El arte de hacer negocios con falsificaciones

admin

27/03/2021

Los artistas más ilustres hicieron historia, alrededor de sus obras se mueven cifras estratosféricas. Pero unos pocos, que nunca dispusieron de aquel virtuosismo, se las ingeniaron –con estafas o falsificaciones– para mover otras cifras que impresionan. Un reciente documental (“Made you look”) que difundió Netflix y otra película (“El último Vermeer”) vuelven a colocar en primer plano el tema de las estafas en el arte. En una nota reciente en Ñ, March Mazzei nos ilustraba sobre algunos de estos falsificadores famosos, como el alemán Wolfgang Beltracchi: en 2010, después de más de tres décadas de fechorías, cayó definitivamente preso, tras colocar más de un millar de pinturas que atribuía a nombres como Ernst, Leger o Pechstein. O el húngaro Elmyr de Mory, en quien se inspiró Orson Wells para su “F for Sale”: se suicidó en 1976 tras falsificar obras de gigantes del último siglo como Picasso, Matisse, Modigliani o Degas. También cita a Robert J.C.Driessen, cuyas ventas de esculturas falsamente atribuidas a Giacometti llegaron a los 8 millones de dólares.

El documental en Netflix refiere a una estafa aún más organizada y mucho mayor, por la cual desde la galería neoyorquina Knoedler se movieron 80 millones de dólares en la venta de obras falsas de artistas tan representativos como Pollock o Rothko. Una de aquellas obras titulada “The Silver Pollock” llegó a subastarse en 17 millones de dólares. Según el documental, todo comenzó a partir de un inmigrante chino, el artista Pei-Shen Qian, quien vendía sus obras en las calles hasta que instaló un atelier en su propio garaje. Por el contacto con dos emprendedores de arte, llegó a aquella galería, propiedad del banquero Michael Hammer. Y el chino, mimetizado en Pollock, Rothko y tantos más, inició el recorrido por el mundo del arte falso. Entre 1994 y 2008, cuando finalmente el FBI los detectó y los llevó a los tribunales, engañaron a coleccionistas, rematadores y público. Hasta David Anfam, el mayor autenticador de la obra original de Rothko, no había detectado el fraude. Y el propio hijo del artista, Christopher, había calificado como “magnífica” a la reproducción de las obras.

Este caso remite de inmediato al del holandés Han van Meegeren, magistral interpretación de Guy Pearce en la mencionada película. Fue, tal vez, el caso de falsificación más curioso y explosivo en la historia del arte. Van Meegeren se “mimetizó” en Vermeer y llegó a engañar a los jerarcas nazis durante la ocupación, en la Segunda Guerra Mundial. Estuvo a punto de terminar en la horca por “alta traición” y cuando reveló sus engaños, los jueces holandeses lo perdonaron.

En 1913, van Meegeren dejó sus estudios en Arquitectura para dedicarse a su pasión, la pintura, inspirada en los grandes maestros del siglo XVII. Después de algunas críticas aceptables, su segunda exposición fue un fiasco: “Posee todas las virtudes… excepto la originalidad”, escribió un crítico. Entonces se decidió: ya que no podía ser un artista “auténtico”, iba a convertirse en otro, y a disfrutarlo. En aquella época recién comenzaba a recuperarse la figura de Johannes Vermeer, el notable pintor holandés (1632-1675), de quien apenas se conservan 36 obras. Van Meegeren no quería imitar a Vermeer sino “ser Vermeer”. Y vaya sí lo hizo: acopió los mismos pigmentos, fabricó los mismos pinceles, utilizó su misma técnica y, para completar el fraude, ideó un sistema por el cual los cuadros mostraran el mismo desgaste que hubieran sufrido a lo largo de tres siglos.

La primera “obra” fue “Cena de Emaús”, que hizo autenticar por el mayor especialista en Vermeer (Abraham Bredius) y venderla a la Sociedad Rembrandt en una cifra que a la conversión actual equivale a 4,5 millones de euros. Se compró una mansión en Niza, el comienzo de su imperio inmobiliario: cuando lo detuvieron una década después, al final de la Guerra, acumulaba más de 50 propiedades –entre su país y la Costa Azul- y un club nocturno, y su fortuna se calculaba en 20 millones de dólares.

Su mayor “fraude” fue el cuadro “Cristo entre los adúlteros”, que las tropas aliadas descubrieron entre las seis mil del expolio nazi, escondidas en la Mina de Altaussee (otra película, con George Clooney describe este episodio). Cuando los investigadores holandeses encontraron al comerciante que negociaba con el jefe nazi Hermann Göering –quien pagó 6,5 millones de euros actuales por ese cuadro- aquel remitió a Van Meegeren. Y este fue capturado de inmediato.

La justicia holandesa lo procesó por “destrucción del patrimonio nacional”, pensando que había entregado o vendido cuadros auténticos a los invasores. Iban a condenarlo a muerte pero, en el juicio, Van Meegeren reveló que había falsificado los cuadros: entre julio y septiembre de 1945 pintó “Jesús entre los doctores” delante de un fotógrafo, un experto en arte, un carcelero y tres oficiales de Justicia. Le cambiaron la condena –le dieron un año por “falsificación”, que no llegó a cumplir, murió de un síncope.

Vermeer, el verdadero, estaba muy lejos de todo esto. Muy pocas de sus maravillosas obras pudieron conservarse, entre ellas “La dama de la perla”, ahora en un museo de La Haya. Y apenas tres llegaron al circuito comercial.

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