Claudia Lapacó, a seis meses de su ACV: “Viví un milagro”

admin

16/05/2021

Leía una obra escrita para ella, preparaba su monólogo como una alfarera, cuando algo de esa atmósfera lúgubre de la historia pareció saltar a esta dimensión. En la ficción de José María Muscari y Mariela Asencio (Perdidamente) una jueza de la Nación entra en un proceso lento de pérdida de la memoria hasta la desconexión. En la vida real, un día Claudia vio su “pantalla” repentinamente fundirse a negro.

A seis meses de aquel episodio, un ACV que demandó 15 días de internación, Madame Lapacó sonríe. “Estoy bárbara, no tuve ninguna secuela”, dice rozagante. Cuenta que aquel 11 de noviembre volvía manejando desde Ingeniero Maschwitz, donde vive su hijo Rodrigo, cuando ingresó a la cochera de su edificio, estacionó, abrió la puerta trasera del auto para buscar una llave y “todo se apagó”.

“De ahí hasta dos días después, no sé nada de lo que pasó. Yo que siempre fui sanísima, no entendía por qué. Esto me tomó por sorpresa. Me descompuse y me encontraron los vecinos, inconsciente, dentro del auto. Si hubiera sido dentro de mi departamento, mi cueva, donde no podían auxiliarme de inmediato, tal vez el final hubiera sido otro. Cuenta mi nieta que iba conmigo en la ambulancia, pero yo no recuerdo nada. Estoy bien, viví un milagro, siempre digo que nací para ser feliz. Por eso decidí que no voy a hacer esa obra”.

-¿Cree en la sugestión? Usted que está acostumbrada a contar historias, se impresiona con ciertos cruces de ficción y realidad?

-​Yo estaba enloquecida con esa obra, la leía todos los días. Una jueza muy lúcida que descubre que tiene Alzheimer. Hace un mes me vacuné con la Sputnik, Muscari me dice “cuando pasen los días pertinentes empezamos a ensayar”. Pero le confesé que no quiero ya hacer eso. “¡Pero la hice para vos, Claudia!”, insistió él. La verdad: no puedo en este momento meterme en un tema así después de un accidente cerebro vascular. Voy a tener miedo, no quiero estar coqueteando con ese tema. Ya habrá otra obra que hacer, en una época para ser pacientes.

Claudia y su estrella en la Avenida Corrientes. (Foto: Silvana Boemo)
Claudia y su estrella en la Avenida Corrientes. (Foto: Silvana Boemo)

-¿Cómo es su vida en medio de esa paciencia del actor que ve derrumbarse una industria ante la pandemia?

-Decidí eso de no tener celular ni computadora y ahora lo sufro, porque mis dos hijos no están tan cerca. Tengo una bisnieta preciosa, Sienna, fui bisabuela, y no puedo verla por camarita. Muscari me pidió que buscara una obra que me gustara hacer, pero no es el momento, no es que esté quedada, es que estoy tranquila. Me gustaría volver, retomar un trabajo que no hice para Las dos carátulas, el radioteatro de Nacional, pero es tiempo de calma. Considero que no hay que estar enojado en un momento así: esto que nos ocurrió a todos y lo mejor es mantenerse liviano.

A los 80 -cumplirá 81 el 25 de junio- la actriz del apellido francés arrastra 60 primaveras de televisión, 61 de cine, 63 de teatro. Volveremos a verla en La caída, la serie que la TV Pública estrenó en 2018 y repone cada noche a las 23. En un duelo magistral, ella y Juan Leyrado componen a un matrimonio de medio siglo que recibe un golpe a la mandíbula: en su fiesta de aniversario descubren que además de marido y mujer son hermanos.

Claudia está habituada a los cambios de dirección, ya sea en las historias ficticias que cuenta como en la vida propia. Pudo haber sido europea. Su madre, francesa, y su padre, un ruso que había estudiado pupilo en Constantinopla, quedaron flechados en París y escaparon a la Argentina en 1939, durante la Segunda Guerra Mundial.

