Entramos a esta cuarentena peor que a la del 2020

admin

22/05/2021

Dos veces, en abril, la secretaria de Comercio, Paula Español, advirtió que podía cerrar las exportaciones de carne y las dos con un amenazante, autorreferencial “y no me va a temblar el pulso…”. Pero no pasó nada. En el medio, la vicejefa de Gabinete, muy cercana al Presidente y superior jerárquica de Español buscó enfriar la ofensiva: “No estamos en ese punto”, aseguró Cecilia Todesca en plan no hacer olas.

¿Y qué pasó, finalmente? Pasó lo que venía cantado: que apenas volvió de su mini- gira europea Alberto Fernández dio vía libre a la iniciativa personalizada en Español, una funcionaria que aunque no depende de Axel Kicillof reporta a Axel Kicillof, su jefe cuando él era ministro de Economía y ella ocupaba un cargo similar al de hoy. Es una deducción bastante obvia, a esta altura de la historia, que el Presidente resolvió acicateado por Cristina Kirchner y que la vice actuó aconsejada por el gobernador, convertido definitivamente en auditor de la política económica nacional.

Los cortocircuitos internos y el previsible paro del campo explican esa rareza de suspender las exportaciones durante apenas 30 días, lo cual luce igual a ensayar con un recurso tentativo, si no transitorio hasta que otras cosas se definan. Español empujó el cierre después de ir y volver con el aumento de las retenciones, con los cupos, las trabas a las ventas al exterior y otras variantes del gastado recetario que acostumbra consultar el kirchnerismo.

En el mientras tanto, la escalada del precio de la carne corría tocando pito. Cuatro días antes del cepo a las exportaciones, el INDEC dijo 4,7% en abril para carnes y derivados; 64,7% en el acumulado de los doce meses previos y 92% desde enero de 2020 cuando Kicillof y Español arrancaron esta gestión. ¿Qué película estaban viendo que se perdieron una así de fuerte, encima sobre el estado de la mesa de los argentinos que dicen defender?

Otra parecida también en cartelera gira alrededor de los famosos Precios Cuidados, una creación que el normalmente grandilocuente Axel presentó, a comienzos de 2014, bajo el tajante pronóstico de que iba a ser “un golpe a la especulación”. No lo fue entonces y ahora es en un punto lo que cuenta Idesa, un centro de estudios privado dedicado al análisis de las políticas públicas.

Según su relevamiento, entre abril de 2020 y abril de 2021 los llamados Precios Cuidados subieron un 53,4% promedio, contra 46,3% del índice general y 46,4% del costo de los alimentos. Esto es, 7 puntos porcentuales más que aquellos indicadores compuestos por productos similares a los del listín y que, se sobreentiende, debieran arrojar subas menores. ¿Descuido de los controladores o mucha espuma? Según el ministerio de Producción, las cifras de IDESA no reflejan la realidad. 

Dicho esto, sale solo suponer que así falten cálculos precisos tampoco los Precios Máximos son tan máximos, ni cumplen la función que se supone debieran cumplir según el manual K.

Finalmente, los últimos datos del INDEC sobre el empinado costo de las canastas de bienes esenciales o directamente de subsistencia. También de abril, la que se usa para medir la pobreza dice 47,8% anual y 49,1% la que fija la línea de indigencia. Ambas han quedado nada menos que en zona del 50% y hasta por encima de la inflación promedio.

Ninguna ciencia habría en arriesgar, luego, que las altísimas tasas de pobreza y de indigencia de finales de 2020 siguen hoy igual de altas o incluso más altas. Estamos hablando de registros nacionales que, según el momento que se considere, alcanzan al 42, al 45% y a un impresionante 51% en el Conurbano bonaerense. Hablamos de 2 millones de nuevos pobres en un año y de un total 20 millones, la mayoría de ellos dependientes de los planes sociales.

