“Eramos un equipo y Mary, que tanto ayudó a otros, ya no está”: el dolor de las compañeras de la enfermera que murió pese a estar vacunada

admin

08/06/2021

El celular de Mariela sonó de madrugada. Ella dormía en su casa en Moreno y no lo oyó. La llamada pérdida quedó registrada a las 2.41 del viernes 4 de junio en un chat de WhatsApp. Antes de la llamada, en ese mismo chat, se acumulaban mensajes que Mariela había escrito el día anterior y su amiga Mary no había respondido.

“Hola Mari, ¿cómo estás?”, “¿Cuándo vuelves?”, le había preguntado. “Mariii”, le había vuelto a escribir más tarde, alargando la i como forma de insistencia. Eran mensajes inofensivos, de preocupación y duda que, entre que Mariela se acostó a dormir y se despertó, mutaron a lo que sucedió después: Mariela agarró su celular, vio la llamada perdida y escribió “Holaa ¡buen día!” “¿Cómo estás?”; y le respondieron “Buenos días. Soy la hermana de Mary. Mi hermana falleció”.

“Leí y llamé inmediatamente. Dije: ‘¿Quién habla?’ ‘¿Mari?’. Yo no caía. Pensaba que me iba a atender Mari y al escuchar lo que me dijo su hermana me agarró un ataque de llanto“, dice Mariela por teléfono, desde su casa. Es la noche del 7 de junio y habla sentada en la cama, en la habitación que comparte con su marido. Afuera, en otros ambientes, están sus hijos.

Tres días pasaron desde que se enteró de que su amiga y compañera en el Hospital Santojanni había muerto, pero en los diarios y en la televisión lo que ella supo antes, antes que otras amigas, antes que otros compañeros del hospital, hoy es novedad e impacta: Mary Jhanet Castellón Medina -no María Castelló o María Castellón, como la rebautizan en la mayoría de los medios- tenía 34 años, era enfermera, había recibido las dos dosis de la vacuna Sputnik V y murió por coronavirus.

El 21 de noviembre se celebra en Argentina el día de la enfermera. Para celebrarlo, salieron a comer después del servicio.
El 21 de noviembre se celebra en Argentina el día de la enfermera. Para celebrarlo, salieron a comer después del servicio.

Mariela estuvo todo el día encontrándose con la cara de su amiga en los canales de noticias. Miraba y pensaba qué diría Mary si pudiera verse, tan vergonzosa que era. Mary, Mariela y otra amiga y compañera, María, habían construido una amistad en la peor crisis sanitaria del último siglo. Las tres habían entrado al Hospital Santojanni en julio, como un refuerzo para la atención de pacientes con Covid. Eran lo que adentro de los hospitales y clínicas se conoce como franqueras: trabajaban los sábados, domingos y feriados. Iniciaban sus tareas a las 12 del mediodía y terminaban a la medianoche del día siguiente.

Las tres trabajaban en la Sala Amarilla, con pacientes con Covid con síntomas moderados, con pacientes con Covid que habían salido de terapia intensiva y estaban en recuperación y con pacientes en extrema gravedad que, en los momentos de mayor saturación del sistema, no podían ser atendidos en terapia, por falta de camas. Sala Amarilla también se llama el grupo de WhatsApp que la tres compartían y donde Mary era la administradora.

“Al hospital entramos varios. Pero el trabajo es muy duro y muchos se fueron. De nuestra camada quedamos nosotras tres y nos afianzamos mucho. Fue difícil el año. Pasamos el invierno, la primavera, las fiestas y el verano, hasta que ella -dice por Mary- entró en licencia”.

Como muchos enfermeros y enfermeras que deben sumar múltiples trabajos para alcanzar un sueldo que les permita solventar sus gastos básicos, Mary tuvo otro empleo durante el verano y a sus tareas en el Hospital agregaba guardias pasivas durante la semana. En uno de los viajes desde su casa en Villa Madero al Santojanni, cayó al bajarse del colectivo y se fracturó el antebrazo. La licencia que le había dado la ART vencía el 6 de junio. Dos días antes, murió.

