Entre el realismo y la ingobernabilidad

admin

16/09/2021

Habitualmente se dice que somos un país rico, en la falaz creencia de que recursos naturales y genealogía europea nos marcan un destino de grandeza. Ello recrea el mito de la superioridad argentina, cuando una nación se valora en términos de desarrollo tecnológico y calidad institucional, y es refutado por datos que desde hace años pulverizan cualquier sentido de superioridad.

No somos un país rico, ricos son los países que ofrecen un nivel de vida alto a sus ciudadanos. El PBI por habitante es similar al de 1974; si crecemos 4,5 % anual durante 6 años algo improbable. en 2027 nuestro nivel de vida será el de 2011. Los niveles de pobreza, el escándalo más explosivo del país, derriban un pilar del mito: la abundancia alimentaria.

En asistencia alimentaria se invirtió un promedio anual de $15,708 millones (a pesos constantes de 2019) entre 2002 y 2019, y un informe de la UCA sostiene que de 4 chicos, solo 1 come todos los días. Deberíamos preguntarnos humildemente si otros países “pobres” sufren igual privación.

La pandemia expuso del modo más crudo la situación de un Estado desconectado de los problemas que apremian al ciudadano común, que ve el lastre de riñas ideológicas e insuficiencias económicas irresueltas.

El problema no es el presente sino las pocas expectativas que hay sobre el futuro. La desesperanza no solo se basa en que merodeamos el abismo y una decadencia sin piso sino en que no se vislumbran salidas cuando el carnaval político enfrenta a dos ex presidentes y sus comparsas, configurando el drama de tres pandemias.

Entrando en la tercera década del siglo XXI vivimos en una democracia a medio hacer que arrastra desigualdades insostenibles: mantiene millones de argentinos en pobreza e indigencia, y muestra claroscuros importantes: del lado de la claridad, el afianzamiento que aseguró libertades básicas y alternancia en el gobierno, y un lado oscuro demoledor: índices altísimos de pobreza e inflación, estancamiento, bajo nivel de inversión, enorme deuda pública diferencias ideológicas irreconciliables entre sectores y partidos, desconfianza en instituciones y dirigentes, degradación social e incertidumbre.

El principal obstáculo para estabilizarse y crecer es político, no económico. La palabra “futuro” casi no figura en el discurso del poder, nadie habla de cosas que desvelan a padres e hijos, las dificultades para alquilar, el impacto emocional de la pandemia.

Nadie les habla a los que quieren trabajo y no subsidios, a los que condenan a vivir como viven, la retórica oficial solo parece dirigida a una militancia rentada que aplaude para asegurarse lugar al calor del oficialismo. Y la “lucha” contra la corrupción sistémica en las redes podrá servir para ganar elecciones, pero no para ser la base de transformaciones con un horizonte de sentido. ¿Qué sacará a la política de su contumacia?: ¿el realismo? ¿o la ingobernabilidad como en 2001?

Ni Gobiernos anteriores ni el actual pudieron dar cuenta del largo itinerario de declinación que pesa sobre la vida de los argentinos que esperan verdaderas políticas de cambio, e instituciones justas. Esa es la deuda de los gobernantes y no una retórica de cambio, del signo político que sea, que culmina en incumplidas promesas que solo alientan el desencanto.

Ni “modelos de país” o “proyectos nacionales”, sino una gestión pública eficaz, que acabe con la improvisación facilista responsable de las inaceptables desigualdades permanentes y un Estado que permanece indiferente.

La decadencia es muy compleja para que la capte una sola mirada, con pretensiones de corto plazo, y sin liderazgos de calidad.

Los resultados de políticas exitosas serán visibles en el curso de varias administraciones a partir de diagnósticos acertados y políticas transectoriales sustitutivas de aquellas que fallaron por inexperiencia o venalidad de sus responsables.

La apuesta sobre el futuro reclama una discusión colectiva e integral sobre las condiciones de salida de la decadencia. En los jóvenes que sufren penurias se percibe cierta desazón y rebeldía silenciosa cuando ven la pendiente en que se desliza el país, y les cuesta construir una esperanza.

Sufren la realidad en carne propia, el empleo joven es cada vez más precario, la capacidad de ahorro casi nula, la inflación devasta ingresos.

El cortoplazo se reduce al fin de semana y el crédito al Ahora 12. En un país que hace medio siglo carece de un patrón de desarrollo, en una crisis social sempiterna, los discursos de una aristocracia política vacía de contenido, sin proyectos y que no logra interpretar el sentir de la ciudadanía hace más difícil encontrar soluciones, cuando lejos de intentar construir una alternativa de largo plazo y darle sentido al esfuerzo promete goce para todos.

El poder cada vez está más lejos de sintonizar con la vida real. Quizás valga la pena que algunos funcionarios hagan el ejercicio de salir de sus despachos y nidos militantes para acercarse a las colas en que miles de jóvenes buscan empleo, y verán allí que se habla un lenguaje diferente al inclusivo.

Los datos muestran en forma contundente que el país no tiene un navegar plácido en un barco seguro, y es necesario evitar que cuando empieza ha hacerse carne la idea de que Argentina fracasó; que debe revisar metodologías gastadas y creencias profundas.

Y que es imposible hacerlo sin un nuevo sentido, y acaso sin una nueva épica, debemos recrearla para que los jóvenes que miran a Europa, o sueñan con Australia giren su mirada a la construcción de un hogar común, sueñen con la Patria, y no sean náufragos del país de hoy.

Que no es el que veía bajar a los inmigrantes de los barcos europeos sino el de los argentinos que se suben a un avión para buscar su futuro en otro lado. El país se está hundiendo, y más que descender de los barcos está más cerca de los botes.

Rubén Torres es médico. Rector de la Universidad ISalud

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