Como en Venezuela, pero en Palermo: los inmigrantes que se juntan a jugar al sóftbol

admin

21/02/2021

Lo que está pasando aquí y ahora, en este rincón verde de Palermo, ocurre en otros barrios de las grandes ciudades de Sudamérica: el pitcher está preparándose para lanzar, el catcher espera atento. Las bases y los jardineros, también. Es el momento del bateador. Su oportunidad de conectar y que la pelota salga de la cancha. La escena parece de Caracas, o de Maracaibo, o de Barquisimeto. Pero no. De fondo se ven los colectivos 34 y 166, y a pocos metros de aquí hay un partido de fútbol en el que se juega con camisetas de San Lorenzo, River y Argentinos Juniors.

Esta historia comenzó hace tres meses y continúa cada domingo, entre las 8 de la mañana y las seis de la tarde: decenas de venezolanos se juntan a jugar al sóftbol, el deporte más popular de sus tierras, en avenida Libertador y Sarmiento. Llegan acompañados: sus hijos se entretienen al costado de la cancha y las mujeres conversan y se hacen amigas nuevas, en un país nuevo. En una vida nueva, que lo único que tiene de parecido a la de antes es el sóftbol de los domingos. En familia.

Hay, además, una mujer que vende empanadas típicas y un parlantito del que suenan llaneras y salsa. En Venezuela, esto sería “una caimanera”. Es decir, algo así como un potrero. En estos 90 días armaron un equipo que llaman “Los Emilia”. Se presentaron en un torneo de La Plata y salieron campeones.

“Argentina es muy buena en el sóftbol. Ganó el mundial de 2019. Pero el argentino está muy enfocado en el fútbol. Tal vez el sóftbol es más fuerte en el interior del país. Por eso, más allá de que para nosotros se trata de juntarnos a pasar el rato y compartir lo que amamos, tenemos la meta de incentivar a los porteños a jugar sóftbol. El lugar es ideal, porque Palermo es bien céntrico. Hasta nos gustaría entrenar niños”, cuenta Raynier Bracho, empleado de una metalúrgica y jugador de este deporte.

Raynier Bracho es empleado de una metalúrgica y jugador de sóftbol. Foto Federico Imas
Raynier Bracho es empleado de una metalúrgica y jugador de sóftbol. Foto Federico Imas

El fenómeno de la inmigración venezolana no es nuevo. Tanto, que en las grandes ciudades del continente ya es común que los ciudadanos locales sepan qué es una arepa, qué son los tequeños, qué significa “chamo” o que reconozcan el acento. Pero el cambio principal se notó, y se nota, en los clubes de sóftbol. Las ligas de sóftbol amateur de Chile, Ecuador, Colombia, Perú, México y Argentina aumentaron notoriamente la cantidad de equipos a partir de la llegada de los venezolanos.

Todos los domingos, los venezolanos se calzan sus trajes de sóftbol y van a jugar a Palermo. Foto Federico Imas
Todos los domingos, los venezolanos se calzan sus trajes de sóftbol y van a jugar a Palermo. Foto Federico Imas

De hecho, los cerca de 40 jugadores que están aquí, en el Parque Tres de Febrero, supieron jugar en distintas ligas o clubes de la Ciudad. Frenaron por la pandemia. Y como cuando era la hora de regresar a la actividad encontraron algunas trabas, decidieron independizarse y comenzar en este sector de Palermo. De cero.

Además de los domingos, en la semana, los que pueden se ponen de acuerdo y vienen a entrenar. Por lo general, juegan partidos cortos. Y la regla es que el ganador queda en cancha. Son tres equipos. Hoy hubo una excepción: a la mañana se jugó un amistoso. La jornada termina con latas de cerveza.

Miguel Calderón es el administrador del grupo. Entre otras cosas, se encarga de juntar el dinero para la indumentaria, la cal, las pelotas, las bases. Lo mismo cuando hay un viaje, como el de “Los Emilia”, el equipo del grupo. Recauda para los gastos de inscripción y traslado. “Para nosotros, además de jugar, es una manera de viajar a conocer Argentina. Muchos de nosotros participamos en campeonatos en Salta, Bahía Blanca, Paraná, La Pampa”, cuenta Miguel.

Miguel Calderón administra al grupo y lidera el equipo "La Emilia". Foto Federico Imas
Miguel Calderón administra al grupo y lidera el equipo “La Emilia”. Foto Federico Imas

En Altos Mirandinos, su ciudad natal, Miguel trabajaba como administrativo en una fiscalía. Tomaba declaraciones. Cuando tuvo que hacer filas de una cuadra para entrar a comprar a un supermercado, analizó dejar el país. Pensó en Buenos Aires, el destino elegido por su hija y sus sobrinos. Llegó hace cuatro años.

Su primer trabajo fue en un lavadero de autos. El segundo, en una verdulería. “Es que yo vine mentalizado a hacer lo que fuera por sobrevivir“, aclara. Hace tiempo que se gana la vida haciendo mantenimiento, pintura, albañilería, herrería y tareas afines. De manera independiente. “Muchos de mis trabajos salen por el sóftbol -comenta-. Argentinos que conocí jugando y que al enterarse de lo que hago, me contratan”.

El bateador en acción. Foto Fedrico Imas
El bateador en acción. Foto Fedrico Imas

No es el único del grupo que recibió ayuda de argentinos con quienes comparten el campo de juego en ligas o clubes. Raynier Bracho, el que dice que hace falta incentivar al porteño, consiguió su trabajo en la metalúrgica gracias a la gestión del dueño de uno de los equipos para los que juega. Y siempre por jugadores, hace changas como empleado de seguridad. Otro compañero es encargado de Recursos Humanos de una farmacia. Presentó el curriculum vitae de la mujer de Raynier y la contrataron.

A modo de conclusión, Raynier dice: “Todo lo que tengo en Buenos Aires se lo agradezco a las personas que conocí jugando sóftbol. Tengo compañeros que me prestaron su tarjeta de crédito para comprar los muebles de la casa. A otros compatriotas los ayudan a alquilar departamentos. Y en los equipos de jugadores argentinos y venezolanos, ustedes nos ponen el dinero que nos falta para los viáticos. También colaboramos con los jugadores que peor la pasaron durante la pandemia”. En Caracas, Raynier tenía una empresa recuperadora de materiales.

La escena podría transcurrir en cualquier ciudad de Venezuela, pero tiene lugar en Palermo. Foto Federico Imas
La escena podría transcurrir en cualquier ciudad de Venezuela, pero tiene lugar en Palermo. Foto Federico Imas

Cada domingo, antes de comenzar a lanzar y batear, hacen limpieza. En la zona suelen encontrar profilácticos, algunas agujas, botellas de vino. Levantan todo, marcan la cancha, pintan las líneas. Y mientras se preparan, sueñan. “Sabemos que es difícil, pero nos gustaría tener un alambrado alto, para que la pelota no se vaya tan lejos. También cortaríamos algunos árboles que nos molestan para jugar. Ya estamos iniciando las gestiones”, cierra Raynier, con cara de esperanza.

NS

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