Mary Jhanet Castellón Medina había estudiado en Escuela Superior de Enfermería Cecilia Grierson. En medio de la pandemia había hecho la licenciatura en la UBA y le faltaba presentar la tesis para recibirse de licenciada
Mary Jhanet Castellón Medina había estudiado en Escuela Superior de Enfermería Cecilia Grierson. En medio de la pandemia había hecho la licenciatura en la UBA y le faltaba presentar la tesis para recibirse de licenciada

“Nos cayó re mal. Mal, mal, mal -repite Mariela-. Ni con mi familia comparto esas 12 horas como con mis compañeras“. Entre Mary y ella había un ritual: “Al empezar el turno, yo le decía ‘Mari, poné tu música'”. Y Mary se sentaba detrás del escritorio de enfermería y conectaba su celular al enchufe para tener batería. “En volumen bajo sonaban canciones de Camilo, de reggaeton, de… ¿Cómo se llama esa chica de pelo lacio y labios grandotes? -hace silencio y piensa- ¡Nathy Peluso! Es -dice en presente- un momento re lindo”.

Así, cada mediodía, Mary, Mariela y María preparaban la medicación para administrarle a los pacientes al ritmo de las canciones más escuchadas en Spotify. Lo hacían en volumen bajo, sin molestar. Para ellas era un ejercicio de voluntad, una pulsión de vida, en un contexto que muchas veces solo ofrece muerte.

El sábado 5 y el domingo 6 de junio, el primer fin de semana de servicio con Mary muerta, no hubo música. Apenas María y Mariela pudieron sostenerse entre sí mientras atendían a los pacientes de la sala. El domingo una psicóloga del hospital fue a hablar con las dos. “Yo le decía a la psicóloga ‘no puedo creer que ya no esté’. No sé si la gente puede entender el golpe: es como tener un compañero, un amigo, con el que pasás muchas horas y de la noche a la mañana se muere. Es muy fuerte”.

Y sigue: “Yo ya la extrañaba mucho. Le preguntaba cuánto faltaba para su vuelta. Le mandaba audios y ella los recibía y me llamaba enseguida. Yo le decía: ‘¿Por qué no me mandás audio?’. Ella me decía que no le gustaba escucharse y yo le respondía ‘pero si soy yo la que tiene que escucharte, no vos’ -en la línea Mariela se ríe y en segundos se apaga- Pero ahora es distinto, estoy pasando por un duelo”.

En ese duelo, aparecen además preguntas que antes no existían y, al estar en exposición constante con la enfermedad, vuelven temores que la vacunación había calmado. “Todos nos vacunamos y sabemos que igual nos podemos contagiar. Pero esto fue mortal, muy rápido. Es preocupante. Trabajamos en el nido del Covid”.

Mary había tenido coronavirus el año pasado y había transitado la infección sin complicaciones. En febrero recibió la primera dosis de la Sputnik V y en abril completó el esquema de vacunación. Su segunda experiencia con el Covid fue fulminante: el miércoles 2 de junio se testeó en la Unidad Febril de Urgencia del Santojanni y dos días después murió en la terapia intensiva del sanatorio Julio Méndez, que pertenece a la obra social de los trabajadores municipales de la Ciudad de Buenos Aires.

“Era joven. Trabajaba como una mula a la par nuestra. Por ahí le decía: ‘Mari, vení a ayudarme’ y al toque se vestía con los elementos de protección personal y entraba. A veces en algunos pacientes es difícil poner una vía o un catéter o una sonda nasogástrica. Además de que estás con el equipo y es todavía más difícil. Pero ahí entraba ella y me ayudaba, o ayudaba a María, o yo hacía lo mismo por ellas. No lo hacíamos porque alguna fuera menos que la otra, sino como una forma de ayudarnos entre nosotras”.

Hace casi dos horas que Mariela está al teléfono recordando a su amiga. El silencio que hubo durante la conversación se interrumpe y de fondo se escuchan ruidos de una casa en movimiento. Son las nueve y media de la noche. Quizás sea el momento de cortar la llamada. Antes de despedirse, Mariela dice que le preguntará a María si quiere hablar. También dice que durante el día la psicóloga del Santojanni le había mandado un mensaje para preguntarle cómo estaba y que ella había respondido que bien pero que pensaba mucho en Mary.

