El peregrinaje del hambre en el Conurbano

admin

17/02/2021

El hambre ha dejado de ser una metáfora de uso y abuso político convirtiéndose en una dolorosa realidad. El cierre de las escuelas produjo en los hogares humildes un golpe fatídico. Porque en las de doble turno los chicos obtenían tres comidas; y en la de medio, al menos el desayuno y el almuerzo, o este último y la merienda.

Esta regularidad cotidiana fue sustituida por el paupérrimo suministro de bolsas mensuales de alimentos por los municipios que alcanzan solo para unos días. La pérdida del trabajo completa este cuadro desesperante.

La situación ya no distingue a ciudadanos protegidos por los aparatos políticos de aquellos que nunca lo estuvieron y que suman a más de la mitad de un barrio humilde promedio. Tampoco los diversos subsidios alcanzan para sobrevivir, y todos han debido diseñar redes espontaneas de apoyo recíproco. Funcionan en jardines maternales, cooperativas en donde se enseñan artes y oficios, clubes e instituciones religiosas.

También en casas particulares de vecinos que, por haber perdido el trabajo, han montado en sus hogares espontáneos centros de aprovisionamiento y administración de diversas comidas para garantizase la propia.

Se trata de un movimiento heterogéneo que no admite las miradas simplificadoras clásicas del clientelismo. Porque en situaciones límite como esta, la política se reduce a “zafar” el día a día. Y todo intento de usufructo electoral es asimilado como una afrenta.

Este voluntariado de base constituye, en todo caso, un complemento indispensable de la insuficiencia ofrecida por organizaciones sociales, políticas o religiosas. Ejercitan el arte del “mangueo” a almacenes, supermercados, carnicerías, panaderías y verdulerías; o las compras al mayoreo en el Mercado Central.

También la organización de rifas, bingos vecinales y el aporte de los cooperativizados. Y lo que es más importante, el suyo propio cuando son propietarios de algún comercio o registran el trabajo formal de algunos miembros de la familia.

Todo se acopia en esos centros para luego proceder a una administración cuidadosísima y coordinada entre distintas redes que se intercambian sus respectivos excedentes. Si una logra la donación de carne picada o de pollos pero les falta harina y leche se sustancia el canje.

Asimismo, también organizan las comidas: algunas solo merienda diaria y las centrales tres veces por semana; otras, solo la merienda, y otras solo el almuerzo. Los vecinos peregrinan así en distintos sitos de la red para garantizar su subsistencia.

Cada núcleo puede incluir no más de trescientos asistidos. La regularidad y la eficiencia tornan a algunos más atractivos que otros pero no hay nada más desagradable para sus referentes que decir “no hay más”.

Por lo que diseñan planes con rutinas de lo que se puede y no se puede pedir en cada uno. El problema es que el desborde creciente los afecta a todos, motivando tensiones entre clanes, familias y vecindades; y a veces, disparando la violencia.

Una honda preocupación se conjuga entonces con la incertidumbre y el miedo de no dar abasto. Porque cuando la olla se vacía, los insatisfechos deben correr a buscar “algo” de otros sitios como las bolsas de la basura en los barrios de clase media próximas en procura de algún mendrugo o de ropa en desuso para intercambiarla en las ferias por dinero, papas, cebollas o huevos.

Hay un componente crucial para los chicos: la leche. Las organizaciones sociales y los municipios hacen algún aporte de leche en polvo que se estira todo lo posible para suministrar los “cocidos” con mate de las merienda.

La yerba utilizada no se tira sino que se la seca para hacerla rendir hasta cuatro días. Las dietas son variadas. La carne vacuna ha sido prácticamente sustituida por la picada de pollo más económica. Los guisos se componen de albóndigas con tuco, a veces con arroz y otras con polenta. Los de osobuco las tornan más sustanciosas.

El problema se complica a medida que se va avanzando en el mes porque las familias colaboradoras aportan menos. Desaparece la carne y el pollo; reemplazados por los más rendidores, zapallitos, arroz y polenta. Esta última domina la última semana combinada con tortillitas de agua, grasa, harina y sal. La inflación lo complica todo y disminuye la calidad de las viandas en relación proporcional al aumento de los precios.

Hasta aquí las vicisitudes y secuencias del trabajo de obtener el alimento en los barrios populares del Gran Buenos Aires. En situaciones análogas -aunque nunca tan graves- en 1989 y 2001, la presión detono en saqueos masivos. Hoy serían un expediente terminal, porque tanto los eventuales saqueadores como los comerciantes están armados hasta los dientes; generando el peligro de una hoguera social de proporciones desconocidas.

Lo más preocupante es el ausentismo dirigente cuyos representantes suministran lo más parecido a una limosna. De ahí, el clima de opinión de estos ciudadanos que han renunciado a los diagnósticos de inculpadores de unos y comprensivos con otros.

El “son todos iguales” se extiende; y con él, un mar de fondo de hartazgo de este statu quo de penuria alimentaria crónica que confluye con la violencia, el narco, los escruches y las disoluciones familiares. Desesperación e indignación; y miopía de los responsables politicos. La trilogía perfecta de reacciones colectivas anómicas cuando ya no quede nada que perder.

Jorge Ossona es historiador. Miembro del Club Político Argentino.

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