Vistos los resultados, o unos cuantos resultados, ha quedado remachadamente claro que la salida a semejantes problemas no está en el camino que ha tomado el Gobierno. Y que un paquete de medidas todas del mismo color, desordenadas y sin ningún contorno asimilable a un plan, ni de lejos puede bajar seriamente la presión inflacionaria ni los disturbios económicos y sociales que ella encadena.

Obviamente, tampoco resuelve nada endosarles las culpas a los empresarios, a las minorías y al macrismo, como hacen quienes tienen a su cargo el trabajo de enderezar el barco y llevan un año y medio ahí donde están. De lo mismo habla también que el cristinismo duro o los voceros de Cristina o definitivamente Cristina hayan empezado a emprenderla contra Alberto Fernández, como si ambos no fuesen la cúpula del gobierno y responsables al fin por lo que hacen y no hacen. No hay caso, así son las cosas y así viene la mano.

Podría decirse entonces que entramos al nuevo confinamiento desgastados, sin un horizonte alentador y en más de un sentido en peores condiciones a las que había en la cuarentena de 2020. Digamos, además, que los comienzos de 2020 ya eran lo menos parecido a un mar calmo.

En pleno encierro, abril del 2020 puede ser visto como un punto de referencia aunque no sea necesariamente igual ni parecido a lo que viene. Pero es, en principio, una muestra del derrumbe que sufrieron la economía y las actividades asociadas a la economía en los tiempos del aislamiento cerrado y obligatorio.

Todo con signo negativo, los datos del INDEC de ese mes plantaron un 87% promedio en el transporte de pasajeros, con registros del 93% en los trenes que circulan en la Capital y el Conurbano, del 97% en subtes y el 83% en colectivos. Para los pasos por peajes el bajón llegó al 100% tanto en rutas nacionales como en los accesos a CABA y al 25% para el transporte de cargas. En el consumo industrial de gas la caída resultó del 28% y del 25% en electricidad. Hubo desplomes que fueron récords históricos.

Después de un segundo trimestre horrible, hacia fines del año pasado la economía empezó a rebotar siempre comparada con el 2019 recesivo que siguió al también recesivo 2018, o sea, contra nada gratificante. El último Informe de Política Monetaria del Banco Central cuenta que la construcción, el comercio, la actividad financiera y levemente la industria han superado la línea que la pandemia marca en el cuadro. Por debajo aún quedan, entre otros sectores, la minería, el agro y el transporte y, muy debajo, hoteles y restaurantes.

El empleo sectorial acompañó la evolución de cada actividad y el general rebotó 8,6% en el tercer trimestre luego de caer 16,9% durante el segundo. El resultado final de 2020 fue retroceso de la ocupación por cuarto año consecutivo.

El mismo informe del BCRA cuenta que en el crítico segundo trimestre se llegaron a perder 3,2 millones de puestos de trabajo y que, hacia el final de 2020, se había recuperado gran parte. Semejante inestabilidad se concentró en el mundo del empleo informal, donde convive un ejército de personas que no hacen ni les hacen aportes jubilatorios, mal pagas, que carecen de coberturas básicas y que, tal cual se ve, están siempre a tiro de quedar en la calle. Esto pasa en los cada vez más poblados márgenes del mercado laboral.

De un mundo sólo supuestamente favorecido es el caso de los trabajadores privados registrados, en blanco y mejor pagos. Los datos de este febrero señalan 167.000 ocupados menos que en la prepandemia y 300.000 redondos que en el febrero de 2019. Por donde se mire, una economía que en lugar de crear empleo quema empleo y lo quema en cantidades crecientes.

Suena ahora lamentable que ni siquiera sea posible decir que, aunque caro en toda la línea, este es el precio económico y social que se pagó para defender la vida de los argentinos. Y se comprobó en cambio que aquella opción entre la vida y la economía era en un punto tramposa y, en el fondo, una falacia apuntada a justificar la instalación de una cuarentena continua e interminable.

Así, de aquel relato que en realidad buscaba tapar incapacidades, imprevisión, improvisaciones y otras especies similares quedó finalmente el relato. Solo, y pelado.

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