La crisis colombiana clama por acuerdos

admin

14/05/2021

El gobierno colombiano que ha lanzado una reforma tributaria lesiva para la clases medias en el peor momento imaginable, plena pandemia, es el mismo que ha visto con cierta pasividad cómo en cada protesta la policía termina disparando contra los manifestantes.

No sorprende, por eso, que esta reforma tributaria haya hecho salir a miles de personas a las calles, ni que una veintena de ellas hubieran acabado muertas por las presuntas balas de la policía. En Colombia, la protesta ha dejado de ser un derecho y se ha convertido en una ruleta rusa.

La suma de errores que lleva de la imprudencia del gobierno a la ira popular y de la represión policial al desmadre general, es una prueba más de la grave desconexión entre el gobierno y la sociedad civil. Hay ocasiones en que el conocimiento técnico, necesario como lo es, nubla la vista.

Salir detrás de la pandemia a exprimir lo poco que sigue en pie, más que una medida para salvar la economía, ha sido una temeridad. Sorprende que Duque y Carrasquilla no hubieran previsto lo que finalmente ocurrió. Rabia, indignación más motivos para desconfiar del gobierno y finalmente la tragedia: muertos, robos, ataques a la policía. Un poco más de ignominia y rencor, que en Colombia parecen nunca ser suficientes.

Lo peor es que esto es el inicio. Las consecuencias de la pandemia apenas afloran, y lo que se viene en los próximos años no pinta nada bien. Instituciones como la policía, indispensable en todo país moderno, están en la ruina moral.

La pobreza avanza y hay una generación que ha interrumpido sus estudios, que no encontrará trabajo y que recordará estos últimos días como una ataque directo del gobierno a sus derechos. Una bomba de tiempo que el próximo presidente tendrá que desactivar.

El problema es que solo no va a poder. Sea quien sea, necesitará de un esfuerzo colectivo que permita remontar la cuesta económica, plantarse ante las bandas criminales y volver a hacer gobernable el país. Y si no tiene un respaldo popular fuerte y amplio, el tiempo se le irá tratando de calmar la protesta social. Quien aspire a gobernar en el futuro inmediato debería ser el principal interesado en reunir a las fuerzas políticas, incluir a agentes sociales y pactar unos acuerdos mínimos que le den una dirección al país.

Nadie va a tener estómago después de esta pandemia para soportar otra diatriba entre el castrochavismo y el narcoparamilitarismo. Esa liturgia enfebrece a las feligresías y resuelve problemas de campaña, pero no le mueve un pelo a la realidad. Y ahora de lo que se trata es de eso, de involucrar al mayor número de representantes sociales para abordar temas como la reforma tributaria, la emergencia sanitaria, la reestructuración de la policía y una estrategia para combatir la impunidad y el asesinato.

Puede que a los políticos les sirva y les satisfaga el cargo y el éxtasis del poder, pero a la gente no. El poder debe servir para resolver problemas, sólo eso lo legitima, y nada se va a resolver en medio de la polarización y el ruido. Otro gobierno endeble e incapaz de tomar medidas contentará a las burocracias, pero a nadie más. Los aspirantes deberían pararle bolas a todas las voces que les piden que se sienten a hablar, porque ni el más tibio ni el más radical sabe muy bien a lo que se tendrá que enfrentar.

Carlos Granés es antropólogo y ensayista.

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