El desafío del agro argentino: transformar la calidad ambiental en una marca país

admin

10/04/2021

El negacionismo de Donald Trump respecto a la cuestión candente del cambio climático le dio aire a los defensores del paradigma del siglo pasado, cuando la humanidad creció sobre la base de la explotación de recursos no renovables. Por un lado, fue tomando cuerpo la idea de que ello no era sustentable. Como dijo una vez Charly García, “todo tiene un límite” (fue cuando el Potro Rodrigo le propuso hacer un tema juntos).

En esta saga se inscribe la cuestión de la energía fósil. En los años 70, creció la conciencia acerca de que el petróleo era un recurso finito. Y cuando se produjo la crisis de la OPEP, se sumó otro temor: no solo parecía que se terminaba, sino que lo tenía el enemigo. Que se hacía fuerte al advertir que todo funcionaba con petróleo. Los precios se dispararon y Occidente tembló.

Como respuesta, económica y política, se generó un enorme interés en encontrar fórmulas para salir de la encerrona. Por un lado, los altos precios estimularon la búsqueda de nuevos yacimientos. En los océanos, en Alaska, en el Ártico. Aparecieron nuevas tecnologías, rascando el fondo de la olla.

Pero al mismo tiempo, fue creciendo la idea de que antes de que se acabe el petróleo, se acaba el aire. El alto precio de la energía, vinculado con la cuestión del calentamiento global, fueron dando paso a las fuentes de energía renovables. La éolica, la solar, los biocombustibles. Y al mismo tiempo, la búsqueda de sistemas más eficientes de transporte. Ahorro de energía, la irrupción del auto eléctrico, los híbridos (de los que hablamos la semana pasada). Se fue escribiendo la sinfonía del nuevo mundo.

Y esto generó una extraordinaria oportunidad para la agricultura argentina. Que solo estamos aprovechando con cuentagotas. Casi sin darnos cuenta, hemos generado una forma de producir alimentos (y fibras, y bioenergía y bioproductos) que no encuentra parangón a nivel mundial.

A cada Trump le llega un Biden. El negacionismo generó un rebote y el nuevo presidente de los Estados Unidos está dando pasos muy fuertes en la dirección opuesta. Hace pocas semanas, Biden anunció un programa de un billón de dólares para pagar el CO2 que secuestren los agricultores, a razón de 20 dólares la tonelada de equivalente carbono. Es una cifra un tanto magra, porque en el mercado spot se celebran contratos por montos mucho más altos. Por ejemplo, Tesla (la líder en autos eléctricos) le vendió créditos de carbono al joint Venture de VW con la china FAW, a quienes les conviene más adquirir estos bonos que cumplir con los compromisos de reducción de emisiones que exige el gobierno chino.

En el mismo sendero, Microsoft está comprando 2 millones de dólares en créditos de carbono a la gigantesca cooperativa Land O´Lakes, mientras Maple Leaf Foods y Epiphany Craft Malt está comprando bonos de carbono a Indigo Ag, la empresa que lanzó hace tres años la iniciativa para secuestrar un trillón de toneladas de CO2 a través de la mejora de la materia orgánica de los suelos. Cargill, Bayer y otras grandes organizaciones globales ya tienen en marcha programas similares en Sudamérica.

En la Argentina hemos hecho nuestro camino mucho antes que el mundo desarrollado cayera en la cuenta de que la agricultura –considerada una de las fuentes contaminantes—está del lado bueno del mostrador. La siembra directa, los cultivos bajo cubierta, ahora el “siempre verde”, la biotecnología, más la eficiencia de los equipos, la organización de los contratistas (muchas hectáreas por kg de fierro), y ahora la agricultura de precisión. El silobolsa, los botalones de carbono, todo va en la misma dirección. Una agricultura más liviana, más inteligente. Intensificación razonada.

Nadie produce tantas toneladas por mm de agua, por kilo de fertilizante o por litro de gasoil. Y además estamos (estábamos…) usando hasta 12% de biodiesel. Hasta ahora no supimos comunicarlo. El gran desafío es generar un sello de calidad ambiental como marca país. Hay que animarse.

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