¿Cuántos funerales saldrán de este?

admin

18/02/2021

JERUSALÉN – La multitud crecía y giraba como los remolinos de un mar. Apretados unos contra otros, cientos de hombres estiraban los brazos hacia el cuerpo del rabino, tratando de tocar el féretro como muestra de devoción religiosa.

Esto ocurría en el apogeo del tercer confinamiento de Israel, en un barrio ultraortodoxo cercano al corazón de Jerusalén.

Las reuniones estaban prohibidas. Los cubrebocas eran obligatorios. Los índices de contagio se disparaban, especialmente entre los grupos ultraortodoxos como este.

En un funeral celebrado dentro de una yeshiva cercana, la mayoría de los dolientes llevan máscaras, aunque el acto en sí fuera ilegal.
En un funeral celebrado dentro de una yeshiva cercana, la mayoría de los dolientes llevan máscaras, aunque el acto en sí fuera ilegal.

Pero después de llevar el féretro al exterior para el cortejo fúnebre, el ambiente se volvió más caótico.
Pero después de llevar el féretro al exterior para el cortejo fúnebre, el ambiente se volvió más caótico.

Sin embargo, aquí había cientos de dolientes, la mayoría con la boca descubierta, asistiendo a un cortejo fúnebre ilegal por un venerado rabino que había muerto por el coronavirus.

Para estos judíos profundamente devotos, estar presentes era un deber religioso y personal. Asir brevemente el féretro del rabino y asistir simbólicamente a su partida de este mundo era una señal de enorme respeto por el muerto.

Familias numerosas. Oración en grupo. Funerales con cientos de dolientes. El distanciamiento social es la antítesis de la vida judía ultraortodoxa.

Pero para la sociedad secular israelí, e incluso para algunos dentro del mundo ultraortodoxo, este tipo de reunión masiva era una falta de respeto por los vivos.

“¿Qué es más importante?”, se preguntaba Esti Shushan, activista ultraortodoxa por los derechos de las mujeres, tras ver las imágenes de la multitud. “¿Ir a los funerales y estudiar la Torá o seguir con vida?”.

Es una pregunta que expresa uno de los conflictos centrales de la pandemia en Israel: la espiral de tensión entre la corriente principal israelí y la creciente minoría ultraortodoxa, un grupo insular de judíos sumamente religiosos, también conocidos como haredim, que rechazan muchos de los avances de la modernidad para dedicarse a los estudios religiosos intensivos.

Los carteles del exterior destacan el costo humano de todo esto.
Los carteles del exterior destacan el costo humano de todo esto.

Cuando comenzó la pandemia, un líder haredi prometió que la adhesión a la ley judía salvaría a sus seguidores del virus.

A lo largo de la historia de Israel, los haredim han sido reacios a participar en la sociedad general, dando a menudo prioridad al estudio de las escrituras por sobre los empleos convencionales y el servicio militar. El coronavirus ha ampliado esa división.

Los haredim se han visto desproporcionadamente afectados por el virus.
Los haredim se han visto desproporcionadamente afectados por el virus.

Esto se debe en parte a que suelen vivir con familias numerosas en casas pequeñas.
Esto se debe en parte a que suelen vivir con familias numerosas en casas pequeñas.

Pero también es porque algunos haredim han ignorado los edictos del Estado laico.
Pero también es porque algunos haredim han ignorado los edictos del Estado laico.

​Y cuando los ultraortodoxos enferman de Covid-19, suelen combatirlo en casa, tratados por voluntarios.

Desde el comienzo de la pandemia, parte de la sociedad ultraortodoxa se ha resistido a las restricciones y los protocolos ordenados por el Estado laico para contrarrestar el virus y prefieren seguir los consejos de sus propios dirigentes.

Markowitz ha creado una reserva de más de 600 tubos de oxígeno que su equipo presta a los pacientes.
Markowitz ha creado una reserva de más de 600 tubos de oxígeno que su equipo presta a los pacientes.

La unidad de los haredim no es monolítica, y muchos han adherido fielmente a las medidas contra el virus. Algunos líderes haredíes aconsejaron a sus seguidores que llevaran mascarillas, se anotaran para recibir la vacuna y cerraran sus instituciones.

