El aroma del caramelo, el secreto del pochoclero que es historia de Mar del Plata

admin

10/04/2021

Llueve, truene o sople un viento intenso y frío; nunca faltó a la cita. En la Rotonda de Playa Grande, frente al monumento a la bandera, su carro con palomitas de maíz, garrapiñadas y manzanas acarameladas permanece incólume. En la Avenida del pulóver si el día amanece nublado. Por herencia familiar, César Rigal Constantino conserva el oficio de la venta ambulante en la sangre.

De cuna humilde, nació un 9 de abril de 1965 en el barrio puerto de Mar del Plata. No es el mayor ni el menor de 4 hermanas. Tiene 55 años y lleva 28 como pochoclero, pero su historia en el comercio callejero se remonta a los tiempos de su infancia. A los 7 ya vendía cubanitos y café en la rambla de Mar del Plata junto a su padre Luis, quien le enseñó los secretos de cómo convertirse en un buen vendedor.

El truco es que la gente perciba el aroma del caramelo y, entre cartelería y variedades, acaparar la atención del turista con un carro llamativo. Recuerda que su papá solía tocar una campana de bronce al grito de calentitos y crujientes.

“Fue un bohemio que aprendió a vivir como todo buscavidas. Tuvo negocios en la zona de Mogotes y explotaba la playa hasta que aparecieron las topadoras y la Dictadura le quitó el dominio”, rememora mientras hace una pausa para buscar sus lentes de sol. Y sigue: “Tuvo su época de oro en los años 70. En verano vivíamos bien, en invierno mal. Gastaba en el casino lo que ganaba. El alcohol también lo seducía”.

César, uno de los pochocleros históricos de Mar del Plata. Foto Marcelo Carroll
César, uno de los pochocleros históricos de Mar del Plata. Foto Marcelo Carroll

Habla de su papá en pasado porque el 17 de mayo de 2018, un día antes del cumpleaños de su hijo menor, lo encontró sin vida en la cocina cuando fue a visitarlo ante la preocupación de los vecinos que no lo veían desde hacía una semana. “Manipuló un cable y se electrocutó. No esperaba encontrarlo en su casa sino en el hospital”, se lamenta con un sesgo de tristeza en la mirada.

“¿Te puedo dejar las llaves del auto? Quiero dar una vuelta por la playa con mi mujer”, interrumpe un señor de chomba roja. César no se sorprende con el pedido. Es una escena habitual en su jornada de trabajo. Inspira confianza sin conocerlo. La gente sabe que está en el mismo lugar desde siempre.

En sus 28 años de pochoclero, con el carro que le compró a su tío, fue testigo de infinitas situaciones. Vio cómo se infartaba un hombre caminando y la forma en que un delincuente descartaba un revólver en el cantero que está frente al monumento de la bandera. “Busqué el arma y la rompí con una maceta para hacer un bien”, subraya y se rocía con alcohol las manos para recibir un cliente.

Las palomitas, ¿dulces o saladas? “Sin dudas, dulce. Pero la gente del norte elige salada y está de moda entre los jóvenes que toman cerveza”, agrega mientras se arremanga y expone las quemaduras que lleva en su brazo por el salpicado del caramelo.

Contar la ganancia cuando termina el día es la cábala que mantiene desde el 93. “Hoy ya no es tan redituable. La pandemia me imposibilitó trabajar durante más de siete meses. Fue el peor año de la actividad”, protesta.

La vocación por la cultura del trabajo ambulante también llegó de la mano de su abuelo, conocido como El Griego por su linaje, quien se dedicaba a la venta callejera de helados en la ciudad de Ayacucho. Allí migró después de haber participado como soldado en la Primera Guerra Mundial y también en esas tierras se enamoró de su tata, una inmigrante española.

Una vida de trabajo y sacrificios

César se considera un trabajador más. La falta de visión en el ojo derecho no le impidió salir adelante. El día empieza a las 7 de la mañana con su delantal blanco y la receta de las garrapiñadas. Pero la adolescencia y juventud transitaron por la actividad portuaria en el barrio del puerto, lugar que conserva los restos de una pequeña Italia. Fue peón, aletero, cocochero, y cachetero.

“El trabajo era insalubre y me dejó secuelas, pero también el sueño de mi vida: Mirta, la madre de mis dos hijos. La conocí a los 17 cuando le llevaba cajones con los mejores pescados. La conquisté por insistencia cuando aceptó ir conmigo al cine a ver Tiburón”.

Tras una discusión con su papá, a los 14 tomó su mochila y, junto a un amigo que conoció en la calle, se coló en el tren con destino a Buenos Aires. “Pedía comida en rotiserías y abría puertas de taxi en el Once y Retiro para ganar unos pesos. Dormía con mantas en la estación. Seguí una buena escuela y nunca mi involucré en drogas. Sobrevivimos como pudimos con trabajos honestos”, rememora.

César trabaja en la calle desde los 7 años. Foto Marcelo Carroll
César trabaja en la calle desde los 7 años. Foto Marcelo Carroll

De Capital fue a San Miguel, donde lo albergó una casa de familia y consiguió empleo en una panadería armando roscas de pascua. Al año, regresó a Buenos Aires para ser ayudante de cocina en una confitería hasta que decidió volver a anclar en su puerto de origen.

Su fe en Dios y en la Virgen de Lourdes lo ayudaron a no bajar los brazos. “Construí mi casa trabajando con el pescado y el pochoclo”, asegura. Hoy, vive con su mamá, a quien rescató de los brazos de una pareja golpeadora, su mujer y sus dos hijos, Andrea (38) y Cristian (33), que son el orgullo de la familia. Los primeros universitarios en el árbol genealógico. Andrea es profesora de geografía y Cristian, diseñador industrial.

Nuevos desafíos

Como buen ariano, César piensa permanentemente en hacer cosas nuevas. “Donde hay un problema, hay una solución”, fueron las palabras de su cuñado José que lo motivaron a ser inventor por afición. “Patenté una pala hueca para recolectar excremento de perro, pero por falta de recursos no pudimos sacarla al mercado. Intenté hacérsela llegar a Susana Giménez, pero creo que nunca lo recibió”, cuenta mientras busca el registro de IMPI donde aparece su invento, una materia pendiente.

La calle es sacrificada. Aunque hice varios amigos que vienen a convidarme mate, paso muchas horas solo. Sufro el ir a contramarcha, solo quiero tener más tiempo para pasear con mi compañera de vida. Me estoy retirando de a poco”, confiesa y comenta que está incursionando en el ámbito de compra y venta en redes sociales.

“Mi sueño es viajar a Europa con mi señora para conocer Grecia, la tierra donde nacieron mis abuelos, y Estados Unidos que me atrae por la cultura del trabajo. También, recorrer la ruta 40 en auto”, se ilusiona con las ideas y agradece tener salud y una familia en quien refugiarse y compartir la vida.

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