Elecciones en Chile, José Antonio Kast y un voto sorpresa de Il Gattopardo

admin

26/11/2021


La última colina a tomar por los dos candidatos presidenciales chilenos tras el filtro de la primera vuelta, puede resultar un camino despejado solo para el ultraderechista José Antonio Kast.

Todo es muy volátil y su ventaja sobre el centroizquierdista Gabriel Boric es de no más de 146 mil votos. Pero la posibilidad de un mayor caudal de apoyos y una base interna consolidada deja a este abogado admirador de Pinochet en las puertas de La Moneda.

Para su adversario, la agenda es más compleja. La coalición que sostiene a Boric es muy heterogénea desde la centro izquierda al dogmatismo que le impone con alta vigilancia su principal socio, el Partido Comunista, fuerza central para su armado nacional.

Si Kast debe seducir a nuevos votantes moderando sus consignas culturales medievalistas sobre la mujer, la familia o el medio ambiente, Boric debería reconstruir casi completamente su discurso.

Le debe incorporar la demanda ciudadana por seguridad, ausente en su campaña anterior, responder a la violencia brutal de los extremistas mapuches con los que ha venido sugiriendo dialogo y archivar banderas de nacionalizaciones o de mayor presión impositiva.

José Antonio Kasta, partido Republicano, en el momento que ganaba la primera vuelta. Foto AP
José Antonio Kasta, partido Republicano, en el momento que ganaba la primera vuelta. Foto AP

Polarización

Nada de eso está contemplado en la plataforma que lo ata al PC que, en cambio, presiona por solidaridades electoralmente suicidas con los regímenes personalistas autoritarios de Venezuela o Nicaragua.

Si se observa en profundidad, la polarización que reveló la primera vuelta en Chile expone menos la fortaleza de la propuesta ultraderechista que la debilidad en este presente de los sectores que sacudieron al país hace tan poco como dos años en demanda de equidad en la distribución de la renta.

Todo parece constituirse en un curioso gatopardismo donde las cosas vuelven al punto de partida pero más allá de donde estaban. Una reacción a transformaciones que se tornaron morosas, en gran medida improductivas y que dispararon extremismos.

El Parlamento chileno, lo que hay que observar. AFP

El Parlamento chileno, lo que hay que observar. AFP

Una parte de la población busca borrar ese tsunami de indignados que derrumbó la imagen de orden y progreso de Chile suponiendo que puede ser reconstruida, ignorando incluso sus causas.

Lo hace en proporción directa a lo perdido, buscando darle continuidad a la derecha en el gobierno chileno con un candidato más radical que el saliente Sebastián Piñera. Pero otro sector mucho más amplio de los chilenos descree de la herramienta política, por eso vota a un candidato inexistente como Franco Parisi o fulmina la carrera presidencial de los antiguos partidos del centro.

Hay razones que sostienen esa frustración, especialmente entre la juventud. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), una dependencia de la ONU, el 10% más acaudalado del país concentra dos tercios de la riqueza nacional, mientras que todo el resto del país se debe conformar con el 2,1 % de la renta. Algo más del tercio en esa cuenta lo controla el 1% de la población en el vértice de la pirámide. 

Esta contradicción social que estuvo en la base de la protesta de la clase media en 2019, “el precariado” que definió Ulrich Beck o Guy Standing, no ha sido resuelta. Esa carencia puede explicar que en estas elecciones haya votado menos de la mitad del electorado, solo el 46%. 

Si se compara contra la totalidad del universo de votantes posibles Kast y Boric tendrían en realidad apenas un 13 y 12,1% de apoyos respectivamente. Sumarían escasos 25% entre ambos. Un dato que, dicho de otro modo, expone que 75% de la población con derecho al voto no participa. Es improbable que esa escena cambie en el balotaje del 19 de diciembre.

La crisis

Parte substancial del combustible del movimiento conservador que impulsa a Kast, pero que también alimenta la decepción que señalamos, lo trajo la crisis económica asociada a la pandemia causante de una caída sin precedentes de casi seis por ciento del PBI en 2020.

Ese abismo provocó, entre otros efectos, que la gente retirara parte de sus ahorros previsionales, casi 50 mil millones de dólares que contribuyeron a un salto inflacionario sin precedentes en 13 años, hoy en torno al 13% anual. Es así que por detrás de los discursos de campaña de los candidatos era fácil escuchar una letanía insistente en la calle por el alto costo de los productos de primera necesidad y de los servicios.

Es por esto también que Kast recolectó una alta proporción de votos de sectores de clase media baja, electores que se espantan con la migración a la que culpan también de la violencia urbana y suponen que una mano dura les devolverá cierta calma económica. Un eco en pequeño del apoyo que los votantes pobres brindaron a Donald Trump en EE.UU.

