César Aira, un animal ausente y dos buscavidas

admin

12/04/2021

El pelícano de César Aira tiene por lo menos dos argumentos. El primero lo protagoniza el animal que da título al libro. Aunque decir que el pelícano es el protagonista de la novela es falso porque ha desaparecido, fue secuestrado, y nadie sabe dónde está. En todo caso es un protagonista fuera de campo, al modo que solo pueden protagonizar escenas quienes no están; pequeña potencia de ausentes y retirados.

El segundo es menos que un argumento, más bien unas coordenadas para hacer caminar la escritura. Acá los protagonista son la dupla de buscavidas Jocoserio y Quinta de Tos. Los bautismos en Aira son una forma de destruir cualquier vestigio de realismo y de hacer volar por el aire todo perfil psicológico. Ambos son del linaje de los vagabundos de Beckett –un precursor de Aira del que casi no se habla– y del árbol genealógico de otra dupla de siameses escandalosos: Bouvard y Pécuchet.

Habitan un galpón abandonado y no hacen nada, o casi nada. Viven de las pensiones de sus madres envejecidas y enfermas a las que cuidan para no perder el goteo de dinero. Tienen sus vidas simétricas, lo cual lejos del habitual efecto binario de complementación (viejo/joven, gordo/flaco, pobre/rico, bueno/malo) produce acumulación e intensidad. “Un artista con genuinos talentos creativos habría hecho de los dos uno solo”, anota irónico Aira.

El desplazamiento de historias que hay en El pelícano –en rigor, contabilizar sus argumentos, anécdotas, pensamientos, personajes sería una tarea inútil y devastadora– genera un movimiento continuo. Cuando el lector cree que descubrió sobre qué trata (el rastreo del pelícano, el destino de dos buscavidas, la historia del editor de un diario barrial, las visitas de una enigmática chica, la obra de una pintora abstracta) salta a otro punto. Ya sea por corte o por transición, Aira pareciera tener el credo de no quedarse nunca en un mismo lugar.

En ese sentido, El pelícano es un prodigio en formas de la multiplicidad, desviación y aparente inconexión. Ahí están las acrobacias filosóficas sobre el tiempo (los movimientos centrífugos y centrípetos del pasado que describe), la fábula del Rey Midas o el análisis del método de escritura de un editor barrial. Pero siempre vuelve a encontrar un punto de pasaje entre los materiales con los que trabaja. Vuelve al pelícano –nuevo ejemplar salvaje de su zoológico literario donde ya habitan liebres, abejas y serpientes– y a su dúo tan idiota como santo.

El pelícano es otra máquina de desbaratar locura narrativa de César Aira. Su obra es una colección de máquinas rotas, inútiles, antimatrices, que nunca podrían producir dos veces el mismo objeto.

Su escritura, al estar absuelta de la cárcel temática, produce miles de temas. En tiempos donde todo se ha vuelto contenidista y testimonial, Aira escribe para saber qué es escribir. Algo que por otra parte ha hecho siempre, pero hoy, efecto del anacronismo, su vieja divisa se ha vuelto más radioactiva que nunca. Narra como si teorizara y teoriza como si narrara. Un truco que practica cada vez que puede: hablar de una cosa como si fuera otra. De ahí quizás el magnetismo de sus figuras y adjetivos, de sus asociaciones cautivantes.

No se deja reducir a sus características (más bien manías y tics), pero no pocas lo han convertido en un escritor imposible de imitar. En El pelícano prueba combinaciones clásicas y nuevas: la predilección del busca por sobre búsqueda; los usos del pasado, riguroso y alquímico; los signos de admiración, licencia expresionista; la recurrencia de las preguntas como propulsores narrativos; el empleo de los dos puntos, que revela una sintaxis musical y sofisticada para materializar pensamientos complejos; los pasajes descriptivos, como las páginas que dedica a una tormenta o el paneo sobre el galpón, que demuestran su sensibilidad poética. A través de la escritura, Aira practica todas las artes.

Con los autores magistrales es fácil caer en lugares comunes. La piedra Aira hace tropezar a lectores una vez y otra más. De lo único que debe cuidarse es que lo cataloguen de genio, categoría que de inmediato impugna la lectura y consagra al autor para dejarlo sin misterio. Justo eso, el misterio de la escritura, que César Aira perfecciona con cada libro.

El pelícano, César Aira. Mansalva, 128 págs.

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