Claudia Lapacó, más de seis décadas de trayectoria y con ganas de volver.
Claudia Lapacó, más de seis décadas de trayectoria y con ganas de volver.

Aunque argentinas, tanto Michelle -la primogénita- como su hermana Claudia aprendieron como primera lengua el francés. Una educación en el colegio Ward de Ramos Mejía, entre el judaísmo de su padre y el protestantismo de la rama materna, cimentaron los primeros años “sin religiones, tomando lo mejor de cada una”. Mademoiselle Lapacó creció entre los cuentos de su papá sobre las millas desandadas y los viajes familiares, como el de 1948, que la hizo vivir seis meses en la casa de sus abuelos, en Normandía.  

Tras un rechazo en el ingreso al Colón, a los 16 pidió a sus padres estudiar con Hedy Crilla, en la Escuela de Arte Escénico de la Sociedad Hebraica Argentina. Enseguida cargó con el mote de “la franchuta”. Por su acento, le ofrecían roles cliché. Con la mayoría de edad, recibió una beca teatral para estudiar en Francia. 

Fue modelo publicitaria, bailarina, se puso las plumas como vedette. Su belleza hipnótica parecía una “piedra” que la detenía en el camino del “prestigio”. No había llegado la década del ’60 cuando se subió a las tablas por primera vez con la obra Somos nietos de una abuela, de Abel Santa Cruz. Cada noche, mientras repasaba sus textos en el camarín pensaba “es un éxito: pero tal vez éste no es el teatro que yo quiero hacer”. Finalmente siguió el instinto. Experimentó géneros y autores, y finalmente brilló en textos de Tennesse Williams, Cocteau, Chejov, Shaw, Brecht.

“Los mejores papeles llegaron en los últimos 20 años”, advierte en lo que podría ser una lección para colegas. “Sostener la juventud es insostenible y dejar una etapa es en cierto punto tranquilizador. Algunos me dicen ‘qué bien manejaste tu carrera’, pero yo no manejé nada. Pienso: ‘qué suerte que no me tocó lo mejor al principio: porque me hubiera sentido desilusionado”.

Lapacó en "Las mil y una noches, en el Nacional, hace una década.
Lapacó en “Las mil y una noches, en el Nacional, hace una década.

Para algunos Lapacó siempre será la deidad de El amor tiene cara de mujer. Para otros, más acá en el tiempo, la gran dupla de Mirtha Legrand de La dueña. O la aguerrida protagonista de Filomena Marturano y de Madre Coraje. Hubo una Lapacó distinta cada año, transformada en cada formato.

Con años de diván psicológico, la madre de Rodrigo y Diego, y abuela de Juliana, Bárbara, Joaquín y Malena, repiensa su existencia como “una buena vida”, atravesada por dolores que capitalizó. “La separación del padre de mis hijos, Rodolfo Bebán, fue una gran tristeza, porque me había casado para toda la vida”. El amor volvió con Sergio Velasco Ferrero. “Fueron diez años y me reí mucho. Después eligió otro camino y me pareció bien. Le di un lugar de privilegio al amor y no me arrepiento, amé mucho. Las separaciones hicieron que con mis hijos más grandes yo ya me centrara en la profesión y la mirada de los otros cambiara, aunque yo no cambiara”.

Lapacó y su ex marido, Bebán
Lapacó y su ex marido, Bebán

No tiene representante. Y cada vez que le preguntan asombrados el motivo de la venta de un palacio en Belgrano para irse a vivir a un monoambiente responde lo mismo: “No quiero trabajar para mantener paredes. Lo simple te permite no depender. No quiero depender de personas o cosas”. De aquel noviembre negro a este otoño, Claudia recuperó esa libertad que la caracteriza. “Estoy plena, disfrutando de este estado que es ser bisabuela: imposible no maravillarse, pensar en todo lo que salió de mí y en la continuidad de la vida”.

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