El duelo de una madre extraordinaria

admin

13/07/2021

Hace unos días lloré un rato largo porque se me rajó una calabaza gigante disecada mientras la limpiaba. Era de mi mamá, que murió hace diez años. Hay duelos que duran toda la vida.

No guardo muchas cosas de ella: una camiseta blanca estirada, un anillo y la calabaza. Nunca podría ser lo material lo que me conectara con una mujer que podía usar medias de distinto color con tal de no comprase un par nuevo.

Es verdad que hay algo de orfandad absoluta en la muerte de una madre. La pérdida de ese “hacelo que va a estar todo bien”, pero si lo hacías y no estaba todo bien no importaba, iba a estar ahí, acariciándote la cabeza.

En estos diez años me pregunté por quién hubiese votado en 2015, si hubiese estado a favor del aborto legal, cómo se hubiese llevado con la pandemia. Llegué a la conclusión que hubiese hecho todo lo contrario a lo que yo hice y por eso también la extraño tanto.

A mi mamá no le gustaban las fotos ni los videos, así que en diez años me fui olvidando sus gestos, su voz, su risa. Cuando hablo de ella con otras personas no nos ponemos de acuerdo sobre ciertos recuerdos. Creo que todos tenemos algo de razón. El duelo también va moldeando la memoria.

Hoy tengo conmigo una abuela de 92 años que vive y se mueve sola con su bastón. Fantaseo con cómo hubiese sido mi mamá si hubiese vivido 44 años más. Hace poco mis hermanos hicieron un FaceApp con una de sus últimas fotos y ni siquiera la aplicación pudo devolvernos una mamá de 92.

Creo, en verdad, que el duelo de una década tiene distintos ritmos. No es el dolor intenso de la posmuerte con lo que se convive 10 años después. Hoy puedo hablar de ella con mis hermanos y reírnos a carcajadas, pero también llorar abrazada a su calabaza disecada durante una hora. Un duelo que se parece más a la nostalgia que a la tristeza.

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