un gato sea negro o blanco si sirve para cazar ratones?” Sin embargo, el Estado islámico J (por la provincia afgana de Jorasán) tiene fluidos vínculos con los uigures y es un resuelto competidor de los talibanes. Hasta para los chinos, esa región puede convertirse en otro infierno.

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