Javier Daulte revela una traumática experiencia durante la Guerra de Malvinas

admin

23/03/2021

El autor y director teatral Javier Daulte cuenta por qué dejó la Psicología para dedicarse al teatro y evoca el trauma que le dejó ser conscripto del Regimiento de Patricios durante la guerra de Malvinas.

-Javier, sos un defensor de la imprevisibilidad y de la sorpresa. ¿Por qué?

-Estoy harto de que la sociedad de consumo y los políticos en campaña quieran saber qué voy a hacer exactamente y predecir cada paso de mi conducta. Justamente en nuestra singularidad es en donde no estamos alineados a ningún estándar. Ahí, donde somos más nosotros mismos, sucede el teatro: es el arte que mejor capta la subjetividad pura.

-No podés a renunciar a la sorpresa, porque si lo hacés, no creás más.

-Los gobernantes quieren que seamos previsibles, lo necesitan. Por eso, propongo: ¡seamos imprevisibles! Seamos auténticamente revolucionarios, desorientemos a los partidos políticos. Seguramente habrás leído Cisne Negro, el libro de Nassim Taleb. No es de ficción, es de filosofía. Es un economista que en la época de la guerra se va del Líbano, se instala en Nueva York y empieza a crear la filosofía del cisne negro. Yo me volví loco con este libro. Dice que los actos creativos son cisnes negros justamente porque no están dentro de lo previsible. Internet también es un cisne negro: no estaba en ninguna previsión. No hubo previsión científica, tecnológica, informática ni literaria que imaginara Internet. Al único al que se le ocurrió fue a Borges, cuando pensó El Aleph, un punto en donde está todo.

-¿No pensás que hay dos tipos de personas dedicadas al teatro: las que hacen y van a lo conocido, y las que prefieren incomodarse e incomodar?

-El teatro tiene un contacto concreto con un interlocutor, por eso logra niveles altos de identificación. Y allí está el gran rol del actor: te logra emocionar con esa cosa privada de cada uno que, de pronto, está a la vista de todos. Creo que hay mucha gente que apela a las fórmulas, aunque eso no signifique que necesariamente funcione. Hay fórmulas y hay modas. Pero la auténtica búsqueda de un auténtico artista sobrevive a las modas. Shakespeare debió estar de moda, pero no sabemos qué era lo que estaba de moda. Quizás, sólo un actor de la compañía…

El doctor Abadi en charla con Javier Daulte. Foto: Constanza Niscovolos.
El doctor Abadi en charla con Javier Daulte. Foto: Constanza Niscovolos.

-¿Vos cómo empezaste a hacer teatro? Porque también sos psicólogo.

-En realidad dejé psicología. Yo empecé teatro a los 14 porque fui capturado por este arte y nunca soltado. Empecé primero por la actuación, en el Teatro Payró, después estudié dramaturgia con Ricardo Monti y luego con Carlos Gandolfo. Yo iba a los ensayos, me quedaba hasta las tres de la madrugada mirando las puestas de las luces.

-Ponés cara de pasión mientras lo contás…

-Y sí. Es que eso se extraña. La ilusión que tenía cada vez que me sentaba en la platea de un teatro era enorme. No somos más espectadores los que estamos metidos en el teatro. Al teatro uno no va a hacerse culto. No somos repollos, uno no va a cultivarse. La experiencia teatral tiene que ver con haber sido golpeado y descentrado. El arte tiene la capacidad de sorprendernos, nos toma por sorpresa. La relación que tenemos con el arte es azarosa y arbitraria.

Mi mamá me dijo llorando: “Me siento culpable de no haberte atropellado con el coche para garantizar que no fueras a la guerra”.

Javier Daulte, dramaturgo

-¿Cómo pasaste de ser estudiante apasionado y actor a director de teatro?

-Pasé a ser un dramaturgo. Actor fui muy poco, porque no la pasaba bien. Empecé a escribir y Criminal fue la obra que empezó a hacer un poco más de ruido: gané premios y me abrió muchísimas puertas. Después asumo también la dirección. Yo estaba bajo la premisa de que el autor no dirige su obra, hasta que alguien vino y me dijo: “No, el autor tiene que dirigir su obra”. Ahí empecé a dirigir y empecé a disfrutar como nunca.

-Tenías un trabajo importante: ver cómo el actor se apropiaba de tu obra.

