Ecuador, un aperitivo para la fantasía de Macri y Larreta

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12/04/2021

En tiempos de grieta, las elecciones en la región empiezan a convertirse en un clásico de entrecasa para el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Algo de eso pasó con el triunfo de Guillermo Lasso en Ecuador. El kirchnerismo lamentó la derrota de Andrés Aráuz, el candidato de Rafael Correa y de todo el chavismo latinoamericano. En la otra orilla, Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta disfrutaron el resultado sorprendente como el aperitivo de la fantasía que les gustaría que sucediera más temprano que tarde en la Argentina.

El nuevo presidente de Ecuador es un empresario de 65 años y muy próspero, que hizo carrera en el mundo financiero hasta ponerse al frente del Banco de Guayaquil. Ya había perdido dos elecciones presidenciales (en 2013 contra Correa y en 2017 contra Lenin Moreno), y nadie creía seriamente que pudiera ganar esta vez. En la primera vuelta, logró aventajar por muy poco al candidato indígena, Yaku Pérez, para lograr el segundo lugar y sus rivales celebraron por anticipado lo que creyeron una victoria segura en el ballotage. Se equivocaban.

El conservador Lasso, de estrechísima relación con la Iglesia ecuatoriana, flexibilizó sus posturas. Armó una alianza para la segunda vuelta con el alcalde de Guayaquil, el socialcristiano Jaime Nebot; también con un sector del socialismo ecuatoriano y emitió señales amistosas al electorado indígena del derrotado Yaku Pérez. Prometió políticas de género a las mujeres, se acercó a los activistas del colectivo LGBT y, pese a su historia antiabortista, consideró evaluar una consulta popular para despenalizar el aborto. En esa etapa, su equipo de campaña le pidió algunas ideas al consultor Jaime Durán Barba, el ecuatoriano más conocido en la Argentina por haber revolucionado la agenda de Macri en 2015.

A comienzos de siglo, cuando Lasso todavía era un banquero sin ambiciones políticas, conoció a un argentino que presidía el Citibank de Ecuador. Era Franco Moccia, con el que armó un vínculo de respeto y con el que seguiría en contacto cuando el Citi le encomendó sus estructuras en Perú y luego en Colombia. Moccia volvió tiempo después a la Argentina para dedicarse a las políticas públicas. Fue subsecretario de Control de Gestión con Macri en la Ciudad, y después ministro de Transporte con Rodríguez Larreta. Hoy es una de las pocas personas que proclama su amistad con los dos dirigentes más importantes del PRO sin despertar recelos.

Luego de la derrota de 2019, Moccia se instaló en unas oficinas del centro porteño para coordinar el trabajo de las tres fundaciones de Juntos por el Cambio. La Fundación Pensar, del PRO; la Alem, de la UCR; y la Hannah Arendt, de la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Por allí desfilaron más de 600 ex funcionarios para hacer una autocrítica de lo sucedido con el gobierno de Macri y usar esa información para construir un proyecto de gobierno para 2023. “Para que el candidato de JxC, sea quien sea, llegue con una idea básica de lo que debe hacer y después defina sus prioridades”, suele atajarse Moccia ante los ansiosos.

En los últimos meses, Moccia activó con discreción todos sus contactos ecuatorianos y apostó por Lasso pese a las muchas prevenciones. En la medianoche del domingo, supo que su fin de semana era perfecto. El sábado disfrutó el triunfo de Racing en el clásico de Avellaneda y después celebró con la victoria de su amigo banquero en Ecuador. Como lo anticipó Natasha Niebieskikwiat en Clarín, los de Macri y Rodríguez Larreta fueron los primeros mensajes argentinos que el flamante presidente ecuatoriano recibió en el filo de la madrugada.

Aráuz en los despachos oficiales

El optimismo exagerado que la victoria de Lasso encendió en la oposición argentina, se contrapuso con el malhumor que la derrota de Aráuz inyectó en el campamento kirchnerista. El economista al que Correa impulsó desde su exilio belga, obligado por las causas de corrupción que el populismo llama lawfare, había recorrido todos los despachos oficiales en el pasado mes de diciembre. Lo recibió entonces Alberto Fernández y también lo alentó Cristina Kirchner.

“¿En serio Lenin Moreno pretende que el resto del mundo crea que en Ecuador hay democracia?”, tuiteó la Vicepresidenta en esas horas, junto a una foto suya con Aráuz en el Senado. Después del triunfo del partido de Evo Morales en Bolivia y el desprocesamiento de Lula en Brasil, el kirchnerismo pretendía mostrar el triunfo del candidato de Correa en Ecuador como una señal imparable de los sectores que se nuclean en el Grupo de Puebla. El último intento fue un tuit que Correa posteó desde México, el refugio presidido por Andrés Manuel López Obrador que eligió para seguir la elección. En su celular, escribió que Aráuz ganaba por casi dos puntos. Un rato después debió admitir la realidad.

Alberto Fernández y Andrés Aráuz, cuando estuvieron juntos, en diciembre del año pasado.
Alberto Fernández y Andrés Aráuz, cuando estuvieron juntos, en diciembre del año pasado.

Ecuador no es la Argentina ni la Argentina es Ecuador, un país andino de diecisiete millones de habitantes, con la economía dolarizada desde hace dos décadas y las bananas, los camarones y las flores como exportaciones principales. Pero lo ocurrido en sus elecciones presidenciales está siendo observado por los dirigentes argentinos para extraer enseñanzas. La primera de ellas es que Lasso ganó porque convenció a la mayoría de que el exiliado Correa y el régimen chavista de Venezuela son fantasmas de los que es necesario escapar.

Y además supo construir en la segunda vuelta una coalición amplia y sin restricciones con sectores históricamente irreconciliables de derecha y de izquierda. Algo parecido a lo que Macri consiguió en 2015, a lo que Cristina replicó cuatro años después, y a lo que deberá reconstruir el que se anime a administrar la Argentina cuando se conozca la anatomía del país que deje en pie la pandemia.

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