El cierre de El Obrero: los tesoros ocultos del bodegón de la Boca que se llevó la pandemia

admin

20/02/2021

Al fondo del salón, cerca de la barra, Juan Carlos y Pablo fuman. Uno mira hacia una pared pelada, el otro hacia una parrilla vacía. Junto a ellos, Silvia, que toma un cafecito, en silencio, pensativa. Los tres hermanos, los Castro, están hace rato allí, sin decir palabra. O ya lo han dicho todo, en realidad, cuando la situación económica derivada de la pandemia los llevó a la decisión más difícil de sus vidas: cerrar El Obrero, el clásico bodegón de La Boca, fundado por sus padres Marcelino y Lidia.

El domingo 31 de enero los hermanos Castro, después de mucho cavilarlo, entendieron que ya no valía la pena seguir extendiendo la agonía y bajaron la persiana del restorán abierto en 1954. “No lo podemos creer, pero no nos quedó otra alternativa, cada día que abríamos era mucho más el dinero que se iba que el que ingresaba. Al principio, cuando reabrimos en noviembre, entendíamos que sería así algunas semanas, pero nunca pudimos revertir el panorama”, se adelanta Juan Carlos (59), que enciende otro Philip Morris.

“No tenía sentido seguir abriendo, porque la pérdida iba resultando cada vez mayor. Acá nos mirábamos las caras con la cocinera, el parrillero y los mozos, todos de brazos cruzados y ya veníamos hablando si valía la pena seguir trabajando en estas condiciones. Siempre hubo crisis e inflación, lo que sabemos de nuestra bendita Argentina, pero mal o bien siempre nos la rebuscamos, pero esto fue insostenible“, suma Pablo, que prefiere caminar por entre las mesas.

"Cada día que abríamos era mucho más el dinero que se iba que el que ingresaba. Al principio, cuando reabrimos en noviembre, entendíamos que sería así algunas semanas, pero nunca pudimos revertir el panorama", afirman Silvia, Pablo y Juan Carlos Castro. Foto: Martín Bonetto
“Cada día que abríamos era mucho más el dinero que se iba que el que ingresaba. Al principio, cuando reabrimos en noviembre, entendíamos que sería así algunas semanas, pero nunca pudimos revertir el panorama”, afirman Silvia, Pablo y Juan Carlos Castro.
Foto: Martín Bonetto

Pasadas las tres de la tarde de un viernes de febrero, un horario en el que habitualmente no habían mesas desocupadas. Ahora impacta ver el vacío, ensordece el silencio, el salón parece inmenso. Pese al paisaje desolador, las paredes -salvo una- siguen vestidas con camisetas, banderines y bufandas alusivas a clubes de fútbol, hay una remera original de los All Blacks y muchas fotos enmarcadas de famosos del espectáculo y del deporte. “Ya empezamos a descolgar cuadros de celebrities del exterior, para que no se estropeen”, señala Silvia una de las paredes desnudas del salón.

Después de más de ocho meses cerrado por la cuarentena, el 24 de noviembre último El Obrero reabrió pero sólo en el turno diurno, de 12 a 16.30 horas. La reapertura significó una inversión de medio millón de pesos en pintura, arreglos de aire acondicionados, cocina y gas “porque éste es un salón muy viejo por lo que estando cerrado el deterioro es mayor. Y después tuvimos que volver a decorar las paredes para devolverle su identidad, porque El Obrero es sinónimo de identidad“.

Silvia, Juan Carlos y Pablo retomaron la actividad agazapados, con recelo y precaución. Sabían que no volvería a ser lo de antes de la pandemia. “Nos pusimos un plazo de tres meses, hasta finales de febrero, pero sabiendo que entre diciembre y enero, como había prometido el Gobierno, habría 5 millones de vacunados, el turismo volvería lentamente y la gente estaría un poquito más desahogada. Nada de eso sucedió, por eso adelantamos casi un mes el cierre del local“, hace saber Silvia con lágrimas en los ojos.