“Yo me acuesto y pienso en ella. Me duermo pensando en ella. La pienso todo el tiempo. No puedo creerlo todavía”, dice y se despide. Y a los pocos minutos a través de WhatsApp comparte el contacto de María.

“Aguantar juntas”

“Hace 20 años que soy enfermera de diálisis. El año pasado sentí la necesidad de sumarme para trabajar en Covid. Hasta mi marido me preguntaba por qué. La paga en enfermería es mala. Era un riesgo pero sentí la necesidad y lo hice, y me pegué a Mary”, dice María, por teléfono desde su casa en Merlo.

María había entrado al Hospital Santojanni el 10 de julio de 2020 y Mary Jhanet Castellón Medina un día antes. El ingreso tardío, por tan solo 24 horas, obligó a María a anular el apodo con el que todos la llaman: Mari.

Mary, y muchos en el hospital se lo preguntaban, se llamaba así en su documento de identidad, y ese registro le daba más autoridad para ser llamada por su nombre, entonces María empezó a ser para todos María, a secas.

En el hospital Mary, María y Mariela eran un trío, con nombres casi iguales. “Aprendí mucho de ella. Por mi especialidad en diálisis me había desacostumbrado a las tareas de sala y ella estaba para ayudarme, para explicarme cómo tender una cama, cómo bañar y cambiar a un paciente, lo que fuera. Era super meticulosa con los pacientes. Muy amable”, dice María.

Hay una imagen que se le aparece: Mary llegando primera a la sala y desinfectando con un algodón mojado en alcohol el escritorio, las carpetas y los elementos de trabajo. Para muchos en el hospital era exagerada y hasta obsesiva en sus cuidados. Pero Mary no hacía caso y desinfectaba.

“Quince días atrás la vi porque vino al servicio. La saludé y me dijo que ya faltaba poco para su vuelta. La vi bien, contenta, con ganas de empezar otra vez. Incluso le dije: ‘Aprovechá y descansá’ Porque era muy trabajadora”.

Por momentos María no sabe cómo hara para diferenciar la ausencia laboral previa de Mary y el estado actual de las cosas. “Me queda un enojo -dice-. No es un enojo hacia alguien, si no con la vida. Pienso qué injusto, ¡super injusto! Nosotros en el hospital vemos muchas injusticias. Hace unos días, atendí a una mujer de 40 años con Covid que había sido hospitalizada después de que su hijo, también con Covid, muriera en su casa. Esas injusticias las vemos -agrega como si intentara explicar que las conoce- pero ya no va a estar Mary para contarnos, al salir de la habitación, las historias de nuestros pacientes y aguantar juntas”.

María cree que las tres pudieron sostenerse en el trabajo, a diferencia de otros de sus compañeros y compañeras que renunciaron al poco tiempo de entrar, porque formaron un equipo. En meses armaron un vínculo que durante la semana alimentaban a través de WhatsApp. Mary, nacida en Bolivia, les hacía conocer sobre las comidas de su país: la empanada boliviana o la carbonara. También las desafiaba: “Hubo una época en la que estuvimos haciendo dieta -dice María-. Nos hacíamos apoyo durante la semana y el sábado nos pesábamos. Ella -por Mary- siempre había bajado más”.

“Ahora es muy duro. Este fin de semana fue terrible. Con Mariela estuvimos muy mal porque, en los espacios que compartíamos las tres, falta ella”.

Este lunes, mientras en los canales, en las radios y en los portales, la noticia de la muerte empezaba a replicarse, María fue al hospital y en la puerta se encontró con el padre de Mary. “Lo abracé. Sé que no tengo que hacerlo pero es lo que me salió. El hombre estaba destrozado. Yo traté de decirle lo mucho que Mary amaba a su familia, traté de transmitirle cómo nos hablaba siempre de sus padres, de sus hermanos y de sus sobrinos. Le dije que era trabajadora, buena persona, empática con los pacientes, educada. La verdad, se fue una persona… -por unos segundos María se pierde dentro de su cabeza y después sigue- Uno no está preparado para esto, que tu compañera con la que compartís tanto, con la que ayudás a que otro no se muera, ya no esté por este virus. Es terrible”. 

SC

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