Cómo fue la crucial y victoriosa batalla de Salta comandada por Belgrano

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09/02/2021

El general español “Pío” Tristán pensaba que con los caminos en pésimo estado por las lluvias, Manuel Belgrano esperaría el fin del verano para atacarlo en Salta. Concentró sus tropas en torno a la capital provincial y dejó una reserva en Jujuy.

Tristán se lamentaba de que su ejército no contara con 3.000 fusileros y 1.000 hombres de caballería: “No quedándome más partido que la ignominia o la muerte, es preciso vencer”.

Con gran sacrificio y gracias a los conocimientos de oficiales y baquianos salteños que lo habían acompañado en la retirada anterior, Belgrano pudo llegar mucho antes de lo que esperaba el enemigo a la bella ciudad norteña, establecerse en el campo de Castañares y cortarle la ruta de comunicaciones al enemigo.

Manuel Belgrano / Archivo General de la Nación.
Manuel Belgrano / Archivo General de la Nación.

La velocidad de los patriotas sorprendió y enojó tanto a Tristán que se le escuchó decirle a su ayudante: “Ni que fueran pájaros”.

Seguidamente le preguntó si eran muchos: –“General, ¡como avispas!

–¿Y llueve?

–Sí, señor, llueve.

–Pues me alegro –terminó Tristán–. Así se matan mejor las avispas”. (1)

Pintura del ejército de Manuel Belgrano en la zona del Cerro San Bernardo. Salta. Imagen Archivo Clarín
Pintura del ejército de Manuel Belgrano en la zona del Cerro San Bernardo. Salta. Imagen Archivo Clarín

Aquella mañana del 20 de febrero de 1813, Belgrano amaneció en un estado lamentable; no paraban sus vómitos de sangre, pero no eran horas para hacer el reposo absoluto recomendado por el doctor Redhead.

Imposibilitado de montar a caballo, dirigió el combate en un carruaje que hoy puede verse en el Museo de Luján.

Distribuyó sus casi tres mil hombres en una columna izquierda dirigida por Martín Rodríguez, una derecha comandada por Díaz Vélez y otra encabezada por Manuel Dorrego, que logró quebrar finalmente el ala izquierda del enemigo.

El coronel Apolinario Figueroa tenía en la mira a Pío Tristán pero, al ver que le había fallado la puntería, decidió de puro guapo tirarle el caballo encima y le pegó un sablazo en la espalda.

El día de la batalla, Belgrano amaneció en un estado lamentable, con vómitos de sangre. Imposibilitado de montar a caballo, dirigió el combate desde un carruaje.

Felipe Pigna, historiador

El jefe realista logró escapar mientras el combate se decidía en favor de las armas patriotas, como lo ratificaba un poncho celeste y blanco que comenzó a flamear en la cúpula del templo de La Merced.

Las pérdidas del enemigo llegaban a 3.398 hombres: 17 jefes y oficiales tomados prisioneros en la batalla, 481 muertos, 114 heridos, y 2.776 rendidos, entre ellos 5 oficiales generales, 93 subalternos, 2.683 soldados.

Entre los trofeos de guerra figuraban 3 banderas, 10 piezas de artillería, 2.188 fusiles, y muchas otras armas y pertrechos de guerra.

Nuestras fuerzas sufrieron la pérdida de 103 hombres, 433 heridos y 42 contusos.

En el sector norte de la ciudad, se alza el Monumento a la Batalla de Salta en que se conmemora la victoriosa acción de armas del general Belgrano el 20 de febrero de 1813. Foto Archivo Clarín
En el sector norte de la ciudad, se alza el Monumento a la Batalla de Salta en que se conmemora la victoriosa acción de armas del general Belgrano el 20 de febrero de 1813. Foto Archivo Clarín

Si bien se criticaría a Belgrano por las condiciones de la capitulación de Tristán después de Salta, hay que tener en cuenta que era una práctica habitual de entonces el permitir que los jefes y oficiales derrotados se retirasen, bajo compromiso solemne de no empuñar de nuevo las armas hasta la firma de un armisticio o la realización de un canje de prisioneros.

Solo un poco más del 10% de los juramentados, unos 7 jefes y 300 soldados, incumplieron su promesa, formaron el “Batallón de la muerte” y siguieron haciendo estragos.

Más allá de lo “caballeresco” que nos pueda sonar hoy día esa costumbre, y del uso de propaganda política que tenía –sobre todo teniendo en cuenta que casi toda la tropa y muchos oficiales realistas eran criollos–, era una manera de no sobrecargar de prisioneros, difíciles de custodiar, la retaguardia de un ejército en operaciones.

Citas: 1. En Bernardo Frías, Historia del General Martín de Güemes y de la provincia de Salta o sea de la Independencia Argentina, Depalma, Buenos Aires, 1972, tomo 2, pág. 496.

E.M.

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