Basualdo, Guzmán o Alberto: quién tiene el boleto picado

admin

03/05/2021

En el kirchnerismo las cosas parecen estar muy claras. El mensaje del funcionario, que sólo recibe directivas del Instituto Patria, llega sin demoras y sin dudas. “Guzmán quiere un aumento de la luz del 40% porque es el compromiso que tomó con los empresarios y el FMI. Este pibe está zarpado… ¿Te leo el futuro del ministro? El mismo de Marcelita Losardo. Ahora va a tener unos cuántos meses para mirar algún rincón de su oficina”. El pibe, Marcelita, el rincón de la oficina. Así están las cosas en el primer intento de coalición que hace el peronismo.

Y como si no bastaran las ratificaciones por chat para el subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, en la mañana del lunes llegó el respaldo público del gobernador bonaerense, Axel Kicillof. “Es un excelente funcionario”, dijo, quien fue el último ministro de Economía de Cristina Kirchner. Cuatro palabras simples para diferenciarlo de “los funcionarios que no funcionan”, aquel concepto de la Vicepresidencia con el que instaló una bomba de tiempo en el gabinete de Alberto Fernández.

En la Casa Rosada y en el ministerio de Economía, utilizan la misma imagen. “Basualdo se va a terminar yendo porque ya está con el boleto picado”, explican, siempre desde la seguridad del anonimato. La del boleto picado es una de las metáforas mas utilizadas en la política posterior a la restauración democrática de 1983. El boleto picado lo tienen los funcionarios que se van quedando sin poder y cuya salida empieza a tener una fecha más o menos predecible. La dirigencia Sub 35 ya sabe también de qué se trata, aunque nunca hayan visto a un guarda picarles el boleto en el colectivo o en el tren. Cosas de la política en tiempos de la SUBE.

El conflicto que conmueve al poder político y económico en la Argentina ya lleva varios días y promete seguir un tiempo más. ¿Quién tiene realmente el boleto picado en esta pulseada? Los funcionarios albertistas, Guzmán y su equipo aseguran que el hasta hace poco desconocido Basualdo ha quedado herido de una debilidad de la que no hay retorno. Está visto que no es lo que piensa el kirchnerismo. Defienden al secretario de Energía Eléctrica y no se preocupan en lo más mínimo por su futuro político ni por su destino.

“Fue funcionario en mi época”, explicó Kicillof al argumentar el porqué de su excelencia. Basualdo es un sociólogo formado en Flacso, investigador del Conicet y son conocidos en el poder sus buenos vínculos con Máximo Kirchner y con el ministro del Interior, Wado de Pedro. El padre de Federico, Eduardo Basualdo, es un economista con formación filosófica y con varios libros publicados en los que critica al endeudamiento argentino, al campo por las protestas de la 125 y a las reformas económicas que impulsó el peronismo en la década del ’90.

En la universidad, Basualdo padre había sido el referente académico de varios de los estudiantes de economía que militaban en el espacio estudiantil Tontos pero No Tanto (TNT). El que ha llegado más lejos de todos ellos hoy es, justamente, Kicillof. Pero también merodeaba por allí la ex embajadora en EE.UU. y actual directora ante el Banco Mundial, Cecilia Nahón. Economista de confianza de Kicillof y, además, de buena relación con Martín Guzmán. Nahón es ahora espectadora privilegiada de la batalla cada vez más evidente entre sus dos amigos.

El boleto de Guzmán señala hoy que la inflación va camino al 40% anual y la pobreza le apunta al 50%. El desempleo es de dos dígitos y el riesgo país ronda los 1.600 puntos. Su gran oportunidad era lograr el acuerdo con el Fondo Monetario, que ya se transformó en una utopía para antes de las elecciones. Lo único que podía prometerle a los acreedores era bajar el déficit y subir entre un 20 y un 30% las tarifas para reducir subsidios. Esa bandera también deberá ser arriada porque el cronograma que el kirchnerismo muestra dice 9% y por única vez.

“El momentum de Guzmán se terminó en marzo”, dictamina uno de los economistas que mejor lo conoce. En el verano había tenido el privilegio de reunirse con Cristina Kirchner en El Calafate para contarle sus planes de cómo patear la deuda con el Club de París (la de Kicillof) y hacer un acuerdo light con el Fondo. Soñaba con ser candidato en las legislativas y hasta se veía cómo otro presidenciable moderado en 2023. Ese boleto quedó picado el fin de semana.

El affaire Guzmán-Basualdo se ha convertido, lamentablemente, en otro misil teledirigido a la autoridad del Presidente. El margen de liderazgo de Alberto Fernández se sigue reduciendo y cualquiera entiende el mensaje externo e interno que proyecta un Jefe de Estado que no puede eyectar de sus oficinas a un subsecretario. “¿Es el que nos va a pedir facultades extraordinarias en el Congreso?”, pregunta el diputado Mario Negri desde la trinchera opositora. Y hay muchos más que se hacen esa misma pregunta.

El boleto de Alberto era la posibilidad de ser reelecto en 2023. Que su gestión marchara más o menos bien; que los candidatos de Cristina como Máximo o Kicillof mantuvieran su imagen negativa tan alta como la de ella. Que a Sergio Massa no le alcanzara para volver a pelear por la Casa Rosada y que, ni en el oficialismo ni en la oposición, surgieran sorpresas electorales como la que él mismo corporizó hace un año y medio. Pero la sucesión de tropiezos le está haciendo un agujero tan grande al boleto del Presidente que ahora sólo debería pensar en el presente. Y el presente es que, a la derrota ante la pandemia, no se le sume a su gobierno una catástrofe electoral en los próximos comicios.

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