Argentina exhibe sus indios en París

admin

10/06/2021

Argentinos en París. ¡Qué tema! ¡Qué insondable fuente de historias, conflictos y contradicciones! Allí mismo donde parecería que el encuentro de las naciones provocará coincidencia y unión espiritual, no es así. Historias como la de Sarmiento volviéndose literalmente un espíritu, las vacas viajando en las bodegas para que los niños de familias pomposas solo beban productos nacionales, o la de la familia de Mujica Lainez pasando temporadas en París sólo porque sostener el “servicio doméstico” en Buenos Aires era muy oneroso.

Hasta las más recientes de los exiliados políticos reproduciendo una cultura del “rebusque” y la mendicidad a la que habían sido arrojados, palidecen frente a la que da origen a este relato épico de Carlos Gamerro, que es desatado, como ocurre en muchas de sus novelas, por un hecho histórico nacional. Y podríamos ampliar el espectro a “sudamericanos en París”, cuya proporción de locura y despropósito se mantiene constante para todas las naciones, desde Tijuana a Ushuaia, sin mácula.

Lo cierto es que este hecho efectivamente ocurrió, y una vez que lo sabemos queda flotando en nuestra mente y se vuelve, de alguna manera, un símbolo y un misterio. La novela es también un intento de desentrañar de qué símbolo se trata. Y no solamente vamos a leer acá la dialéctica entre complejo de inferioridad y soberbia a la que el tema nos tiene acostumbrados. Gamerro le encontró, en su nueva ficción La jaula de los onas, una capa más al vínculo entre centro y periferia, para desglosar esa atadura cultural.

No fue el menos espectacular de los que ocurrieron en la Exposición Universal de París de 1889, pero su peso es impresionante: la Argentina, pero también Chile, estaban representadas por los cueros, arte y otros productos de la industria nacional, como suele ocurrir en ese tipo de eventos, pero también por una jaula que exhibía, ante un diorama de cierto paisaje patagónico, a un grupo de habitantes de la Patagonia de la cultura Selk´nam o, como los llamamos nosotros, Onas.

Los mismos eran presentados como caníbales semi-humanos o infrahumanos y temibles. Les tiraban carnes y comida por entre las rejas y servían para el regocijo general de enfrentar lo ultra exótico que una Exposición Universal supone.

No es solamente una caída estrepitosa del humanismo de ese momento, sino una especie de forma de la época. El escándalo no contribuye a los esfuerzos por entender una cultura y su tiempo. No mucho antes de la exposición, el empresario P.T. Barnum había creado en Estados Unidos shows en los que podía mezclar bestias exóticas con seres humanos con algún atributo singular que, en esa entonces, lo ponía del lado de la curiosidad y de lo monstruoso: la mujer barbuda o los gemelos idénticos, mezclados con elefantes y cantantes líricas.

Y si bien la práctica del siglo XIX permite el escándalo y la zozobra, la conmiseración y la lástima no son los caminos que Gamerro eligió para explorar este hecho. Por el contrario, les dio a los personajes eso que la literatura puede dar, una perspectiva con la que se puede enriquecer la historia: la perspectiva desde los propios actores.

De modo que la novela se vuelve por partes una novela epistolar que sigue las alternativas de unos empleados de la embajada argentina en Francia, a quienes París encandila hasta el desmayo, y también es la historia narrada por testigos del héroe, un tal “Kalapakte”, que fue el único integrante de la comitiva de selk´nam que se pierde por las calles de París, y luego por las del mundo, cuando, lleno de vergüenza por la afrenta a la dignidad humana, alguien decide abrir la puerta de la jaula, como para darles a esos “indios” (como los llaman en la novela sus contemporáneos) la oportunidad sartreana avant la lettre de lidiar con sus míseras condiciones de existencia en el Bois de Boulogne.

A partir de esa jaula con las puertas abiertas, se abre otra de las perspectivas, que es la del mismo Kalapakte y su viaje de retorno a la Tierra del Fuego. Una serie de historias, porque también es una novela de viaje, que son enhebradas en lo que podríamos llamar los límites epistemológicos de la época: desde las inconsistencias científicas de Lombroso y los “caminos sin salida” de algunos saberes que cruzaban (como posiblemente también lo hagan en todas las épocas) los datos de lo empírico con los prejuicios de la moral victoriana y la mistificación del progreso tecnológico, hasta los avances del conocimiento de la tierra, los polos y aún los corrimientos de la frontera argentina cuyo territorio se expandió sacrificando el de otros.

Por una ficción documental Gamerro es un novelista que, contrariamente a cierta tradición nacional, investiga, cree en las posibilidades literarias del archivo y se documenta en cada una de sus narraciones. Lo que no es una demarcación de límites para sus novelas, por el contrario, es la amplificación de sus oportunidades. Uno de los capítulos está escrito en forma de sainete, género nacional por excelencia donde, como sabemos, se hacía espectáculo de la xenofobia, el machismo y cuanto prejuicio de conventillo circulara.

Allí aparecen, en forma de prisma, todos los temas de la novela razonados y puestos en boca de algunos de los personajes más estereotipados de nuestra literatura: el gaucho, el inmigrante, el indio, etc… Como si la novela diera la ocasión de ver que las negociaciones entre las realidades y las ficciones son mucho más complejas que lo que se ve a primera vista. Pero como también es una novela que busca la grandiosidad, puede construir, como si fuera una novela de Tolstoi modernizada por las voces que hablan, una pequeña escena íntima entre dos personajes que mientras exploran su universo erótico, discuten los grandes textos del anarquismo, las teorías de Fourier o el lugar de la mujer moderna en un “ménage à trois” y en ataques terroristas.

No es casual el título de la novela, en el que resuena una película, luego comedia musical, en la que se representa el estereotipo adocenado de una pareja gay. Casi no hay capítulo donde no se camine por ese borde tan discutible de qué se puede mostrar, qué se puede ver y cuál es el potencial crítico de los que se entrega a la vista. ¿Cuál es la diferencia entre una exposición, un circo, un museo, vista desde la perspectiva de la cosificación del mundo, por ejemplo? ¿En qué medida los pioneros de la Patagonia, que la hicieron posible, no fueron sus ángeles exterminadores?

Uno de las partes más conmovedoras de la novela cuenta con cierto detalle antropológico el “Hain”. Se trata de esa “festividad” de la comunidad selk´nam de la que tenemos noticia porque podemos reconocer las imágenes escolares de los hombres pintados de blanco y negro, representando espíritus de la comunidad. Es un rito de pasaje que distingue su cultura y es también una festividad sobre el encuentro de culturas. Al tratar de comprender la festividad, podemos reconocer también otro ritual, el de contar historias que, en cierto modo, nos vuelven posible el mundo, un mundo, este, el nuestro, lleno de contradicciones, y de fantasmas, pero también de luchas y redención. Y entonces todas las conflagraciones se disuelven.

Como si pudiéramos entender el fin de la literatura para narrar vidas que son devueltas a la vida. Como si dijéramos que aún cuando la historia, la sociedad y el mundo los despojó de todo, de su historia, su territorio, su memoria y su pueblo, y los cosificó como a una mercancía, la literatura puede restituir algo fundamental. Aunque sea muy poco en comparación con el robo, puede devolverles a unos personajes un sentido para sus vidas, el sentido de la aventura.

La jaula de los onas, Carlos Gamerro. Alfaguara, 480 págs.

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