Freestyle: batalla final de talentos del beat y del flow

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09/07/2021

Es un fenómeno juvenil que nació entre la calle y las pantallas, hasta conformar un ecosistema creativo y de producción con reglas propias. Hace un mes la rosarina Nicki Nicole fue la primera argentina presentada en el programa televisivo de Jimmy Fallon, en el prime time estadounidense. El autor del estilo bautizado como “Cumbia 420”, el rapero L-Gante, concentró la atención pública la semana pasada tras la mención de la vicepresidenta, Cristina Fernández: él es un emergente entre decenas de creadores y seguidores de esta nueva manera de hacer música en toda Latinoamérica. Nicole y L-Gante, al igual que sus pares, provienen de las improvisaciones de rap; la mayoría se ha forjado en las Batallas de Gallos. Libros, discos y series empiezan a reflejar este universo atravesado por las señas de identidad generacional y el social.

Wos tuvo su noche soñada en el Luna Park. El 18 de diciembre de 2019 junto a Acru. Foto: Gentileza Prensa/Irish Suárez
Wos tuvo su noche soñada en el Luna Park. El 18 de diciembre de 2019 junto a Acru.
Foto: Gentileza Prensa/Irish Suárez

Aún se recuerda la competencia internacional realizada en el Luna Park en 2019. El funcionamiento de las Batallas aporta una síntesis del género y de lo que se considera mérito. En ellas, como en las artes marciales, usar la fuerza del rival es un recurso básico. Pero un improvisador necesita otras virtudes y talentos, que van desde el manejo de la gestualidad escénica hasta un conocimiento amplio de cultura general y de la agenda informativa, que le permitan hacer apelaciones a la actualidad capaces de resonar en un tono común y fijar posición. Todo ello sin dejar de atender al oponente en este “ring” de canto y preservar la coherencia y buena dicción del propio verso, al que siempre es bueno surtir de ricas formas retóricas. El rap no se reduce a la rima, el vocabulario y la agilidad vocal. El freestyler también debe tener oído musical, penetrar el ritmo, no perder la concentración, y ser agresivo y original si quiere conquistar al jurado y al público. Al menos, esas fueron las lecciones dejadas por el rapero Eminem.

El gueto de los pibes

En la película 8 Mile, estrenada en 2002, Eminem daba voz a la dilapidada ciudad de Detroit, alguna vez capital del imperio de la Ford y desde hace décadas uno de los Estados del “cinturón de óxido“ de la industria automotriz de EE. UU. El rapero dramatizó sus inicios y mostró que su ambición y talento iban más allá de los discos. Y le dio al hip-hop su primer Oscar por la canción Lose Yourself. En la Argentina fue inspiración para más de una generación y un rito de iniciación para los artistas que encarnan la presente época de oro de la improvisación rapera local.

Cuando 8 Mile se estrenó en cines, nuestra escena hip-hop vivía en efervescencia. Después de un período subterráneo que el escritor Juan Data llamó “edad oscura”, en 1996 comenzó un ciclo de gran visibilidad en los medios masivos y a través de eventos, discos y grupos. En ese lustro previo que se extendió hasta el cambio de milenio, el hip-hop (con su música, baile y códigos en la moda), se hizo habitual para los jóvenes de clase media que consumían MTV, las revistas estadounidenses cercanas gracias a la convertibilidad del peso y las primeras conexiones de Internet. Y pronto se apropió de viejos estandartes del rock: en enero del 96, el Sí!, el suplemento joven de Clarín, titulaba ‘El rock ya fue, el recambio está a la vista’, y tenía en tapa a los Illya Kuryaki & The Valderramas y Actitud María Marta. El hip-hop se graduaba como género masivo.

