James Dean, el galán sin edad que murió trágicamente y muy joven, cumpliría 90 años

admin

08/02/2021

La nublada tarde del viernes 30 de septiembre de 1955, James Dean manejaba hacia el norte de California por la carretera de Salinas. Se detuvo a comprar una Coca y una manzana. Unas horas después, en Cholame, a unos 25 kilómetros de Paso Robles, dejó la ruta estatal 466, justo en el cruce con la autopista 41, sin saber que lo estaba esperando la tragedia.

En ese instante, el actor se vio obligado a dar un volantazo para que su Porsche Spyder 550 no chocara con un Ford Custom Tudor que giró a la izquierda justo frente a él. Iba manejado por un tal Donald Turnupseed: enceguecido por la puesta del sol, el estudiante no vio al auto deportivo que avanzaba a 89 kilómetros por hora.

Dean trató de esquivarlo, pero lo chocó y después terminó impactando contra un poste. Se fracturó brazos y cuello y murió en la ambulancia que lo trasladaba a un hospital.

James Dean
James Dean

Ese día empezaba a tomar forma uno de los mitos más perdurables de Hollywood, que tenía apenas 24 años, y este lunes 8 de febrero estaría cumpliendo 90. La noticia de su muerte fue tapa de los diarios de todo Estados Unidos, aunque para el gran público aún era un desconocido.

Su fama creció de manera póstuma y extraordinaria, si se quiere un contrasentido, teniendo en cuenta una filmografía que, abundante en obras y apariciones menores, se sustenta en tan sólo tres largometrajes, uno de ellos estrenado luego de su muerte.

A esta altura, las películas inspiradas por su biografía y los incontables documentales sobre su figura superan en cantidad a todo lo que hizo en vida. Cumplió algunos de los crueles requisitos que suelen marcar el sello de la leyenda: un paso a la inmortalidad violento y prematuro, sumado a una belleza física incomparable y un enorme talento interpretativo. 

James Dean junto a Natalie Wood, en una escena de la "Rebelde sin causa". Foto EFE
James Dean junto a Natalie Wood, en una escena de la “Rebelde sin causa”. Foto EFE

Nacido el 8 de febrero de 1931, era el hijo único de un técnico dental y de una ama de casa que murió de cáncer cuando él tenía apenas nueve años. Vivió con ellos en Marion, Indiana (su lugar de nacimiento), y California, para luego de la muerte de la madre ser criado por sus tíos paternos en una granja de Indiana.

Una vez terminada la secundaria, estudió interpretación en Los Ángeles, colaboró con diversos grupos teatrales y, después de mudarse a New York, se perfeccionó en el mítico Actor’s Studio.

Tuvo varias participaciones en televisión, hasta que lo vieron en Broadway, en El inmoralista, donde hacía de un árabe que seducía a un joven casado. El director Elia Kazan en persona se le acercó para ofrecerle el protagónico de Al este del paraíso.

James Dean en "Gigante". Foto AP
James Dean en “Gigante”. Foto AP

Sería su primer papel relevante en cine luego de apariciones en Bayonetas caladas (1951), ¡Qué suerte tiene el marino!, Lo que hace el dinero (ambas de 1952) y Trouble Along The Way (1953).

De ahí su curiosa trayectoria en Hollywood: actuó en papeles ínfimos en cuatro películas para luego saltar, casi de la noche a la mañana, a la fama y la admiración. Y ahí sí hilvanó tres protagónicos.

En el transcurso de un año, 1955, se convirtió en estrella, ícono y mito. Primero, por la que para muchos es la mejor de sus obras, la formidable y conmovedora Al este del paraíso.

James Dean en "Al este del paraíso". Foto AP
James Dean en “Al este del paraíso”. Foto AP

Allí era Cal Trask, que competía con un hermano por el amor de un padre severo. Lo acompañaba un elenco extraordinario: Raymond Massey, Julie Harris y Jo Van Fleet. Fue la primera nominación al Oscar que obtuvo.

El segundo filme, aunque limitado en sus propuestas artísticas, reforzó su notoriedad desde un título que parecía casi una declaración de derechos o una definición del actor.

