César Aira: tres fragmentos del escritor argentino premiado en Europa

admin

12/04/2021

Quizás llame la atención, de César Aira, lo mucho que escribió. Más de cien títulos, y sigue: alguna vez se dijo que en realidad la obra de Aira -que este martes recibió el Premio Formentor– era ese conjunto, no cada novela sino la totalidad, una gran novela hecha de tantas.

Casi no da entrevistas, no escribe prólogos ni reseñas ni columnas, no participa del mundillo literario y, sin embargo, cuando los escritores y los críticos tuvieron que elegir un argentino para el Premio Nobel, ganó Aira.

Y es el único autor de nuestro país que suele aparecer como candidato para el premio de la Academia Sueca, año tras año.

Elogiado y reservado, lo mejor es leerlo. Aquí, tres fragmentos de obras suyas.

De Ema la cautiva (1981)

Una caravana viajaba lentamente al amanecer, los soldados que abrían la marcha se bamboleaban en las monturas medio dormidos, con la boca llena de saliva rancia. Cada día los hacían levantar unos minutos más temprano, según avanzaba la estación, de modo que dormían durante muchas leguas, hasta que salía el sol. Los caballos iban hechizados, o aterrorizados, por el ruido lúgubre que producían los cascos al tocar la llanura, no menos que por el contraste de la tierra tenebrosa con la hondura diáfana del aire. Les parecía que el cielo se iluminaba demasiado rápido, sin darle tiempo de disolverse a la noche.

Del cinto les colgaban sables sin vaina; el paño de los uniformes había sido cortado por manos inhábiles; en las cabezas rapadas, los quepis demasiado grandes los volvían pueriles. Los que fumaban no estaban más despiertos que los demás; llevarse el cigarrillo a los labios, inhalar con fuerza, eran gestos del sueño.

El humo se disolvía en la brisa helada. Los pájaros se dispersaron en la radiación gris, sin hacer ruido. Todo era silencio, resaltado a veces por el grito lejano de un tero, o los resoplidos ansiosos, con una nota muy aguda, de los caballos, a los que sólo el adormecimiento de sus dueños les impedía echarse a correr hasta la disolución, tanto era el espanto que les producía la tierra. Pero de aquellas sombras no salía nada, excepto una liebre trasnochada que huía por la hierba, o una polilla de seis pares de alas.

Los bueyes, en cambio, bestias de patas muy cortas a los que la media luz hacía parecer orugas contoneándose en un pantano, eran totalmente mudos y nadie les había oído proferir siquiera un murmullo. Sólo el ruido del agua en el interior, porque bebían cientos de litros por día; estaban llenos, intoxicados de agua. Cuatro yuntas tiraban de cada carreta, grandes como inmuebles. Tan lenta era la marcha, y tanta la cantidad de fuerza empleada para moverlas, que se deslizaban con facilidad imperturbable. La falta de accidentes del campo contribuía, y sobre todo el diámetro desmesurado de las ruedas, de madera roja, con una bola hueca de metal en el eje, que llenaban dos veces al día con grasa de color de miel. Las primeras carretas tenían toldos e iban llenas de cajas, todas las demás eran abiertas y una multitud heterogénea apiñada en ellas dormitaba o movía con tedio los miembros encadenados, para mirar algún horizonte vacío y remoto.

Pero la luz sepia y bistre no siguió aumentando indefinidamente. Llegado cierto momento comenzó a decaer, como si el día se rindiese a una noche de eterna impaciencia; y para completar el cuadro pronto estuvo lloviendo oscuramente. Los soldados se cubrieron con los ponchos que llevaban enrollados en las sillas, con gestos no menos aletargados que la lluvia indecisa que les mojaba las manos y hacía subir del pelo de los caballos un olor penetrante. Los hombres y las mujeres de las carretas no se movieron. Apenas uno que otro alzaba la cara al agua suspendida para lavársela como un muerto. Y nadie hablaba. No todos habían abierto los ojos. Poco a poco volvió la claridad, y las nubes se pusieron blancas. La falta de viento hacía irreal la escena del viaje.

Otro premio.César Aira tras recibir el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, en 2016. Foto EFE
Otro premio.César Aira tras recibir el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, en 2016. Foto EFE

De El santo (2015)

En una pequeña ciudad catalana empinada en los acantilados sobre el azul Mediterráneo, vivía un monje con fama de santo. Había sido peregrino de muchas tierras, venía de lejos, pero desde que huyera de él la juventud se había afincado en el monasterio del lugar, y allí envejecía lentamente. Transcurrían los últimos siglos de la Edad Media, que parecía como si no fuera a terminar nunca. La cultura de la época, sus sueños, sus guerras, se desenrollaban sobre el suelo europeo como una colorida alfombra a la que el Tiempo volvería Historia. Por el momento era una confusión nada más. Nadie se ocupaba de aclararla, porque no les convenía y porque los trabajos de la Razón estaban devaluados. La fe subyugaba al pueblo. Era una época de milagros y resurrecciones, en la que todo era posible. Se mezclaba el saber con la ignorancia, y las rigideces del dogma corrían lado a lado con las libertades de lo cotidiano. Ciclos inmutables de las estaciones embebían las fachadas de las grandes iglesias, verdaderos palacios de lo sobrenatural, a los que acudía una grey siempre mayor en busca de la poesía y fantasía que no tenían en sus vidas. También en busca de consuelo y esperanza, bienes tan apreciados como necesarios. En ese estadio de la civilización la esfera humana se encontraba relativamente inerme frente a los embates naturales de sismos, plagas, epidemias, inundaciones, incendios forestales, sin contar con los males inevitables, como el envejecimiento y la muerte, contra los cuales ni los avances de la ciencia ni los de la magia podrían hacer nada en el futuro. Aunque sin hacerse mucha ilusión, el hombre se volvía a Dios.

