De la captura al cultivo: la acuicultura en Estados Unidos

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10/04/2021

Por

Charlotte Norsworthy*

A medida que el gobierno de Biden se va dedicando a preocupaciones medioambientales, una de sus principales prioridades es cómo proteger mejor los océanos del mundo. Con más del 80% de la población global de peces al borde del colapso, algunos conservacionistas marinos indican que la acuicultura podría ayudar a contrarrestar el problema de la sobrepesca.

Ahora que la nueva administración estadounidense ha entrado en funciones e intenta revertir rápidamente muchas de las prioridades políticas de su predecesora, los defensores del medio marino están pendientes acerca de cuál será la postura oficial ante la acuicultura. Pero el impulso de expandir las piscifactorías privadas está suscitando un encendido debate y provocando reclamos de la industria pesquera comercial de EE.UU. para obtener más apoyo, al tiempo que despierta escepticismo y críticas de muchos biólogos marinos y ecologistas.

En enero una asociación industrial de empresas de acuicultura y sectores afines aproximadamente denominada “Un EE.UU. Más Fuerte por la Alimentación Ictícola”, o SATS, según las siglas en inglés de Stronger America Through Seafood, le envió al presidente Joe Biden una carta abierta en la que lo animaba a dar prioridad a la producción local de pescado y mariscos.

“Mientras el país comienza a reconstruirse de la devastación de la pandemia de COVID-19, el aumento del suministro de alimentos marinos de Estados Unidos a través de la acuicultura tendrá efectos ondulantes benévolos”, dice la carta. “Ahora, quizás más que nunca, necesitamos tanto alimentos locales y sostenibles como nuevas oportunidades de trabajo para todos los estadounidenses. La acuicultura puede satisfacer ambas necesidades, limitando al mismo tiempo el impacto en nuestro medio ambiente global.” Pero algunos biólogos marinos e investigadores de seguridad alimentaria sostienen que una dependencia creciente de la acuicultura tendrá impactos medioambientales perjudiciales.

En una carta de diciembre la red internacional Amigos de la Tierra, alianza de 52 organizaciones ecologistas con alcance internacional, instó a Biden a reemplazar una orden ejecutiva emitida por la administración Trump en mayo, que pretendía acelerar el proceso de permisos para la acuicultura en altamar y la creaciôn de granjas de peces más allá de la costa en aguas estadounidenses. La carta advertía acerca de deficiencias habituales de la acuicultura, como la alteración de poblaciones de peces silvestres y ecosistemas marinos vulnerables, la propagación de enfermedades y parásitos y la contaminación a través de aguas residuales industriales.

“La industria de la acuicultura debe someterse a un examen significativo”, dice la carta. “La administración anterior defendió activamente la expansión de esa actividad sin emprender primero una investigación científica sólida, sin consultar plenamente a la amplia gama de partes interesadas afectadas y careciendo de una legislación federal que permita la regulación de dicha industria con base científica”.  Por diversas razones la acuicultura, el sector de mayor crecimiento de la industria alimentaria, está en auge en todo el mundo. Los ecologistas ven en pescados y mariscos una fuente dietética alternativa de proteínas con una huella de carbono menor que la de la carne. Los economistas especializados en comercio señalan que Estados Unidos importa muchos más alimentos marinos de los que produce, lo cual crea un déficit comercial de 16.000 millones de dólares que podría aliviarse fomentando la piscicultura nacional.

A primera vista, la acuicultura tiene algunos beneficios claros. Elimina el problema de las capturas accidentales, debido a las cuales se pescan, matan y devuelven al mar grandes cantidades de peces y otras criaturas marinas no deseadas durante la captación comercial de otra especie. En algunas partes del mundo, como Asia y la India, la piscicultura es una fuente de empleo importante, especialmente para las mujeres, y, dependiendo de cómo se lleve a cabo, es una fuente de proteínas más barata que la pesca tradicional. Para las empresas interesadas en asegurarse de que sus cadenas de abastecimiento no estén afectadas debido a pesca ilegal, delitos medioambientales ni trabajo forzado, las piscifactorías ofrecen una trazabilidad más sencilla.

Pero, lejos de ser una panacea, la acuicultura está profundamente ligada a la esclavitud en el mar y a la pesca ilegal debido a la dependencia de la industria de la harina de pescado, que proviene de barcos más propensos a este tipo de abusos contra los derechos humanos y el medio ambiente.

Para empezar, la mayoría de los criaderos de peces y mariscos tiene lugar en jaulas cerca de la costa o en grandes estanques en tierra. Cuando los peces están encerrados cerca de la costa en estanques poco profundos, los desechos suelen hundirse, asfixian plantas y animales del fondo marino, a la vez que producen niveles más altos de nitrógeno y fósforo que provocan la proliferación de algas, matan peces y alejan así a los turistas de las playas.

Una de las soluciones a estos problemas medioambientales es trasladar las piscinas más lejos de la costa. Algunos grupos ecologistas apoyan la idea de practicar acuicultura en aguas profundas porque ubicar las piscifactorías en mar abierto tiene la ventaja de que las corrientes son más rápidas y evacuan mejor los residuos.

“Los océanos abiertos constituyen un área muy remota con capacidad de procesar desechos de forma natural en aguas vastas, muy superior al potencial de nuestros sistemas de agua dulce para procesar la excreción agrícola”, afirma Aaron McNevin, vicepresidente de acuicultura del Fondo Mundial para la Naturaleza, y añade que aún es necesario regular intensivamente este tipo de granjas. Incluso así, estas piscifactorías suponen una amenaza para las poblaciones de peces en estado salvaje, ya sea por propagación de enfermedades o por la fuga de ejemplares que al haber sido criados para alcanzar mayor grado de crecimiento dominan el hábitat de los peces autóctonos.