El trasfondo chileno es también similar a lo ocurrido en Europa luego de la gran crisis de 2008 que dejó a las clases medias en la banquina del reparto. Esas masas frustradas potenciaron a una extensa tribu alternativa de ultraderecha, antes minoritaria, que con cuotas parejas de nacionalismo, xenofobia y conservadurismo coronaron el Brexit británico, avanzaron como una potente oposición en Alemania y cruzaron el Atlántico para empoderar a Trump.

Referente. Jair Bolsonaro. Foto Reuters

Referente. Jair Bolsonaro. Foto Reuters

Jair Bolsonaro, por nuestro barrio, es el resultado en Brasil de una probeta con esos mismos químicos: crisis económica, corrupción en las elites y frustración extendida por la ausencia de futuro.

Kast y su discurso tienen puntos en común con estos personajes. Aunque rechaza la etiqueta, el candidato chileno es un ultraderechista que puede incomodar a los liberales contrarios a que un político intervenga en cuestiones individuales desde el género al aborto, enarbolar la religión como referencia o definir el concepto de familia.

Kast es, en todo caso, un conservador radical con iguales tonos que los que defiende el franquista Vox en España, la Liga de Mateo Salvini en Italia o el Tea Party de los republicanos fundamentalistas norteamericanos. Son todos modelos populistas, y esta es otra etiqueta que se verá hasta qué punto definirá en adelante al candidato chileno.

Las ultraderechas

El debate sobre si su surgimiento y eventual consolidación es el indicador de una tendencia regional, tiene limitaciones. La propuesta de ultraderecha ha venido perdiendo músculo en Europa, paradójicamente también debido a la pandemia que desnudó las incapacidades de esas dirigencias para tramitar con una amenaza compleja.

Un caso paradigmático es el de Alemania donde Alternative Fur Deutschland, una potente estructura soberanista en la que puede espejarse Kast, ha retrocedido en las últimas elecciones de setiembre.

En esos comicios históricos que relevaban a Angela Merkel, ganó un dirigente del riñón de la mandataria saliente aunque miembro de sus aliados socialdemócratas, Olaf Scholz, por años su vicecanciller y ministro de Finanzas.

Nota al pie de página: esta semana quedó conformado con este liderazgo el gobierno tripartito de la potencia europea que incluye a los verdes, que adoptaron cuotas necesarias de pragmatismo sobre el gasto público, y a los liberales que, a su vez, comprendieron la importancia de la defensa del medio ambiente. Casi una escuela está Alemania frente a la incorrección crónica latinoamericana.

También hubo un giro semejante en Italia donde el centro socialdemócrata se impuso en Milán, Roma, Turín o Trieste. El colapso del pseudo izquierdista Podemos de España o el más reciente del populismo argentino son datos que debería observar con cuidado la alianza chilena de Boric. En especial si logra el milagro de alcanzar la presidencia.

Estos cambios en la brújula política se notaron también en EE.UU. con la irrupción de Joe Biden aunque en un escenario donde el populismo trumpista parece haber devorado al partido Republicano.

Sebastian Piñera, su fuerza quedo cuarta, pero se consolidó en el Congreso. Foto AP

Sebastian Piñera, su fuerza quedo cuarta, pero se consolidó en el Congreso. Foto AP

En la región, las legislativas mexicanas o las municipales bolivianas han mostrado los límites de los electorados al relato de presunto éxito de sus gobiernos. También con novedades significativas como el giro al centro del polémico gobierno peruano o el parto de la alianza no tan imprevisible que se configura silenciosamente en Brasil entre el lulismo socialdemócrata y la centroderecha para intentar bloquear la eventual reelección de Bolsonaro.

Suponer tendencias definidas en ese dédalo a partir del análisis del caso chileno, es por lo menos aventurado. Entretanto existen confusiones que deberían ser despejadas. Una mirada central en cualquier consideración del nuevo escenario de ese país y su inmediato futuro, pasa por el Congreso.

Hay lecturas que faltan. Por ejemplo, las fuerzas políticas históricas desde la centroderecha a la centroizquierda que desaparecieron en las consideraciones presidenciales del electorado, están ahí, y se han repartido en las dos cámaras con fuerte apoyo de los votantes.

En el Senado el oficialismo que quedó cuarto en la presidencial, sumó 24 bancas. Una quedó para el partido de Kast. La otra mitad del recinto se distribuyó mayoritariamente entre la centro izquierda, la fuerza legada de la antigua Concertación Democrática.

En Diputados, hay una conformación similar con los botones de cualquier negociación en manos de los partidos tradicionales que gobernaron el país después de la dictadura.

Esta novedad, aún incluso por encima del crucial resultado de las presidenciales, señala hasta qué punto ha quedado deshilachada, al menos por ahora, la gran movilización que pretendió reconstruir a Chile en 2019. Casi un homenaje a Lampedusa.

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