Illya Kuryaki & The Valderramas. Foto: Adriana Groisman
Illya Kuryaki & The Valderramas.
Foto: Adriana Groisman

En Cemento, antro mítico de la parakultura, se presentaba “Nación Hip-Hop”, el primer compilado de rap argentino, editado en 1997 por BMG. El disco mostraba la diversidad geográfica del fenómeno –los grupos eran de Quilmes, Rosario, Morón– y cierta inexperiencia cubierta por la asistencia del rock: la mezcla había corrido por cuenta de Adrián Taverna (colaborador de Soda Stereo) y la selección fue de Zeta Bosio y Alejandro Almada, productores de rock.

Lo que sucedía en la Argentina era singular. A diferencia de los EE. UU., donde el arco temporal en el que se desarrolló el hip-hop se remonta a inicios de los 70, aquí esa evolución de más de dos décadas se comprimió en menos de una. En el hip-hop argentino ocurrían en simultáneo el salto al mainstream, la corriente masiva, y la atención de las discográficas y los medios con el florecimiento del under, la penetración en los barrios y la emergencia de una escena contestataria y alternativa que se identificaba con el freestyle como arma testimonial y contracara de la mercantilización de la música y sus expresiones culturales.

Algo del ascenso social frustrado que exponía Eminem debió de resonar en nuestra audiencia. Sin embargo, ¿se pueden comparar la devastación del Bronx en tiempos de Nixon con la pauperización de los conurbanos del post-menemismo? ¿Y si la payada gauchesca fuera en verdad el ancestro insólito de las Batallas de Gallos? ¿Y si fue Calamaro nuestro primer as de la rima improvisada? Por encima de las hipótesis sociológicas y musicales que intentan explicar el arraigo del hip-hop en nuestro suelo, el freestyle argentino ya cuenta con una mitología propia y un ecosistema autosuficiente, con su firmamento de estrellas.

En la mitología fundacional del hip-hop nacional se acortan los tramos evolutivos entre las fiestas clandestinas de DJ Kool Herc, con las voceadas de Coke La Rock, a las Batallas de rap improvisado en Washington Square y Good Life Cafe, en Nueva York y Los Ángeles respectivamente.

En esos escenarios improvisados a inicios de los 90, que reaccionaban al rap suavizado por el mercado, el micrófono estaba abierto pero el público era exigente. El freestyler debía ser ingenioso, mostrar flow (capacidad de acoplar su improvisación a la base instrumental, hacerla fluir en el ritmo) y buenos punchlines (frases de remate donde se sintetiza una idea y se redondea la rima), y superar a sus contendientes mientras se conquista a la audiencia, que da su veredicto con aplausos o con el condenatorio “pass the mic” (pasar el micrófono y dar lugar al siguiente retador).

En la modalidad local, las etapas que allí se habían consumido (donde los Maestros de Ceremonia, los MC, pasaron de un rol secundario y anónimo como complemento del DJ, al protagonismo absoluto en el freestyle) se superponían. DJs y MCs aprendieron juntos y dieron forma a un espectro que iba desde los raperos que aparecían como algo exótico en la TV, a los predicadores del hip-hop en los barrios de la periferia, que encontrarán a su feligresía en los jóvenes del siglo XXI.

Conexión latina

Quinto Escalón en Parque Rivadavia en 2015.
Foto: Pedro Lázaro Fernández .
Quinto Escalón en Parque Rivadavia en 2015.
Foto: Pedro Lázaro Fernández .

La primera batalla de freestyle en español se celebró en octubre de 2005 en San Juan de Puerto Rico y la ganó Frescolate, un MC porteño nacido en 1981. Con el patrocinio de una bebida energizante, la Batalla de Gallos tuvo desde su origen una mixtura entre las lógicas de la cultura hip-hop y la del deporte profesional. A primera vista, era una puesta contraria a las reivindicaciones callejeras de los cyphers (improvisaciones colaborativas y espontáneas) de Washington Square que replicaron sus pares de los conurbanos sudamericanos. Aun así, el brillo que envolvió a Frescolate fue un baño de validación artística y una cúspide aspiracional para el freestyle argento, que todavía vivía en la dispersión. Ahora el rap improvisado podía ser un medio de vida y una catapulta artística.