Pero otros rabinos importantes no lo hicieron, y algunas sectas ultraortodoxas siguieron celebrando bodas y funerales masivos. Mantuvieron abiertas sus escuelas y sinagogas, incluso mientras el resto de Israel estaba en cuarentena.

Algunos miembros de la extrema radical incluso se amotinaron contra las medidas y se enfrentaron a la policía.

El tratamiento a domicilio de la organización benéfica permite a menudo que los pacientes se recuperen del coronavirus sin tener que ingresar en una sala de hospital.
El tratamiento a domicilio de la organización benéfica permite a menudo que los pacientes se recuperen del coronavirus sin tener que ingresar en una sala de hospital.

“Es una disputa que lleva décadas”, dijo Eli Paley, presidente del Instituto Haredi de Asuntos Públicos, grupo de investigación con sede en Jerusalén. “Hay una tensión entre los haredim y el resto de la sociedad que atañe a las cuestiones más profundas de la identidad judía”.

“Entonces llegó el coronavirus”, dijo, “que hizo que todas las tensiones subyacentes fueran aún más fuertes”.

Durante la pandemia, el gobierno ha sido reacio a sancionar a los haredim que infringen los protocolos contra el virus. Los analistas sostienen que el primer ministro Benjamín Netanyahu teme molestar a los legisladores ultraortodoxos de su coalición de gobierno.

Israel es líder mundial en la vacunación de su población y se lo considera un ejemplo de lo que podría ser el mundo post-pandémico.

Pero aun cuando la tasa de vacunación está aumentando, el país sigue estando a meses de la normalidad: el número de contagios todavía es elevado y los haredim son los más afectados.

El virus provocó una colisión entre dos mundos que habitualmente se ignoran.
El virus provocó una colisión entre dos mundos que habitualmente se ignoran.

Rivka Wertheimer, ama de casa haredí de 74 años, formaba parte de la última ola de infectados. Hace poco, estaba a punto de morir en medio de la noche.

Dos ambulancias estaban estacionadas frente a su pequeño departamento del norte de Jerusalén, listas para llevarla al hospital.

Dos paramédicos esperaban dentro, listos para subirla a una camilla. La enfermera sentada junto a su cama dijo que sólo le quedaban horas de vida, a menos que saliera de inmediato.

Pero los Wertheimer dudaban.

Durante más de tres semanas, los siete hijos e hijas de los Wertheimer habían cuidado de ella en casa. Hasdei Amram, una de las pocas organizaciones benéficas haredíes que prestan asistencia sanitaria a domicilio a los pacientes con coronavirus, había enviado enfermeras, tubos de oxígeno y medicamentos a su departamento de la planta baja.

La familia, que desconfiaba de los hospitales y de la intervención externa, se resistía a cambiar de rumbo incluso ahora, cuando su matriarca sufría otra complicación por el virus: una presunta hemorragia.

Se acercaba la medianoche. Las máquinas de oxígeno burbujeaban. Para que los ayudara a decidir, los familiares llamaron al hombre en el que confían más que en cualquier médico: su rabino.

“Todo el mundo sabe que el intelecto humano tiene un límite”, dijo Chaim, el hijo mayor de los Wertheimer. “Cuando le preguntamos a un rabino, le estamos preguntando qué quiere el bendito Dios“.

La ciencia es valiosa, pero para los haredim pasa a un segundo plano frente a la fe, que rige todos los aspectos de la vida en su comunidad.

Para ver cómo funciona ese equilibrio, uno puede dirigirse al sur del departamento de los Wertheimer y adentrarse en las estrechas callejuelas del enclave ultraortodoxo de Mea Shearim.

El laberinto de callejones de Mea Shearim se construyó en el siglo XIX, antes de las primeras grandes oleadas de inmigración sionista. El barrio es desde hace mucho un bastión de los ultraortodoxos. Algunos de sus habitantes siempre han sido escépticos respecto del Estado israelí, y la pandemia ha dado nuevo impulso a esa tradición.

En una gran yeshiva, o seminario, los estudiantes se reunían libremente en clara violación del cierre del sistema educativo por parte del gobierno.

En una calle cercana, cientos de haredim se congregaban en otro funeral callejero por una víctima del coronavirus.

Estaban de pie hombro con hombro en un apretado grupo, bloqueando la calle. El rabino que dirigía el funeral pidió sin entusiasmo a los deudos que se cubrieran la cara.

La mayoría no lo hizo.

