Es la soja, estúpido

admin

04/09/2021

Dedicamos esta edición de Clarín Rural a la soja. La idea es, como todas las semanas, aportar conocimientos nuevos e ideas que contribuyan a la búsqueda permanente de competitividad. Es lo que ha permitido su increíble expansión en el último cuarto de siglo, cuando estalla la “Segunda Revolución de las Pampas”. Es su abanderada indiscutible. Y es también la razón por la que el país no saltó en mil pedazos, a pesar de todos los esfuerzos que venimos empeñando.

La industria argentina, en su conjunto, creció apenas un 27% en los últimos cuarenta años. En el mismo período, la producción de soja creció diez veces, es decir, 1.000%. Y ese crecimiento fue acompañado por la inversión en plantas y puertos. En 1981 se producían 4 millones de toneladas y la mayor parte se exportaba como grano, en puertos (obsoletos) del Estado. Hoy se cosechan 50 millones de toneladas y hay capacidad de molienda (crushing) para procesar 60, la mayor parte instaladas en puertos privados a la vera del Paraná, en Quequén y Bahía Blanca.

La gran aceleración llegó a mediados de los 90, cuando el “uno a uno” equilibró la ecuación tecnológica, y la desregulación portuaria permitió la inversión en muelles y fábricas. Además, se dragó la hidrovía, con lo que se acercaron los barcos adonde convergía la carga, con epicentro en Rosario. Pero el hito central fue la llegada de la soja RR, transgénica, tolerante al glifosato. Entre 1993 y 1995 la producción se había estancado en torno a las 15 millones de toneladas. Y en la mayor parte, producidas bajo el sistema convencional, con laboreo intensivo de los suelos y la consecuente pérdida de materia orgánica.

Llegó la siembra directa, de la mano de los pioneros nucleados alrededor del enorme Victor Trucco. La RR y el glifosato permitieron resolver el principal problema para el avance de la siembra directa: las malezas perennes, como el gramón y el sorgo de Alepo. Rodolfo Rossi, desde Nidera, transformó sus excelentes variedades de soja en tolerantes al glifo. Lo mismo hicieron los hermanos Bartolomé y sus socios desde Don Mario. Y vino un alivión imparable. Sin una sola medida de fomento, un solo plan, alguna “política activa”. Creció sin hacer barullo, limpiando campos infestados de malezas, en el sud de Córdoba, el oeste de Buenos Aires, el NEA y el NOA.

Al eliminarse las labores se detuvo el proceso erosivo. Al principio era difícil rotar con otros cultivos, como el maíz. Al que le llegó también la biotecnología y nuevos híbridos de mayor potencial. Entonces, se fueron entrelazando los saltos tecnológicos entre todas las actividades: el maíz, el trigo, el sorgo, ahora los cultivos de servicio. La ganadería. Los cerdos, los pollos.

Números. En estos 25 años, el complejo soja produjo la friolera de mil millones de toneladas. Revisé la suma varias veces. Haga el ejercicio. Da miedo. A los precios de hoy, son 500.000 millones de dólares. En lo que va del año, más de 23.000.

De estos, el Estado capturó más del 30%, a través de las retenciones. Son alrededor de 150 mil millones de dólares, cuatro veces lo que se le debe al FMI y muy cerca de la totalidad de la deuda externa argentina. Sume además lo que significa el desdoblamiento cambiario.

Una obscena exacción al interior, más allá de que el gobierno actual se empeñe en remarcar que “el sector está bien”. Porque el productor es simplemente el gerente de una línea de montaje a la que convergen toda clase de insumos, equipos, servicios, en un fenomenal proceso de mejora continua. Es lo que están reflejando las casi 50 páginas de este sorprendente suplemento.

Imaginemos lo que sería este país si se hubiera permitido que el entramado de “agentes de cambio” lanzados a la epopeya de la soja, hubieran tenido la oportunidad de manejar sus ingresos genuinos.

Dan ganas de gritarle a los que no entienden, parafraseando a Bill Clinton: “Es la soja, estúpido”.

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