Sin embargo, la mayor dificultad a resolver por la acuicultura es mantener bien alimentados a los peces de las piscifactorías, tanto si están en piscinas en tierra como en corrales cerca de la costa o en mar abierto. Los nutrientes constituyen aproximadamente el 70% de los costos de la industria y, hasta ahora, la única fuente que ha demostrado ser comercialmente viable es la harina de pescado.

En 2019, Ian Urbina, periodista de investigación y director de la organización informativa sin fines de lucro The Outlaw Ocean Project (aproximadamente, Proyecto Océanos fuera de la ley), llevó a cabo una extensa cobertura en África Occidental, donde durante un mes estuvo a bordo de diversos barcos que patrullaban aguas cercanas a Gambia para llevar a cabo una nota sobre la harina de pescado. Urbina descubrió que, al igual que muchos de sus vecinos de África Occidental, la pequeña nación de Gambia ha hecho suya la lucrativa producción de harina de pescado. Pero al entregarse a esta actividad, el país está contaminando sus aguas, diezmando sus poblaciones de peces y atentando contra la vida de sus propios habitantes.

Los peces utilizados para producir harina de pescado suelen encontrarse en el extremo inferior de la cadena alimentaria y, por lo tanto, suelen ser también fuentes de alimento para especies carnívoras como el salmón, los delfines, los tiburones y el atún, así como para pingüinos y otras aves marinas. La captura a gran escala de estas fuentes de sustento amenaza toda la cadena alimentaria. Una vez capturados, los peces se trituran para obtener harina de pescado, un polvo amarillento rico en proteínas.

La popularidad de la harina de pescado se debe en buena medida a la aparición, durante los años 60, de las “operaciones concentradas de alimentación animal”, también conocidas como CAFO por sus siglas en inglés. En ese momento los criadores ganaderos se dieron cuenta de que podían ganar mucho más dinero llevando al mercado más rápidamente sus cerdos, pollos y ganado diverso si los alimentaban con maíz y los mantenían en áreas restringidas en lugar de permitirles pastar o alimentarse en praderas.

Sin embargo, y a pesar de su rentabilidad, el confinamiento de ganado y similares planteó nuevos problemas. Los animales enfermaban con mayor frecuencia, cosa que obligaba a los ganaderos a utilizar antibióticos. Las dietas sin pastoreo también resultaron ser deficientes en nutrientes, lo cual hizo que la harina de pescado resultara atractiva como suplemento proteico. Al pasar del pescado capturado en su entorno natural al de piscifactoría, la industria del alimento marino enfrenta ahora muchos de los mismos problemas que la industria ganadera. En la acuicultura son comunes las enfermedades, así como el uso de antibióticos, y las aguas residuales de las piscifactorías constituyen un peligro severo de contaminación.

Investigadores del mundo entero han identificado todo tipo de posibles fuentes alternativas —aguas residuales humanas, algas marinas, residuos de mandioca, larvas de mosca soldado, proteínas unicelulares producidas por virus y bacterias—, pero hasta ahora ninguna se está produciendo en escala suficiente y económicamente accesible.

Cuando Urbina regresó de su viaje periodístico se le pidió que compareciera ante el Congreso de EE.UU., donde dio testimonio de primera mano sobre el creciente entusiasmo en torno a la acuicultura. Utilizó los 5 minutos que se le asignaron para describir la diversidad de delitos que se producen en alta mar, como esclavitud, asesinato de polizones, vertido intencional de elementos nocivos, tráfico de armas y, por supuesto, pesca ilegal. Argumentó que la definición de pesca ilegal debería ampliarse para incluir no sólo delitos contra la fauna marina sino también contra los pescadores e hizo hincapié en que los barcos que depredan rápidamente los océanos son también los más propensos a reducir sus costos a través de condiciones de trabajo extremadamente precarias.

Durante la audiencia, el diputado republicano de California Tom McClintock declaró que, si bien las atrocidades que tienen lugar en barcos pesqueros extranjeros pueden ser terribles, es muy poco lo que el gobierno de Estados Unidos puede hacer al respecto. “La simple verdad”, dijo McClintock, “es que no tenemos control sobre esos países soberanos.” Lo que Estados Unidos podría y debería hacer inmediatamente, sostuvo, es duplicar nuestra industria nacional de acuicultura. “En el momento en que podamos producir estos productos en cautividad de manera más barata de lo que podemos capturarlos en la naturaleza”, señaló McClintock, “antes desaparecerá naturalmente la lacra de la pesca no sostenible.” Como periodista dentro de un entorno muy politizado, Urbina expresó que su rol no era refutar al legislador. Declaró que no estaba allí para debatir sino para “dar mi testimonio”. Aun así, manifestó, esperaba que alguien más en la audiencia pudiera señalar que, lejos de ser una cura para todo, la acuicultura, de hecho, estaba profundamente ligada a la esclavitud en el mar y a la pesca ilegal debido a la dependencia de la industria respecto de la harina de pescado, que proviene de los mismos barcos más proclives a este tipo de abusos contra los derechos humanos y el medio ambiente. Al final de la audiencia, nadie mencionó el problema de la harina de pescado.

* Miembro de The Outlaw Ocean Project

Traducción: Román García Azcárate

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