Haters: la cultura tecnológica del morbo y el odio

admin

07/04/2021

Suele pasar que, si nos dan a elegir a los muy fanáticos, preferimos que pierda River, a que gane Boca, aún siendo azul y oro los colores que porta nuestro corazón. E inevitablemente necesitamos expresarlo, por ejemplo, en TikTok. Apretar granos y puntos negros genera placer y morbo, según lo explica la Universidad de Columbia. Así pululan miles de adictivos videos, con infinitas reproducciones, que generan una sensación de logro y que nuestro cerebro procesa para producir dopamina y un sentimiento de gratificación inmediata.

Todos hemos disminuido la velocidad en una ruta solo para ver el accidente en la mano contraria, porque debemos descubrir si fue grave o no; si se ve sangre o alguna mutilación. No lo podemos evitar. Se trata por un lado de cierto placer o alivio de que eso no nos pasó a nosotros y sentirnos bien; y por otro lado de empatizar con una persona en un momento dramático. Consiste simplemente en una curiosidad primitiva.

En nuestro comportamiento cotidiano repartimos nuestra atención entre la vida real y nuestro teléfono celular, también llamado smartphone o teléfono inteligente -por cierto mucho más que nosotros-, entre las 3,5 aplicaciones que utilizamos intensamente cada semana, pasando más tiempo conectados a internet y a redes sociales que el promedio mundial.

Desbloqueamos nuestro smartphones hasta 240 veces por día, participando en promedio de por lo menos 4,5 grupos de WhatsApp, servicio de mensajería en donde compartimos y consumimos videos que se hacen “virales” en los que alguien muere, choca, es abusado, discriminado, asesinado o le sucede cualquier clase de tragedia.

Schopenhauer dijo que sentir envidia es de humanos, y que disfrutar de la desgracia de otras personas es diabólico. Porque definitivamente es posible disfrutar con el dolor de otros y esto es algo que vemos con frecuencia. Nos llama la atención cómo el fenómeno del ciberbullying se perpetra a diario demostrando cómo, desde edades muy tempranas, las personas pueden llegar a disfrutar del sufrimiento de otros.

La mayoría de las veces en las que el ser humano se deleita con el padecimiento ajeno responde a un sentido de justicia. Es el sentimiento de que esa persona se merece el sufrimiento que experimenta porque antes lo ha generado en otros de algún modo. Ese deleite surge además cuando dicho padecimiento no es grave.

Es decir, necesitamos que ese infortunio en el otro sea lo más leve posible para sentir placer. Lo que apreciamos básicamente es falta de empatía, además de una clara frialdad emocional. Tristemente, este fenómeno lo vemos con frecuencia en política, economía y permanentemente en las redes sociales; donde los usuarios disfrutan el fracaso del otro sin medir la trascendencia, sin apreciar el drama humano que hay detrás de lo fatídico.

El morbo se define como la tendencia a querer ver, escuchar, oler o hacer cosas que están prohibidas en términos sociales, consciente o inconscientemente. De buscar lo que transgrede las normas sociales.

Tiene que ver con lo prohibido, ya que al no poder hacer ciertas cosas, se enciende el deseo. En este aspecto las redes sociales actúan como un catalizador, que junto a la sensación de que en la comunión con nuestro dispositivo todo es posible, incluso proyectan ese deseo.

Es común ver en las redes sociales que amigos, familiares, conocidos y no tan conocidos o famosos, publican a diario en plataformas como Instagram, Facebook o Tik Tok: almuerzos, experiencias extremas, qué comieron, una playa, un viaje, trabajando o estudiando… ¿Por qué las personas comparten casi como una necesidad lo que hacen?

Cuando alguien publica una fotografía, la comunicación que esto lleva detrás no es solamente con la intención de decir que estuvo en ese lugar a modo de informar, sino que esa persona está en la búsqueda de ser aceptada entre sus seguidores, y eso se logra a través de los likes.

El interés por obtener más likes suele llevar a tomar fotografías que puedan asombrar a la audiencia, y esto puede incentivar un uso “irreflexivo” de las plataformas. Es por esto que la importancia de un uso consciente es fundamental para no producir consecuencias dañinas o que puedan afectar el bienestar de las personas.

Twitter, a diferencia de otras plataformas como Instagram, es mucho más tóxica. Las plataformas audiovisuales tienen un carácter más amigable que las textuales, y aunque Twitter ha integrado imágenes y videos durante los últimos años, nació como una red social eminentemente textual y eso es algo que imprime cierto carácter.

La ubicuidad lleva a la inmediatez y a menudo a la irracionalidad, cosa que a menudo propicia las intervenciones irreflexivas, viscerales y carentes de toda empatía. Los odiadores o haters, los amantes del conflicto y del acoso se sienten en su salsa. Las redes sociales generan una especie de efecto en “loop” producto de la saturación por el que un usuario debe ser cada vez más transgresor para generar la misma atención.

Desde nuestro trabajo diario detectamos que, ante abusos a través de las redes sociales, las opciones de denuncia son ineficaces para detenerlos. Para dimensionar el fenómeno, 1 de cada 6 mujeres y niñas que usan Facebook, Instagram, Twitter y Tik Tok han sido atacadas.

No es la tecnología la que produce este tipo de acciones, tiene más relación con cómo nos estamos educando, y qué oportunidades existen para acceder a una capacitación adecuada, dentro y fuera de las escuelas. Tiene que ver con la cultura del individualismo, del consumo, del éxito, por sobre los valores más básicos. Debemos anticiparnos y trabajar en la educación.

Gabriel Zurdo es CEO de BTR Consulting, especialista en ciberseguridad, riesgo tecnológico y de negocios.

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