En Rebelde sin causa (1955, Nicholas Ray), su Jim Stark semejaba un resumen de las iras, frustraciones y estallidos de la generación de posguerra. Una serie de circunstancias dramáticas matizadas con el romance (dentro y, supuestamente, fuera de la pantalla) con la hermosísima Natalie Wood.

James Dean. Foto AP
James Dean. Foto AP

Para fin de año, James Dean había muerto. Recién en la temporada siguiente, con una repercusión acrecentada por el morbo y los incontables artículos en las revistas del espectáculo, se estrenaba Gigante.

Como los dos largometrajes previos, disponía de un gran director (George Stevens) y un elenco de lujo, con Elizabeth Taylor, Rock Hudson y Carroll Baker junto a Dean, nuevamente nominado al Oscar.

Ya se señaló en su tiempo que la actuación de Dean como el pérfido Jett Rink fue dispar y, por momentos, poco convincente. Pero su popularidad no menguó por ello y ha seguido creciendo según pasan los años.

James Dean
James Dean

Con sólo tres protagónicos en cine se convirtió en la imagen del joven rebelde, incomprendido, rebosante de angustia existencial. Importan poco los chimentos en torno a su figura: si fue abusado en su infancia por un pastor metodista, su homosexualidad a medias encubierta, los romances que le inventó la Warner con Natalie Wood, Pier Angeli o Ursula Andress, o si hubo que terminar Gigante con un doble porque él ya estaba muerto.

“Ser actor es la cosa más solitaria del mundo. Estás ahí con tu concentración y tu imaginación, y nada más”, decía. Tenía una forma de actuar con una marca atormentada estampada en el rostro, propicia a silencios y miradas de soslayo interrumpidas por accesos de ira o de pasión.

Admirador de Marlon Brando, fue, junto a él y Montgomery Clift, uno de los tres intérpretes que revolucionaron la actuación en los Estados Unidos. “Tengo en una mano a Clift pidiendo ayuda y en la otra a Brando mandando al carajo a todo el mundo”, trató de autodefinirse él.

Destruido. Así quedó en 1955 el Porsche en el que murió el actor James Dean.
Destruido. Así quedó en 1955 el Porsche en el que murió el actor James Dean.

Como fuera, este trío usó el Método Stanislavski y aportó a la actuación una sensibilidad muy personal, casi neurótica. Sin ellos no hubieran existido Jack Nicholson, Robert De Niro ni Al Pacino.

“La técnica de James Dean contradice cincuenta años de cine. Cada gesto, cada actitud, cada mímica suya es una bofetada a la tradición psicológica”, lo elogió el cineasta Francois Truffaut en su época de crítico de la reverenciada revista Cahiers du Cinéma.

Que hoy lo estemos recordando es prueba de que James Dean se perpetuó como mito: de intérprete magnético, de joven rebelde e indomable, de amante de la velocidad. Porque corría carreras, al punto de que se le prohibió participar en competencias automovilísticas durante las filmaciones de sus películas.

Retrato del actor estadounidense James Dean realizado por el fotógrafo Roy Schatt. Foto EFE
Retrato del actor estadounidense James Dean realizado por el fotógrafo Roy Schatt. Foto EFE

Pero esa medida no alcanzó para salvarlo de su trágico final. De hecho, el día que muró iba rumbo a una carrera y todavía estaba filmando Gigante. Viajaba con su amigo Bill Hickman, conduciendo una camioneta que remolcaba el Porsche 550, mientras que su mecánico, Rolf Wuetherich, y el fotógrafo Sandford Roth iban en otro auto.

Impaciente, Dean se bajó de la ranchera y se puso al volante de Little Bastard, como llamaba a su Porsche, con la excusa de irse acostumbrando a manejarlo antes de la carrera. Rolf subió con él.

Un policía los multó por exceso de velocidad dos horas antes del accidente, pero al actor no le importó y siguió apretando el acelerador a fondo. Hasta que se cruzó con el Ford Custom Tudor de Donald Turnupseed, que estaba haciendo una maniobra incorrecta.

En su intento por esquivarlo, lo rozó y se estrelló contra un poste. Rolf Wuetherich salió disparado del Spyder y sufrió varias lesiones, pero leves, al igual que el estudiante. Dean, en cambio, murió. Y ahí mismo nació la leyenda.

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