Un hombre, Ezequiel Warszawa, de 32 años, se abrió paso entre la multitud, susurrando a los dolientes que rechazaran las medidas contra el virus.

“Quítense las mascarillas“, dijo. “Quítenselas”.

El virus era un castigo de Dios, dijo, un castigo por la falta de cumplimiento de las normas religiosas por parte de los judíos. La única cura era la observancia religiosa, aseguraba.

No todo el mundo compartía esa opinión. Varios de los presentes lo hicieron callar, chasquearon la lengua y le hicieron señas a Warszawa para que se fuera. El rabino recordó a los dolientes que se taparan la boca.

En otras ceremonias de esa semana se respiraba un aire más ordenado.

Los afiches eran avisos fúnebres a la antigua usanza: grandes carteles blancos con letra negra sencilla que anunciaban el fallecimiento de destacados residentes locales y rabinos, a menudo a causa del coronavirus.

Entre esos avisos había anuncios de otro tipo: mensajes subversivos que cuestionaban la existencia del virus y la necesidad de medidas sanitarias.

“Judíos, abran los ojos, ¿por qué la prisa?”, rezaba un afiche en las paredes de varias calles. “Los gentiles pueden vacunarse primero“.

Pero por cada persona ultraortodoxa que asiste a un funeral multitudinario o coloca un cartel subversivo, hay otra que se queda diligentemente en casa.

Los haredim tienen muchos líderes y sectas, y están divididos entre las tradiciones jasídica, lituana y sefardí, cada una con diferentes subgrupos. Muchos se exasperan ante quienes ponen en peligro a los demás al incumplir las normas de confinamiento.

“Tienen que despertar, porque la gente está muriendo”, dijo Shushan, la activista haredí. “¿Cuántos funerales saldrán de este?”.

Sin embargo, incluso los críticos internos de los haredim como Shushan se sienten incapaces de romper filas del todo. Pese a sus diferencias con otros haredim, siguen defendiendo a su comunidad y son reacios a darles munición a los críticos seculares. Y el grado de dureza de las críticas seculares los intimida.

“Me siento atrapada entre dos bandos“, dice. “Me da miedo la pandemia y quiero que mi familia esté a salvo de ella. Pero también me da miedo el bando secular”.

“Cuando miran a los haredíes, nos ven a todos como un solo grupo”, dijo. “Todos los que estamos de negro”.

En todo el mundo haredí existe la sensación generalizada de ser incomprendidos.

Muchos se sienten víctimas de un doble standard, por el que a los laicos se les permite protestar en grandes multitudes ante la residencia del primer ministro cada semana, pero a los ultraortodoxos se los denigra por llorar una muerte en forma masiva.

También consideran que quienes los critican no entienden lo importantes que son para su modo de vida el estudio religioso, el liderazgo rabínico y el luto por los muertos.

Ni la alteración de su vida que implica el cerrar las escuelas religiosas en las que muchos ultraortodoxos pasan la mayor parte de sus horas de vigilia en busca de la verdad divina.

“Sin aprender, no podemos vivir”, dijo Chaim Wertheimer, el hijo mayor de los Wertheimer. “Esta es nuestra vida”.

“La Torá es la voluntad de Dios“, dijo. “Cuanto más estudie una persona la Torá, más conocerá la voluntad de Dios”.

La organización benéfica Hasdei Amram intenta salvar esa brecha. El grupo, que tiene su sede en un depósito subterráneo de Mea Shearim, atiende miles de llamadas por semana de haredim que han contraído el virus.

La operación, de escaso alcance, está dirigida por Yitzhak Markowitz, sentado.
La operación, de escaso alcance, está dirigida por Yitzhak Markowitz, sentado.

La aparición de nuevas variantes del virus ha hecho que el mes pasado fuera especialmente devastador. La variante B.1.1.7, que es más contagiosa y fue identificada por primera vez en Gran Bretaña, representa ahora hasta el 80% de los casos en Israel.

“Esta ola es la más dura que hemos tenido”, dijo Menachem Markowitz, coordinador de la organización benéfica. Todas las noches atraviesa Jerusalén llevando tubos de oxígeno y medicamentos a los departamentos de los pacientes, a menudo hasta el amanecer.

“Es un tipo distinto de coronavirus”, señaló. “Y la gente se contagia más fácilmente”.

