Bam Bam, a todo ritmo

admin

10/09/2021

No hay tantas certezas sobre la vida de Miguel Antonio ‘Bam Bam’ Miranda. Pero las que existen son suficientes para trazar la huella de un personaje de excepción. Nacido en el contexto señorial de Miraflores, en Lima, Perú, se introdujo a la música con instrumentos de viento que enseguida cambió por los de percusión, a los que nunca abandonó.

Como su hermano Manuel, se dedicó a la música. Y decidió que eso fuera parte de un cambio en la forma de entender su paso por este mundo. Bam Bam adquirió su nombre y su identidad en los pisos de tierra El Carmen, en Chincha, en la costa sur del Perú. Después de un fecundo paso por la Amazonía y la convivencia con una tribu del Alto Ucayali, fraguó su condición afroperuana como hijo adoptivo del zapateador y violinista Amador Ballumbrosio, quien lo conectó con la cultura negra y los ritmos de su nación. Esa academia de sonidos, texturas y sabores lo empujó a la música popular y las orquestas de baile, que lo pulieron como músico y lo enredaron en proyectos como el Combo Acereko y aventuras personales como músico de hotel y requerido sesionista del latin jazz neoyorkino, donde tocó para Frank Grillo, Machito.

A mediados de los 80, lo oyó Alejandro Lerner, quien lo invitó a la Argentina y sin quererlo, abrió el último capítulo de la odisea de Bam Bam. Aquí encontró colegas, interlocutores y discípulos que hicieron de su nombre un sello de calidad. De la familia Vitale y Teresa Parodi a Pity Álvarez, la leyenda del percusionista peruano que traía consigo el batá y el cajón envueltos en un rosario de mitos y ritmos populares se esparció hasta el cuarteto cordobés. En ese marco, primero como músico de Carlos ‘La Mona’ Jiménez (cuya sociedad comenzó con el icónico Raza negra, de 1994) y luego como miembro de la banda de Rodrigo, Bam Bam creó su escuela y alimentó su mito al dotar de swing al típico ritmo cordobés. En paralelo, no dejó que Guarango, su grupo de jazz latino, muriera. Antes lo hizo él, sobre el escenario del Teatro Libertador San Martín, una noche de julio de 2011.

–Hay muchas versiones de Bam Bam Miranda. ¿Por qué es tan difícil definir un perfil?

–Al hacer el libro no tenía la pretensión de demostrar nada. Sí tenía la casi certeza de que la vida de Bam Bam era un rompecabezas alucinógeno. Cada fuente tenía su versión sobre él, y cada una quería presentarla haciendo prevalecer sus sensaciones. Bam Bam dejó muchas viudas, como otros muertos célebres de la música popular, que se sienten con derecho a armar la vida del personaje en función de lo que vivieron. No tuve la pretensión de ordenar ese crucigrama; el libro es lo que logré reunir y lo que se pone de manifiesto con los testimonios es una constatación de esa hipótesis.

–Hay datos que vas contrastando, pero dejás que prevalezcan esas impresiones personales. Ese desorden muestra qué clase de personaje era.

–Bam Bam tenía mucho de eso. Solía inflamar sus relatos y su mito. Entonces quien tuvo algún tipo de roce con él, muy probablemente se haya imbuido de ese realismo mágico y pueda haber quedado afectado por él, cayendo en la tentación de darle una pátina más a la leyenda. Fuera del libro quedaron algunos que se excedían y que, en la mirada del editor Roque Di Pietro, fueron el límite. Tratamos de equilibrar los datos contrastables que hablan de un músico alucinante con los relatos magnánimos que te llevan a pensar que Bam Bam estuvo en las grandes ligas todo el tiempo. Lo estuvo, pero hay matices: no todo fue tan fulgurante como se cree.

–Vos conociste a Bam Bam. ¿Cambió tu percepción sobre él una vez terminada la investigación?

–En Córdoba su mito es bastante importante y su influencia es muy notoria. Hay muchos que tocan percusión en bandas de ritmos regionales gracias al influjo de Bam Bam. Y hay amigos suyos que están empeñados en mantener encendida su llama. Yo lo entrevisté en reiteradas oportunidades para La Voz del Interior. No fui su amigo pero sí nos respetábamos: siempre apoyé sus movidas por fuera del cuarteto, en especial Guarango, que fue su banda de latin jazz, y que en mi opinión pudo haber tenido proyección si Bam Bam hubiese sido un alma organizada. Tenía limitaciones de tiempo y espacio por ser un músico de la orquesta de La Mona y eso te exige ensayo y presentaciones de jueves a domingos. Y por otro lado, para dar dimensión de su desorganización, el salvoconducto para emerger era Pity Álvarez. No quiero culpabilizar a Pity, a quien aprecio mucho, pero es una pena que eso sucediera. Las circunstancias se dieron así y la no edición del disco de Guarango sirve de combustible para agigantar el mito de Bam Bam. Es un secreto que algún día tiene que ser revelado. Por suerte se pudo editar un disco en vivo gracias al productor Aníbal Medina.