Pronto surgieron las versiones locales de la Batalla de Gallos, con la precariedad y el romanticismo de lo emergente. Halabalusa en la Estación Claypole (organizado por Dtoke, figura central de la escena que se consagró en la Batalla de Gallos 2013) y A Cara de Perro Zoo (ideado por Mustafá Yoda, MC integrante del colectivo Sudamétrica) fueron los torneos que convocaron a los mejores freestylers que surgieran entre chicos y chicas que se reunían a batirse en duelo de rimas al salir de la escuela o en las tardes de domingo, como ocurría en el Parque Rivadavia de Caballito. Allí surgió el legendario Quinto Escalón, que tomó la posta de Las Vegas, competencia del barrio de Belgrano. El Quinto (que tomó su nombre de la escalinata de entrada al parque) concentró la atención del freestyle porteño entre 2012 y 2017. Para su última edición hubo que disponer del Microestadio Malvinas Argentinas, en La Paternal.

Para entonces, las Batallas se habían multiplicado por todo el país. La información aportada por los medios tecnológicos (en especial YouTube, como fuente de bases sobre las que improvisar, tutoriales para inexpertos y Batallas históricas para estudiar estilos, e incluso como plataforma donde mostrarse) permitió que apareciera un circuito federal de torneos, como la Batalla Soberana en Santa Fe (donde competía Nicki Nicole), Rosario Underfree, Sinescritura en Córdoba o El Eje de la Rima, en San Miguel (la localidad bonaerense). Otras muchas escuelas informales surgieron para incentivar lo que se ejercitaba ante la pantalla o entre amigos. Las más informales en puntos itinerantes de la ciudad, en los patios y pasillos de viviendas sociales o villas de emergencia, o incluso los trenes, de donde surgieron figuras como Klan. Otros encuentros fueron generados por el Estado (que también aportó indirectamente con las netbooks del programa Conectar Igualdad, como contó L-Gante), y por organizaciones sociales con presencia en barriadas precarias, alejadas de la educación formal, e instituciones penales y juveniles.

La última gran Batalla de Gallos 2019.
La última gran Batalla de Gallos 2019.

Por todo esto, para cuando la Batalla de Gallos desembarcó en Buenos Aires para su edición 2018, el país ya era una plaza del freestyle que vivió el éxtasis de un nuevo campeón argentino, Wos. Ese año también llegó la Freestyle Master Series, una experiencia surgida en España en 2017 que fue un avance en la profesionalización de la disciplina. Organizada por The Urban Roosters, la FMS tiene un calendario y un sistema de competición con escalafones (ganada este año por el santafecino Stuart) que brinda una actividad constante y rentada para los competidores, y se suma a otras competencias como God Level y Batalla de Maestros. Además, se acaba de editar Freestyle Revolution (Planeta), un manual-manifiesto del rap improvisado en español.

No soy de Detroit

Duki ganó El Quinto Escalón en 2016 y dejó de competir en Batallas de freestyle para dedicarse “a hacer música”. Tres meses después, subió a YouTube “No vendo trap”, un hit inmediato que introdujo el rap improvisado en el gusto popular. En la canción, Duki se define por inversión, diferenciándose del trap estadounidense y también del rap argentino de los 90. Es una declaración de principios y ambiciones que se convirtió en un quiebre para el arte de la improvisación lírica local.