Una hija espera mientras los voluntarios atendían a su padre.
Una hija espera mientras los voluntarios atendían a su padre.

El equipo principal de la organización benéfica está formado por voluntarios haredíes sin preparación médica formal.

Recorren la ciudad repartiendo oxígeno, análisis de sangre y esteroides a los pacientes con coronavirus que solicitan su ayuda.

Complementa regularmente su tarea un grupo de enfermeras y médicos privados que también viajan de barrio en barrio cada noche, a menudo después de terminar su trabajo habitual.

Las donaciones cubren parte de los costos, mientras que los pacientes pagan a los médicos de su bolsillo.

Cuando los pacientes como Wertheimer están demasiado enfermos para ser tratados en su casa, la organización benéfica les aconseja que vayan a un hospital.

Pero en general, Hasdei Amram cree que muchos pacientes se recuperan mucho más rápido cuando están rodeados por su familia en un entorno familiar.

Se trata de una organización precaria, cuyo personal está integrado por adictos al trabajo con poca consideración por su propia seguridad.

En una noche reciente de febrero, el Dr. Itamar Raz terminó una guardia completa en su propia clínica antes de comenzar varias horas de visitas a domicilio en nombre de Hasdei Amram. Raz corría de un lado a otro en un jeep blanco con un colchón atado al techo. Esperaba donarlo a un refugio sanitario.

Recorría en zigzag los barrios religiosos de Jerusalén –hacia el oeste de Givat Shaul hasta Har Nof y luego hacia el este hasta Kiryat Sanz- visitando a los pacientes que la organización benéfica le había pedido que atendiera.

El Dr. Raz tiene una presencia serena. Calma, sonríe y tranquiliza.
El Dr. Raz tiene una presencia serena. Calma, sonríe y tranquiliza.

Entraba apurado a cada departamento, protegido únicamente por un tapaboca gastado que a menudo le colgaba bajo la nariz.

Pero Raz habitualmente iba sin él para parecer menos intimidante.

Los pacientes a menudo se tranquilizaban rápidamente con su presencia, en parte por su aura y en parte porque estaban en casa con su familia.

El paciente de un departamento, David Greenberger, de 80 años, se recostó en la almohada y miró con cariño a su nieto, que estaba sentado obedientemente junto a su cama.

En cada casa, los voluntarios se ponen trajes nuevos para evitar el contagio, un proceso incómodo y agotador.
En cada casa, los voluntarios se ponen trajes nuevos para evitar el contagio, un proceso incómodo y agotador.

“Así es como debe ser”, sonreía Raz. “Tiene el mismo tratamiento que tendría en el hospital, pero sin los peligros y los contagios y la escasez de personal”.

Dos días después, Greenberger pudo dejar de recibir oxígeno por primera vez en dos semanas, prueba del éxito de la organización benéfica, dijo Raz.

Pero el deseo del grupo de trabajar levemente al margen del sistema a veces pone nerviosos a algunos servicios de salud.

A veces, los pacientes y sus familias retrasan el tratamiento crítico. Esta mujer fue llevada a una ambulancia solo después de que sus familiares consultaran a su rabino.
A veces, los pacientes y sus familias retrasan el tratamiento crítico. Esta mujer fue llevada a una ambulancia solo después de que sus familiares consultaran a su rabino.

Los voluntarios haredíes independientes ayudan a aliviar la carga de los hospitales y alejan a los pacientes de hospitales llenos de gérmenes.

Brindan un servicio atento y confiable: envían personal a los hogares para controlar a los pacientes a diario, se aseguran de que tengan lo que necesitan y los derivan a profesionales o centros médicos cuando es necesario.

Pero algunos expertos temen que estos voluntarios sean demasiado lentos para detectar cuándo un paciente necesita atención hospitalaria.

“Básicamente creo que es algo bueno”, dijo Ronny Numa, alto funcionario del Ministerio de Salud que supervisa los asuntos haredíes.

Al igual que muchas familias laicas, las familias haredíes temen que sus familiares se sientan solos y abandonados en un hospital.
Al igual que muchas familias laicas, las familias haredíes temen que sus familiares se sientan solos y abandonados en un hospital.

“Pero depende de la cooperación y la transparencia. Si algo va mal, tenemos que saberlo lo antes posible”.

Según la tradición judía, los cuerpos son preparados para su entierro por una sociedad funeraria judía, o “chevra kadisha”.

