Amor, poesía y muerte: la momia que apareció en el cementerio de Tolosa

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11/04/2021

La ciudad de Tolosa tuvo su propio cementerio. Mandado a construir por la Municipalidad de Ensenada en 1872, estuvo en funcionamiento hasta 1887, cuando al abrirse un gran camposanto en La Plata, el de Ensenada fue clausurado.

Cuestiones de poder.

Pero el de Ensenada, tenía su historia particular y una ubicación increíblemente casi céntrica, a pocas cuadras de la actual Plaza Belgrano. Los fallecido llegaban al mismo en carros tirados por caballos, y atravesaban la calle 118, a la que los vecinos pasaron a llamar “calle de la amargura”, porque en ella, amigos y familiares, lloraban al difunto.

Durante más de 15 años, el cementerio quedó abandonado, y recién en 1902, los familiares de muchos de los allí enterrado pudieron trasladar los restos al nuevo cementerio de La Plata.

Pero en el de Ensenada quedaron los cuerpos que no eran reclamados por nadie y también magníficas bóvedas, algunas verdadera joyas arquitectónicas. Hasta que una inspección desató el terror.

EL INCREÍBLE DESCUBRIMIENTO

El 19 de marzo de 1908, José Peralta, administrador del cementerio, hizo revisar las bóvedas, muchas de las cuales estaban en ruinas, y en una de ellas, al abrir una enorme caja se toparon con lo imprevisible: un cuerpo momificado.

El cadáver estaba casi intacto. Ojos entrecerrados, boca semi abierta que dejaba entrever una sonrisa burlona, ropa en perfecto estado, hasta con una corbata impecable y una larga cabellera.

Era el cuerpo de un hombre joven y de baja estatura. Enseguida se avisó a las autoridades municipales pero la noticia corrió como reguero de pólvora: había una momia en el cementerio cerrado.

La momia exhibida en 1908 (Archivo de Nicolás Colombo).
La momia exhibida en 1908 (Archivo de Nicolás Colombo).

Dos días después, el diario “Buenos Aires” publicó la noticia y se llegó al punto de curiosidad que el cadáver se expuso al público. Mezcla de morbo y tratar de buscar algún familiar del fallecido.

El cerrado cementerio se llenó de gente que desfilaba frente a la momia y tenían que tener abiertas las puertas hasta la noche, lo que provocó otro hecho inesperado: la momia en la penumbra brillaba por un fenómeno de fosforescencia.

La momia “echaba luces”. Y las filas de visitantes aumentaron. El cuerpo estaba colocado en el altar de la capilla y varios de los que pasaron frente a él le arrancaron partes de sus ropas para elaborar amuletos. Después de 20 días, las autoridades decidieron terminar con el escarnio y no se exhibió más el cuerpo.

Lo que era importante no se había logrado: ningún familiar reclamó el cuerpo del desdichado.

¿QUIÉN ERA?

Muchos años después, en 1924, se conoció su identidad. Un amigo del fallecido dijo que “la momia” era Matías Behety, un poeta talentoso que había enfermado de tuberculosis y murió en el hospital de Melchor Romero en 1885.

Había sido sepultado por sus familiares en el cementerio de Tolosa, pero días después, cuando unos amigos fueron a llevar unas flores a su tumba no la encontraron.

Matías Behety, un poeta talentoso.
Matías Behety, un poeta talentoso.

Los cuidadores del lugar tampoco. El cuerpo de Behety se había esfumado y nunca más se supo donde quedaron los restos del poeta.

Triste suerte para Matías. Nacido en 1843 en Montevideo, antes de volcarse a la poesía estudió Derecho sin llegar a recibirse.

Se estableció en la Capital Federal y era un hombre famoso en la época. Entre sus amigos se contaban Julio Argentino Roca, Manuel Quintana y Victorino de la Plaza, todos ellos  presidentes de Argentina.

Hasta Miguel Cané escribe de él en su “Juvenilia”: “Nunca se impone a mi espíritu con más violencia el problema de la vida, que cuando pienso en ese hombre”.

Tenía un defecto Behety. Escribió muchos poemas pero con distintos seudónimos, por lo cual casi toda su obra se encuentra perdida. Y como un Edgar Alan Poe de estas tierras, tenía una debilidad: el ajenjo, que lo convirtió en un alcohólico perdido.

UN AMOR Y SU FINAL​

Tuvo un gran amor: María Lamberti. La pareja ya tenía el casamiento como meta cuando la joven falleció de manera inesperada y el poeta entró en una profunda depresión donde el alcohol era su único compañero.

En medio del dolor le dedicó un poema a su amada: “María”. Como un increíble presagio a su destino, escribió en una de sus partes: “Delante de su ataúd caí postrado. Cerré los ojos y la vi despierta, su angelical semblante iluminado”.

El gran amor del poeta: María Lamberti.
El gran amor del poeta: María Lamberti.

Totalmente dolorido en su corazón se estableció en La Plata, para iniciar su actividad periodística. En 1884, un periodista, Francisco Uzal, lo encontró en Tolosa y lo llevó a la ciudad capital para trabajar en el diario “La Plata”, pero el alcohol aceleró su enfermedad.

Fue internado el 14 de agosto de 1885 en el Hospital de Melchor Romero y pasó a ser un número: paciente 553. En el libro de Guardia fue anotado como abogado, a pesar de no haberlo sido. Y 15 días después, el 29 de agosto de 1885, falleció.

Era tanta su fama que a su entierro asistieron personajes de la talla de Quintana, De la Plaza, Leandro N. Alem, Florencio Madero, Enrique Tuñón, Ezequiel de la Serna, y muchos más llegados desde la Capital Federal.

Y años después le llegaría la triste fama de ser “la momia de Tolosa”.

La tumba de Behety hoy con su busto. Muy cerca de la entrada del Cementerio de La Plata.
La tumba de Behety hoy con su busto. Muy cerca de la entrada del Cementerio de La Plata.

Desde 1925 el intacto cuerpo de Behety descansa en un mausoleo construido por su familia muy cerca de la entrada del Cementerio de La Plata.

Recuperó su nombre, su apellido y su historia de poeta de renombre. Pero nunca podrá sacarse de encima ser la “momia de Tolosa”. Una fama que jamás buscó.

Fuentes: Historias de Tolosa, Tolosa Vive y Nicolás Colombo.

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