Cuando se reabrió el bodegón, el 24 de noviembre, los hermanos Castro estaban agazapados, precavidos. "Nos pusimos un plazo de tres meses, pero nada cambió, por eso adelantamos el cierre un mes". Foto: Martín Bonetto
Cuando se reabrió el bodegón, el 24 de noviembre, los hermanos Castro estaban agazapados, precavidos. “Nos pusimos un plazo de tres meses, pero nada cambió, por eso adelantamos el cierre un mes”.
Foto: Martín Bonetto

Juan Carlos la mira con impotencia. Pablo va a preparar otra vuelta de cafecitos. “Con el diario del lunes, hoy lo mejor hubiera sido no haber abierto, nos hubiéramos ahorrado un montón de plata, malasangre y dolores de cabeza, pero es un poco contradictorio, porque nos habríamos reprochado no haberlo intentado”, masculla el mayor de los Castro. “Bajar la persiana fue la mejor decisión, Juan Carlos, la mejor pero la más triste”, busca consuelo Silvia, cuya mano busca el hombro de su hermano.

Pablo llega con los cafecitos y los terrones de azúcar, casi en extinción. “¿Cúando vamos a empezar a sacar las cosas?”, pregunta. “Vamos a ir viendo, pero será en los próximos días porque se van a echar a perder. Tenemos una caja donde vamos guardando por un lado las camisetas y bufandas, por otro lado los banderines y también distintos trofeos que nos fueron trayendo y que hicieron a la distinción del lugar. Por suerte contamos con una baulera para proteger este material sentimentalmente valioso”, desliza Silvia.

Se los ve muy unidos, afectuosos y solidarios a los hermanos, que han trabajado por más de 35 años entre estas paredes, desdoblándose y postergando su vida por este mundo… que es su vida. “Papá no quería que trabajáramos acá, siempre nos insistía en que estudiáramos, que tuviéramos una profesión, pero nosotros, cada uno en su momento, empezó a venir y dar una mano, hasta que nos convertimos en multitareas, porque los tres hemos sido mozos, lavacopas y cobrado al cliente. Y este lugar es nuestra vida, no sé si la mejor vida, pero es lo que tenemos”, hace saber Pablo.

"Papá no quería que trabajáramos acá, siempre nos insistía en que estudiáramos, que tuviéramos una profesión, pero nosotros, cada uno en su momento, empezó a venir y dar una mano", reconocen Silvia, Juan Carlos y Pablo Castro. Foto: Martín Bonetto
“Papá no quería que trabajáramos acá, siempre nos insistía en que estudiáramos, que tuviéramos una profesión, pero nosotros, cada uno en su momento, empezó a venir y dar una mano”, reconocen Silvia, Juan Carlos y Pablo Castro.
Foto: Martín Bonetto

El tradicional bodegón de La Boca acaba de bajar su persiana. ¿Adónde irán los tesoros sentimentales de El Obrero? "Por ahora vamos a guardar todo en cajas que conservaremos en una baulera". Foto: Martín Bonetto
El tradicional bodegón de La Boca acaba de bajar su persiana. ¿Adónde irán los tesoros sentimentales de El Obrero? “Por ahora vamos a guardar todo en cajas que conservaremos en una baulera”.
Foto: Martín Bonetto

Juan Carlos escucha a su hermano y acota. “Papá pensaba que sería eterno y dejó su vida acá adentro creyendo que tenía añares por delante. Y un día se enfermó, tuvo Alzheimer y chau… Esto tiene que ser una enseñanza para nosotros, que si bien estamos gastados y agotados, esperamos tener unos cuantos años por delante”. Asienten Pablo y Silvia. “Papá alquiló este lugar durante cincuenta años y recién pudo comprarlo en 2004, cuando ya se le había declarado la enfermedad. Por eso también tenemos que pensar en nuestras vidas con nuestras familias, tal vez fuera de este amado lugar”.

Dejan en claro los hermanos Castro que no quieren politizar, “que el cierre no es por culpa del gobierno de Alberto Fernández, ya veníamos en caída desde 2019 con Mauricio Macri. Sucede que este país es inviable por donde se lo mire… la presión tributaria es asfixiante”, desliza Juan Carlos. “Un restorán como éste en Europa o Estados Unidos, sus dueños pasan la mitad del año en Ibiza, pero nosotros no podíamos desenchufarnos ni quince días, teníamos que estar porque si nos íbamos perjudicábamos a un hermano”, mecha Pablo.