–¿De qué otras maneras dejó huella?

–En los 80 fue profesor de Andrea Álvarez, percusionista de Soda Stereo, de Diego Blanco, de Los Pericos, y de ‘El Francés’ Bernardou de Los Auténticos Decadentes, tres bandas muy importantes. Su principal discípulo es Facundo Guevara, que es el percusionista de fusión más requerido de la música nacional y todos los conocimientos que él adquirió con Bam Bam están esparcidos cada vez que acompaña a Liliana Vitale, Pedro Aznar o Teresa Parodi.

–Es conmovedor el testimonio de Willy Crook, que falleció mientras el libro estaba casi en imprenta.

–Willy fue mi amigo y me ayudó mucho para este libro. Quizás suene presuntuoso y extraño pero Willy valoraba más a Bam Bam que al Indio Solari. Porque sentía que en Córdoba y en compañía de Bam Bam estaba en la proximidad de la gloria. Las contribuciones que se dan en el disco Fuego Amigo (2004) prueban que Willy estaba alucinado con el fulgor de La Mona y Bam Bam. Y cuando empecé a escribir el libro, el estímulo más potente que tuve vino de él. Me decía que había que dejar testimonio del paso de Bam Bam por la música argentina. Quise sumarlo a las dedicatorias del libro pero no llegamos a hacerlo, así que aprovecho ahora para dedicarlo a su memoria.

–¿Cómo fue el tránsito de Bam Bam por la subcultura del cuarteto, donde tocó con La Mona Jiménez y luego con Rodrigo?

–Fue una época tumultuosa. Jiménez era receloso de su imperio. Lo viví desde mi trabajo como periodista. A la hora de competir, las cosas no se disimulaban. Había admiración mutua y Rodrigo lo reverenciaba a Jiménez. Pero hubo episodios como el show multitudinario de Rodrigo en Mar del Plata donde él hace una referencia irónica al tema 840, que supuestamente La Mona rechazó cuando Bam Bam y Luis Cardini se lo ofrecen. En el libro cuento la historia de esa canción, que después se convirtió en uno de los grandes éxitos de Rodrigo. Jiménez me desmintió que se lo hayan ofrecido, un poco porque el cuarteto es así: una carrera de invictos, nunca hay que admitir que te fue mal o mostrarse derrotado.

–¿Cómo fue su relación con el rock, donde también dejó amigos?

–Bam Bam ingresa a la orquesta de La Mona a inicios de los 90, cuando el cuarteto característico era muy subestimado. Hay que valorar el arrojo de alguien como Miranda, que era un musicazo con una espalda en el mundo del jazz y la música de fusión, al decidirse a tocar en la orquesta de un tipo que la intelligentsia vilipendiaba. A eso hay que reivindicarlo como hay que hacerlo con Jiménez, que dejó afectar su música, en un ambiente tan hermético con el cuarteto, por el influjo de un músico que venía de otro lado. Lo del rock se dio a fines de la década y comienzos del 2000, cuando la relación entre La Mona y Bam Bam ya acusaba muchos años de trajín. En ese momento, las pequeñas pymes del rock se convierten en grandes empresas, y al despegar necesitan retomar cierto contacto con las bases. Y un personaje como Bam Bam garantizaba la credibilidad de la calle. También se instituyó en el rock que cada visita a Córdoba incluyera el ritual de ir a un baile de La Mona. Bam Bam quería trascender el rollo monero y por otro lado estaban los rockers que querían mamar credibilidad tomando contacto con él.

–Es muy significativa su muerte. ¿Cómo la recordás?

–Recuerdo aquella noche con mucha tristeza. No fui al teatro pero sí lo ayudé a promocionar el concierto, que era en conmemoración de la independencia del Perú. Horas después de su descompensación sobre el escenario y posterior muerte, sobre la avenida donde está el Teatro Del Libertador los tamboreros empiezan a tocar y toman una de las avenidas principales de Córdoba. Luego hubo una caravana desde ahí hasta Barrio Cofico, donde está el 990 Arte Club, que fue el epicentro de la experimentación de Guarango y el hogar alternativo de Bam Bam. Ahí tocaba habitualmente y ahí fue velado. Es decir que Bam Bam murió en el máximo coliseo cultural de la ciudad, el Teatro del Libertador San Martín, y fue velado con honores luego de una caravana popular en un club de cultura independiente. Eso fue su vida. Y en el medio esa caravana que lo legitima como el rey de la calle. Es muy alucinante. Fue un músico de acompañamiento que dejó el legado de un referente insoslayable, y él lo fue a su manera.

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