El futuro es lo que fue

admin

18/09/2021

En 2013, el año siete AC (antes de la covid), una joven periodista japonesa llamada Miwa Sado murió repentinamente. Una investigación oficial concluyó que había sido un caso de karoshi, fallecimiento por exceso de trabajo. Cuando descubrieron el cadáver tenía un teléfono móvil en la mano, como una mártir agarrada a un crucifijo.

Algunos de mis compañeros se van a tener que cuidar de no sufrir un similar destino, o al menos de no poner en riesgo su salud, tan obsesionados ellos con la pandemia, inclusive ahora que se nos va. En los últimos meses se ha desatado un karoshiesco frenesí periodístico alrededor de la cuestión ¿cómo será el mundo después del covid? Decenas de miles de artículos se han publicado y habrá decenas de miles más, cuenten con ello, pronosticando un épico reset para homo sapiens.

Que si habrá un brote de solidaridad universal y nos querremos y nos cuidaremos más, o si sentiremos más temor hacia el prójimo que amor; que si viajaremos más, ávidos por huir la claustrofobia del nido viral, o si nos quedaremos más en casa, incluso para trabajar; que si perderemos el interés por el sexo, o si volveremos al ataque con renovado ardor; que si haremos más ejercicio y comeremos más verduras para vivir más tiempo o si la lección del imprevisible y caprichoso coronavirus será, a la mexicana, que cuando te toca te toca y lo que se chingó, se chingó; que si veremos más responsabilidad en la política, más mesura en las relaciones internacionales; que si reenfocaremos nuestras prioridades e intentaremos reducir el stress en nuestras vidas, haciendo todos yoga, por ejemplo, o si el esfuerzo será en vano porque estaremos más estresados que nunca por falta de trabajo. ¿Seremos más Miwa Sado o más Maharishi Mahesh Yogi, el inventor de la meditación transcendental?

Lo primero que hay que hacer es citar al beisbolista de mediados del siglo pasado, Yogi Berra, famoso más por su clarividencia que por su juego. Entre sus joyas: “Es duro hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”.  Segundo, debemos recordar que estamos hablando de problemas de ricos. Digo “ricos” por aquella afortunada minoría de los habitantes del mundo que tiene las necesidades básicas más que cubiertas. Las preocupaciones de las que hablamos son de interés solo para aquellos que tienen el lujo de poder elegir. Leí una carta en The Times de Londres de un lector que resumió su visión de los confinamientos pandémicos de la siguiente manera: “gente de la clase media escondida mientras gente de la clase obrera les trae cosas”.

Dudo que estemos viendo una explosión de dudas existenciales entre la mayoría de los habitantes de África o América Latina. Teletrabajar, ir al gimnasio, limitarse a comer vegano: no son ni siquiera opciones. Como mucho serán cosas de las que leen, con perplejidad, en sus aparatos móviles. En cuanto a reducir el stress, cuando la principal cuestión de la vida es si comerás el día siguiente el stress está tan internalizado que ni siquiera te das cuenta que lo tienes.

En cuanto a nosotros los ricos, los que disponemos de tiempo para contemplar el futuro más allá de mañana, dudo mucho que la pandemia de palabras derramadas sobre los posibles cambios poscovid nos aporte mucho valor, más allá de un ligero entretenimiento, de posible materia de conversación cuando se agoten las posibilidades que ofrecen la política y el fútbol, temas que aquí en Barcelona, al menos, solo pueden conducir a la lamentación, a la nostalgia o a reflexiones suicidas.

Uno es parcial, siempre. Uno basa sus juicios en la ,suerte que todo lo condiciona. Debo reconocer la posibilidad de que me equivoque en mi escepticismo respecto al género periodístico tan en voga hoy. Mi visión del futuro se basa en el sagaz Yogi Berra y en que la pandemia no me ha provocado ninguna epifanía. Confieso que no he cambiado y ni pienso, ni deseo cambiar. Pero sospecho que no estoy solo. Leo de gente en lugares distantes que ha abandonado la sedentaria vida urbana por el alpinismo o que ha dejado la contabilidad para estudiar medicina pero no tengo ningún conocido en ninguna parte del mundo que se esté planteando un cambio drástico de vida.

¿Teletrabajo? Hubiera ocurrido igual, con o sin covid. Quizá ocurra menos por la cantidad de gente harta de las pantallas y del dichoso distanciamiento personal. ¿Menos viajes? En cuanto podamos, los que podemos, saldremos a ver mundo con las mismas ganas que antes, o más. ¿El stress? Ahí seguirá, como los pobres, siempre con nosotros. Por una causa o por otra. ¿Una nueva hermandad universal? ¡Por favor! ¿Trabajaremos más o menos? Dependerá de la necesidad, o de las reservas personales de energía. ¿Más o menos sexo? Cada cual según sus oportunidades. El mundo gira y nada nuevo bajo el sol.

¿Y el mundo político y las relaciones entre las grandes potencias? Como vemos, todo sigue igual. Quizá haya un poco más de mala sangre hacia China ya que nos pasaron el virus pero el choque con Occidente tiene más que ver con Xi Jinping y sus camaradas que con los pangolines, o quizá con los científicos payasos, de Wuhan. Y en cuanto el tocapelotas de Putin, el sinsentido del Brexit, el perverso objeto de deseo que es Donald Trump, el péndulo eterno argentino (peronistas─no peronistas─peronistas─no peronistas─peronistas…): nada nuevo que reportar.

La estupidez, el postureo, la mentira y la ignorancia ahí siguen, alimentadas todas, tanto en lo personal como en lo político, por la peste más dañina de nuestros tiempos, las redes antisociales. No. No solo no cambiará nada tras la pandemia sino que no aprenderemos nada. Así es, así fue y así siempre será. El secreto es tomarse la comedia humana como tal ─no demasiado en serio como Miwa Sado, que cubría política, pobre mujer─ y procurar, dentro de lo posible, pasarlo bien.

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