“El que quiera tienda que la atienda, sino que la venda”, complementa Silvia. “Es lo que decía nuestro padre, al que le costó mucho delegar y a nosotros nos pasó lo mismo. De todas maneras, quien no conoce nuestro rubro, imaginaba que este lugar casi siempre lleno, era una mina de oro, y lamentablemente nada más lejos que eso. No sé si era porque no lo manejábamos bien, cosa que no creo, pero nunca sentimos que podíamos hacer la plancha. Había que estar, que poner el cuerpo y los tres siempre supimos que sin ese compromiso, el boliche se iba a pique“.

Todo un símbolo. El delantal de un mozo colgado en una percha, junto a la lista de precios vigente hasta finales de enero. Foto: Martín Bonetto
Todo un símbolo. El delantal de un mozo colgado en una percha, junto a la lista de precios vigente hasta finales de enero.
Foto: Martín Bonetto

El reconocible salón con esas mesas y sillas antiguas, típicas del bodegón. Foto: Martín Bonetto
El reconocible salón con esas mesas y sillas antiguas, típicas del bodegón.
Foto: Martín Bonetto

Juan Carlos parece ser el “intérprete” de la situación actual, Silvia la que entiende que hay que “cortar por lo sano”, mientras que Pablo es quien acepta la decisión de sus hermanos mayores. “Papá no era de hablar mucho, él era un hombre de acción, pero seguro que hoy estaría triste porque deja de existir el lugar que él fundo. El viejo nos hubiera dicho: ‘Les dije que no se metieran acá, estudien, hagan otra cosa’. Pero fue más fuerte este laburo, nos metimos solitos sin que nadie nos lo pidiera”, describe el mayor.

“Todo es enseñanza, se aprende de lo bueno y de lo malo. El aprendizaje que nos deja este momento es que no nos tenemos que enamorar de las paredes, de los autos, de las cosas inanimadas. Son paredes que verán pasar a la gente. Pasaron nuestros viejos, pasaremos nosotros, pero todavía estamos los tres, entonces tenemos que entender que los ciclos se cumplen, se terminan, por más que nos duela”. vuelven a llenarse de lágrimas los ojos a Silvia.

Revuelve su café Pablo, que no quiere mirar a Juan Carlos, visiblemente bajoneado, ni a Silvia, que intenta recomponerse. “Tuvimos en su momento ofrecimientos para vender el local, pero no queríamos saber nada. Muchos nos preguntaron y se interesaban, siempre fue un bodegón atractivo desde afuera, es más, todos veían a El Obrero como una oportunidad para llenarse de guita… y nada que ver. Pero bueno, hoy las condiciones son otras, y si llegara una oferta la escucharíamos“, comenta el menor.

Todos los días los Castro se encuentran en el salón que, desde la calle, luce mustio, con la persiana baja y una placa de Sitio de Interés Cultural que parece confundida. Dicen que necesitan venir, estar, porque son momentos de tomar decisiones, hacer orden y también números, ya que todavía hay deudas que pagar. “Gente amiga y conocidos se acercaron con la firme intención de prestarnos dinero para seguir abiertos, pero no es un tema de plata, es un tema de trabajo. Entre la inflación, la caída rotunda del turismo, la suba de precios y la gente que tiene miedo y no tiene plata… no vemos luz al final del túnel”, coinciden los tres.

Suspiran los tres. Silvia intenta forzar una sonrisa que le sale a regañadientes, los ojos claros apagados de Juan Carlos lo pintan de cuerpo entero, Pablo luce impertérrito. “Cuando dejas de disfrutar, cuando venir es un sufrimiento, cuando no podés dormir porque tu cabeza está craneando cómo levantar este muerto, van siendo señales demasiado ruidosas como para no darles bolilla”, lanzan a voces Silvia y Juan Carlos. “Encima esto nos agarró con mucho desgaste, no tenemos las fuerzas ni las energías que teníamos a los treinta o cuarenta años”.

Caminan por el salón como si fueran turistas. Juan Carlos se detiene frente a una imagen en sepia de Ringo Bonavena. Silvia se distrae con la lista de precios de los postres, escrita con tiza, mientras que Pablo cuelga su delantal de trabajo color vino en una pared. “Las perspectivas no son alentadoras. Los economistas dicen que recién en 2023 estaremos como en 2019, que para nosotros fue un tobogán. ¿Qué futuro tenemos? ¿Enfermarnos? No queremos seguir el destino de nuestro viejo“.

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