-A mí me gustan más los actores que los personajes. Si un personaje es chato y lo interpreta un actor que le pone su singularidad, el personaje se vuelve gigante. Si hacés Hamlet y el actor está bloqueado, se va a convertir en el personaje más chato, monótono y aburrido del mundo. La magia la hace el actor. Siempre lo digo: los personajes no dejan de ser letras en un papel.

-Cada vez se ha recortado más la duración de las obras de teatro, ¿no? ¿Ahora no dirigís obras tan largas como antes?

-Se dice que el público tiene menos capacidad de atención, pero después tenés Star Wars que te dura tres horas y media. Yo creo que el espectador es más veloz y no más vago, sino que entiende más rápido que antes. Y como somos más rápidos, hoy se cuenta en cuarenta minutos lo que antes se contaba en hora y media. Entonces, estamos en condiciones de hacer relatos más largos y ambiciosos. Yo promuevo la vuelta del gran relato.

-¿Tenías apoyo familiar a este lanzamiento tuyo en el mundo del arte?

-En lo más profundo, sí.

-¿Tus padres se dedicaban al arte?

-No. Mi familia era la típica de clase media: mi papá era un empleado muy laburador que conseguía sus ascensos y mi mamá, ama de casa. Tengo una hermana cinco años más grande que yo. Iba a un colegio del Estado y tenía muchos libros y amigos. Mis viejos eran amigos de Enrique Wernicke y se reunían en Olivos en la casa de él, lugar en el que siempre estaban María Elena Walsh, Violeta Parra y Pino Solanas para las tertulias. Mi mamá leyó las obras completas de Shakespeare tejiendo: se ponía un atril e iba leyendo mientras tejía. Había un aprecio muy grande por el arte. Igual, el teatro siempre fue como la atorranta de las artes… Vinculado a la pobreza, a la prostitución. Yo cumplí con el mandato igual, e hice una carrera porque me gusta estudiar. Tuve la oportunidad de hacer la carrera cuando fue la apertura democrática y volvieron los mejores profesores. Fue en el ‘83. La verdad es que disfruté mucho en la Universidad. Pensé: “Si a mí me va bien en el teatro, voy a dejarlo todo. Pero voy a hacer una carrera que, si no la termino, al menos me haya servido”. Y, bueno, me fue lo suficiente mal en teatro que terminé la carrera.

-¿Dónde fue que diste el salto?

-Cuando yo ya estaba recibido de psicólogo. Un día me llaman de la Facultad, sabiendo que yo hacía teatro, para decirme que tenían un ciclo de obras en el auditorio de la sede de Independencia y que las mismas debían durar como una sesión psicoanalítica. Yo les dije que tenía una obra que duraba cincuenta minutos, la hicimos y fue como un pequeño éxito. Luego, yo llamo a Diego Kogan y tomo una decisión determinante en mi carrera: contactarme con mis pares. Es decir, no pretender que un consagrado me suba al podio de los consagrados. Entonces, llamo a Diego, que había sido asistente de dirección. Ahí empiezo un camino. Vos me preguntás cuándo y yo creo que fue cuando dejé el Payró.

-¿Te fuiste del Payró y qué apareció?

-Apareció el mundo. Me di cuenta de que el mundo era en colores.

-¿Y empezaste a incluir el cine y la televisión?

-Cine no. Pero la televisión apareció en el ‘98, con la tira Fiscales, con Jorge Marrale, Selva Alemán y Darío Grandinetti. Fue mi primera incursión como guionista. Fui muy feliz porque aprendí mucho. Y luego fui autor de algunos unitarios como Para vestir santos, Tiempos compulsivos y Silencios de familia; las tres las hice con Adrián Suar.

-Hiciste literatura también.

-Incursioné en la novela con El circuito escalera. Yo creía que escribir una novela de quinientas páginas era imposible… Tenía una especie de admiración paralizante respecto del narrador. Escribir una novela es como abrir un portal: atreverse a vivir una vida paralela durante un tiempo. La escribí con el propósito de no publicarla porque me había hartado de la exposición. Ese vínculo mío con la creatividad en una intimidad era sensacional. Así, la posibilidad de que esto fuera público era muy remota. Cuando terminé la novela y me di cuenta de que estaba bien, dije: “Bueno, ahora quiero publicarla. Quiero que se lea” (risas). Lo que pasa es que lo público es compartir, y compartir con cualquiera es una experiencia extraña, porque uno puede compartir con su entorno, pero con “cualquiera”… Como alguien que de la nada te envía un mail para avisarte que leyó tu novela y que sintió “que le estaba hablando a su madre”. Viví esa especie de shock que te da el otro.