“No vendo trap” no es solo el primer hit del trap argentino, sino también el primer hit creado por un artista moldeado por la escuela del freestyle. Después de él, muchos otros dieron el paso. Cazzu, Wos, Nicki Nicole, Paulo Londra, Trueno, las figuras más notables de la música urbana argentina, se formaron en el rap improvisado y siguen construyendo desde sus bases. Su técnica de composición sigue una lógica novedosa: sesiones de freestyle sobre una base provista por un productor musical, una batalla sin oponente donde el artista establece las reglas y el tema sobre el que hay que improvisar. En ese marco, aún es marginada la voz de las mujeres. El rol que tradicionalmente les fue asignado en el rap (el de acompañar, con su voz, los segmentos melódicos) choca con el avance de las reivindicaciones de género y la supuesta naturaleza rebelde del hip-hop. Se da, en las batallas de freestyle, la paradoja de declamaciones en contra de la misoginia y la homofobia en boca casi exclusivamente de varones cis.

Recital de Paulo Londra en el Hipódromo Palermo
Foto Juano Tesone
Recital de Paulo Londra en el Hipódromo Palermo
Foto Juano Tesone

El ascenso de estas figuras fue tan rápido que cuando empezaron a presentarse como solistas no tenían repertorio suficiente. La economía artística del featuring, o colaboración, suplió esa falencia inicial y extendió el modelo de comunidad competitiva de las Batallas a la corriente masiva de los festivales y discográficas. Ellos son solistas pero se sienten parte de un grupo abierto donde el cruce y la polémica fortalecen la idea colectiva. Es también una forma de proyección y legitimación, como las sesiones del productor Bizarrap, un ex estudiante de la UADE que desde su dormitorio de Ramos Mejía construyó algunos de los hits más grandes de la música en español. Fue L-Gante: BZRP Music Sessions, Vol. 38, lanzada en marzo de 2021, la que puso al músico de General Rodríguez a sonar en todas partes.

El tráfico de influencias ibéricas y caribeñas, sin duda, trajo todo un vocabulario que se mixtura con citas al rock argentino, la cumbia y el reggaetón (las especialidades de L-Gante, que bautizó su estilo “cumbia 420”), y que se integra al dificultoso arte de la improvisación rítmica en castellano. También aparecen el lunfardo, la jerga carcelaria o el glosario anglo-digital, tanto por influencia de los referentes del rap como por la formación monosilábica del inglés , que las hace más asimilables a la rapidez que requieren los beats, o bases rítmicas.

L-Gante en una estacion de servicio cerca General Rodríguez. Foto: Maxi Failla
L-Gante en una estacion de servicio cerca General Rodríguez.
Foto: Maxi Failla

Algo de ese ascenso social frustrado resonó en la audiencia argentina. Del público informado de sus inicios, que descifraban claves de estilo en otro idioma, el hip-hop pasó a permear de manera transversal a un par de generaciones que se sienten fluir entre los estribillos pegadizos de la FM, las formas retóricas a veces crípticas del rock y el slang villero de la cumbia como credenciales para habitar la calle. Para más, está su accesibilidad: es posible hacer freestyle con solo un instrumento musical: la voz. Ese crédito callejero también refiere a otro tipo de voz, la política. La de una o más generaciones que acceden a múltiples fuentes de información sin el filtro de autoridades paternas o pedagógicas, y que se siente compelida a pronunciarse en los temas que los implican. Prueba de ello fue la emergencia, con miradas contrapuestas, del debate sobre el aborto, del cual quedó la foto de Wos y Ofelia Fernández como imagen de época.

En la película 8 Mile, la Batalla final culmina con un golpe maestro. Rabbit, el alter ego del rapero Eminem. hace una jugada de anticipo: en lugar de hablar de su adversario, Papa Doc, utiliza su minuto de ataque para admitir y confirmar sus propias debilidades. Ser blanco, vivir en la pobreza con su madre alcohólica, tener una amante infiel o amigos patéticos son flancos sobre los que Rabbit elige construir su queja y adelantarse a su oponente. En lugar de celebrar, en la imagen final Rabbit baja la cabeza y vuelve a la ensambladora de autos donde trabaja. Es un samurái de la palabra que solo cree en la disciplina y la perfección para dar su golpe: en él todas las cosas que necesita decir se ordenan de forma rítmica y fluida, como un conducto para la catarsis.

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