El monje de marras se había vuelto una celebridad. Obraba milagros, no todos los días pero con llamativa frecuencia. Y si a veces pasaban años sin que obrara ninguno, la confianza que se depositaba en sus poderes y el correspondiente prestigio no se desvanecían. Aunque esos lapsos de inacción cubrieran muchos, muchísimos años. Al contrario: los relatos de sus hechos milagrosos se magnificaban con el tiempo, que les daba un pulido legendario, desafiando a la incredulidad.

A resultas de esta capacidad prodigiosa de alterar los procesos comunes de la ley natural se lo tenía por santo, mediador privilegiado con las decisiones de la Omnipotencia celeste, sanador y reparador. Los fieles acudían de lugares cercanos y lejanos a requerir su bendición o la imposición de su presencia. Peregrinos individuales o grupos organizados (que bien podían ser aldeas enteras aquejadas por una catástrofe o por la mala suerte) cubrían grandes distancias atraídos por un renombre cuyo radio de acción no respetaba ríos ni montañas. No era contradictorio con el sedentarismo que estaba en el fondo del carácter de estos seres y les dictaba sus procederes. Se arraigaban en la confianza de que podían seguir ahí, en una forma regenerativa de eternidad. El temor a la muerte no se sustentaba en la nostalgia de la vida; esta era demasiado dura y esforzada como para alentar lujos de melancolía. Lo que había era una obstinación de la que oscuramente se lo sentía aliado al pequeño monje, insignificante como era, elegido porque un agujero en el cosmos se había abierto justo sobre su cabeza, como podría haberlo hecho sobre la cabeza de cualquier otro.

Años atrás. César Aira, un autor admirado
Años atrás. César Aira, un autor admirado

De El pequeño monje budista (2005)

Un arco rojo marcaba la entrada del predio donde se hallaba el templo. Una vez transpuesto el arco había que seguir un sendero sinuoso que por momentos subía, por momentos bajaba, bordeado de árboles y arbustos floridos. Por trechos la vegetación parecía silvestre y casual, por momentos ordenada por concienzudos jardineros. Desde los puntos altos se veían allá adelante los techos de las construcciones. A los costados, detrás de bosquecillos y setos, se vislumbraban prados, lagos, macizos de bambúes, añosos árboles solitarios como gigantes al acecho y un viejo muro que también subía y bajaba, más o menos paralelo al sendero, a veces a la izquierda, a veces a la derecha. El piar de los pájaros era fuerte y claro en el silencio, y con tal variedad de cantos distintos como si se hubieran reunido en una competencia internacional aves de todas las latitudes y continentes.

No les había mentido su guía al decirles que no tendrían el estorbo de los turistas, porque no se veían visitantes. Sí había monjes aquí y allá, solos, paseándose a paso lento, o quietos, contemplando una flor o el vacío. No los saludaron ni los miraron, pero algo en su ensimismamiento le hizo pensar a Napoleón Chirac que él y su cámara (y su esposa) podían no ser bien recibidos. ¿Estarían abiertos al público estos templos?

¿No se necesitaría una autorización especial para fotografiarlos? Se reprochó no haber preguntado. Habían tocado tantos puntos en la charla, y éste, fundamental, se lo había olvidado. El pequeño monje budista, que caminaba adelante por el sendero, parecía muy seguro de una buena acogida, pero quizás la daba por sentada sin haber verificado. Después de todo, él era un monje, y era lógico que tuviera entrada franca en todos los templos que se le ocurriera visitar. Pero quizás nunca había ido a uno con extranjeros.

En fin. No era cuestión de hacerse tanto problema. Si no lo dejaban trabajar, no se perdía gran cosa. Lo podían tomar como un paseo agradable, que les dejaba una enseñanza. Pero habrían perdido el día. Sin que se diera cuenta de cómo había pasado, sus pensamientos habían tomado un giro pesimista. La atmósfera del lugar seguía diciéndole que no sería tan fácil.

Miró de soslayo a Jacqueline, que ajena a estas alarmas caminaba encantada admirando la vegetación, aspirando los perfumes, seguramente tomando notas mentales para sus cartones. Trató de imitar su despreocupación y gozar el momento. No podía ser tan difícil, pues le bastaba con recuperar el estado de ánimo optimista que había dominado la jornada.

PK

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