Polifuncional: además de dramaturgo, Daulte es actor, guionista de TV y novelista. Foto: Constanza Niscovolos.
Polifuncional: además de dramaturgo, Daulte es actor, guionista de TV y novelista. Foto: Constanza Niscovolos.

-Por un lado, se reafirma tu singularidad y, por otro, te muestra tu inclusión con la humanidad. ¿Vos tenés hijos?

-Uno, de 25. Yo me casé con la madre de Agustín hace 35, estuvimos un montón de tiempo juntos y después nos separamos. Ahora estoy casado en segundas nupcias con Federico Buso, que es otro actor. Estamos juntos desde hace veinte años y casados desde hace cinco.

-¿Y cómo es el vínculo con Agustín?

-Hermoso, tanto con Agustín como con su madre.

-Hay respeto por las identidades de cada uno y por cómo quiere vivir cada uno.

-Más que respeto hay orgullo, que es lo que debería ocurrir siempre. Creo que los divorcios a veces son la mejor manera de continuar un vínculo.

-Decime una cosa, ¿hubo algún momento que recuerdes como particularmente difícil en tu vida?

-Lo primero que pienso es en Malvinas. Yo no fui, pero estaba bajo bandera durante la guerra. Estuve a esto de ir… Pero yo era del Regimiento de Patricios y como es la guardia personal del Presidente de la República, entonces, hasta que no fuera Galtieri, no íbamos. Fue una de las vivencias más atroces. Lo más atroz de Malvinas, que se resume en una anécdota…

Se alistaron como voluntarios suponiendo que nuestra Junta Militar estaba luchando contra el imperio inglés y bajo ese argumento se produjo el mayor filicidio que tiene nuestra historia.

Javier Daulte

-¿Podrías contarla?

-Durante la guerra, nosotros, como soldados, íbamos con uniforme por la calle y toda la gente decía: “¡Vamos, vamos!”. El día de la rendición, el 10 de junio, estábamos en el Regimiento de Patricios en Palermo y nos mandan a tomar la guardia. Tomamos el subte D, nos bajamos en Plaza de Mayo y fuimos al Comando en Jefe. Ese día salimos del subte muy temprano, tipo 7 de la mañana. Los ciudadanos que habían ido a la plaza nos tiraban piedras y nos empezaron a gritar: “Traidores, cobardes, por ustedes perdimos la guerra”. ¡Nos recibieron a piedrazos los civiles! Eran los mismos que habían ido a vitorear a Galtieri.

-¿Cómo reaccionaste?

-Y… A mí eso me expulsó del país. Que mi enemigo fueran los militares, estando adentro del Ejército, estaba claro, porque tenía una ideología, porque yo era anti golpe y sabía bien todo lo que estaba pasando. Pero cuando encima veo a la población civil atacándome, digo: “No hay salida”. Me enojé y tardé mucho en reconciliarme con mi país. Por eso trabajé tanto afuera, en España..

-¿Cómo lo perdonaste al país?

-Creo que con la llegada de la democracia, la libertad, la posibilidad de viajar y relativizar. Yo ahora amo mucho mi país, pero fue un trabajo lograrlo. Y me gusta que haya sido así porque son valores a crear, con la tradición no alcanza.

-La tradición puede ser sólo un soporte nada más, ¿no te parece?

-Exacto. Si no, es conservadurismo puro. Es un capítulo muy duro de nuestro país y de mi vida. Encima tenía 18 años. Decí que tenía a una familia que me apoyaba en ese sentido, no había ninguna duda al respecto, pero hubo mucha confusión en esa época respecto a la guerra de Malvinas. Se alistaron como voluntarios suponiendo que nuestra Junta Militar estaba luchando contra el imperio inglés y bajo ese argumento se produjo el mayor filicidio que tiene nuestra historia. Yo siempre pienso en los ex combatientes, los que tuvieron que encontrarle una razón al hecho de haber arriesgado su vida durante cada minuto del tiempo que estuvieron. Yo estoy en desacuerdo con la postura de los ex combatientes, pero no puedo estar en contra de ellos. Ellos tienen que tener un sostén de por qué eso ocurrió.