Los miembros de la sociedad lavan el cadáver, lo visten con ropas funerarias y lo cubren con un sudario. Antes de la inhumación, el sudario se abre brevemente para que los familiares puedan confirmar la identidad.

La pandemia ha alterado incluso este proceso sagrado.

Ahora los cadáveres de las víctimas del virus se lavan en lugares separados de los demás cadáveres.

Los cuerpos se rocían con desinfectante y se cubren con una tela de nylon transparente antes de llevarlos al funeral.

A algunos expertos en salud les preocupa que los grupos de voluntarios contribuyan a estas ansiedades.
A algunos expertos en salud les preocupa que los grupos de voluntarios contribuyan a estas ansiedades.

Envuelto en el nylon, el sudario no puede abrirse antes del entierro.

Para identificar a los fallecidos, los familiares deben recurrir a las fotografías tomadas por los miembros de la sociedad durante el proceso de limpieza.

Los trabajadores deben llevar ahora un uniforme que recuerda al de un astronauta.
Los trabajadores deben llevar ahora un uniforme que recuerda al de un astronauta.

En un día reciente, lavaron y prepararon 84 cuerpos.
En un día reciente, lavaron y prepararon 84 cuerpos.

En el centro de la Sociedad Judía de Entierros del sur de Tel Aviv, que es el principal lugar de preparación de los cuerpos de las víctimas del coronavirus en el centro de Israel, el aumento de la carga de trabajo ha hecho mella en el personal, especialmente durante la reciente tercera ola del virus.

Yehudah Erlich lleva a otra víctima del COVID a una cámara frigorífica. “Las últimas semanas han sido una catástrofe”, dijo.

“Creo que procesarán sus emociones cuando se acabe el coronavirus”, dijo Avraham Manela, jefe de la sociedad. “Ahora están concentrados en el momento y no se ocupan mentalmente de lo que están viviendo”.

En su casa del norte de Jerusalén, los familiares de Wertheimer finalmente aceptaron enviarla al hospital tras consultar con el rabino.

En algunos momentos de la reciente tercera oleada, el número de casos diarios llegó a ser siete veces superior a la media anterior a la pandemia.
En algunos momentos de la reciente tercera oleada, el número de casos diarios llegó a ser siete veces superior a la media anterior a la pandemia.

La mujer murió poco después de llegar al hospital, mientras su segundo hijo, Moshe, esperaba afuera en la oscuridad.

Fue enterrada al día siguiente, bajo el sol del mediodía, en lo alto de la ladera oriental del Monte de los Olivos.

Un grupo de treinta deudos, todos hombres, caminaron hacia la tumba. Sus abrigos negros y sus sombreros de ala ancha interrumpían el monótono beige de la ladera de la montaña a sus espaldas.

Durante unos minutos, el silencio del cementerio fue suavemente roto por oraciones y murmullos.
Durante unos minutos, el silencio del cementerio fue suavemente roto por oraciones y murmullos.

Luego llegó el golpeteo de los zapatos sobre la piedra caliza. Y finalmente, unos sollozos y voces temblorosas.
Luego llegó el golpeteo de los zapatos sobre la piedra caliza. Y finalmente, unos sollozos y voces temblorosas.

Al anochecer, su dolor público había dado paso a una calma privada.

Recibieron a los invitados, bebieron jugos y comieron comidas preparadas por las mujeres de la familia, que trabajaban en una cocina acordonada tras una sábana blanca.

Los cuatro hijos de la Sra. Wertheimer, en su departamento ,para sentarse en el shiva, con las chaquetas rotas en señal de luto.
Los cuatro hijos de la Sra. Wertheimer, en su departamento ,para sentarse en el shiva, con las chaquetas rotas en señal de luto.

Afuera, un grupo de niños del barrio hablaba sobre la muerte de Wertheimer, preguntándose por qué no la habían llevado antes al hospital.

Sus hijos dijeron que no se arrepentían. El momento de su muerte lo fijó Dios, aseguraron. Se alegraron de haberla mantenido en casa, consolada por su familia, todo el tiempo que pudieron.

“La verdad es que si hubiéramos sido más fuertes la habríamos dejado aquí. No la habríamos enviado al hospital”.

Producido por Craig Allen, Sarah Almukhtar, Gray Beltran, David Furst y Gaia Tripoli

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