-Malvinas significó un filicidio y mostró a un pueblo que fue a aplaudir la muerte del otro.

-Es una escena tremenda. Es el horror más el horror.

-Tenés que hacer una narrativa de eso, te va a hacer bien.

-Puede ser. Justo ahora estoy leyendo Suite Francesa, de Irene Némirovsky. Son escenas que ponen lo que fue la previa y la ocupación nazi de París. Si yo te contara los detalles de las vivencias… Por ejemplo, el día que mi mamá me dijo: “Me siento culpable de no haberte atropellado con el coche para garantizar que no fueras a la guerra”. Me lo dijo llorando mi madre, que no lloró ni siquiera cuando murió su papá.

-Es conmovedor lo que contás.

-Yo no sufrí la guerra, digamos, no olí la carne cocida del cuerpo quemado de un amigo.

-Pero estaba presente como una posibilidad.

-Sí, claro. Pensaba todos los días: “¿Y si salgo corriendo para no cruzar ese umbral?”

Javier Daulte junto a su hijo Agustín.
Javier Daulte junto a su hijo Agustín.

-Volvamos al teatro. ¿Quiénes son tus actores favoritos?

-Tengo varios. Actores con los que he trabajado: María Onetto, Gloria Carrá, Darío Grandinetti, Jorge Marrale, Carla Peterson. Son actores con los que me he entendido y entablé una amistad.

-¿Y del extranjero?

-Admiro a Meryl Streep, más que a nadie. Javier Bardem me gusta mucho también. Y Matt Damon, porque es un actor que no parece actor.

-¿Al Pacino?

-Me gusta. Aunque todos tenemos nuestras predilecciones. En mi caso, por ejemplo, prefiero a Robert De Niro o a Damon. También es cierto que los actores y actrices americanos pusieron muy alta la vara. Hay actuaciones que, además, tienen la virtud de hacer desaparecer a su intérprete. Es decir que no subrayan el hecho de que están actuando y tienen el don de ser en el set o en el escenario. Cuando tuve el privilegio de dirigir a Alfredo Alcón en Filosofía de vida, hubo un ensayo en el que pasamos la obra completa y a mí no me gustó cómo había estado Alfredo. Cuando le pregunté cómo se había sentido, me dijo que muy bien porque había al fin entendido al personaje. Y yo me di cuenta de lo que había pasado y le dije: “Es por eso, porque lo entendiste, que lo actuaste”. Alfredo comprendió perfectamente lo que le quise decir y por qué no me había gustado. Ahí me agarró fuerte del brazo y me susurró: “Javier, por favor, no permitas que me pase nunca eso”.

Teatro y pandemia

Todos los martes a las 20.30 en el Espacio Callejón (Humahuaca 3759, CABA), vuelve de manera presencial Valeria Radioactiva, una obra escrita y dirigida por Javier Daulte, que protagoniza María Onetto. Agustín Daulte es uno de los actores secundarios.

“Agustín es un gran profesional”, define su padre. “Es disciplinado y ama el teatro y la actuación. Es la primera vez que trabajamos juntos, pero rápidamente los roles se acomodaron y no se confundieron con los de padre/ hijo.”

A pesar de apostar al teatro aún en pandemia, Daulte no es del todo optimista. “El teatro es un sector que quedó muy, muy golpeado. Podemos convivir con los protocolos y la sociedad se ha acostumbrado a ellos, pero la asiduidad del público no es ni será cosa fácil en un futuro cercano. Hay miedo, recesión y falta de nuevas ofertas artísticas”, dice el autor, y asegura que “la escritura me salvó en la cuarentena”.

“Leí y escribí mucho encerrado. No sé cuánto de lo que escribí tiene algún valor y cuánto fue sólo catarsis”, advierte.

“Los artistas debemos encontrar respuestas imaginativas ante las coyunturas adversas”, explica. “Creo que el arte presencial es esencial. No puedo ni quiero avalar nada que pretenda reemplazar el acto presencial del teatro. El teatro va a sobrevivir. El futuro del teatro, como arte, no está en duda. El tema es el tendal que deja y dejará la pandemia combinada con la difícil situación económica que estamos pasando: espacios cerrados que quizá no vuelvan a abrir, artistas jóvenes que tiraron la toalla y más.”

Concluye con una expresión de deseos: “Ojalá volvamos a los problemas que teníamos antes de la pandemia”.

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