la discípula de Bruno Gelber que creció entre el tango, el folclore y el rock vuelve al Colón

admin

19/11/2021


“Me di cuenta durante la pandemia, tocando y haciendo videos desde casa, del valor intrínseco de la música y del arte en general“, advierte la pianista argentina Marcela Roggeri.

“Es justamente la cuestión de la unión de la que habla Sofia Gubaidulina, del ‘legato’ de la vida con uno mismo y con los otros, a través de la música. Y con todo lo que nos pasa, para mí la música tiene esa misión de unión”, agrega la artista, a punto de estrenar en Argentina Introitus, concierto para piano y orquesta de la compositora nacida en Tartaristán, este viernes 19 de noviembre en el Colón.

Roggeri ostenta la particularidad de ser la única discípula de Bruno Gelber, aunque el muy variado universo musical familiar influyó en su formación y apertura hacia otras músicas: un padre muy tanguero, madre salteña a quién le encanta el folclore, y un hermano, Alfi Martins, tecladista de Charly García durante muchos años.

Marcela Roggeri y el Teatro Colón, un vínculo que se refuerza este viernes 19 de noviembre. Foto German Garcia Adrasti
Marcela Roggeri y el Teatro Colón, un vínculo que se refuerza este viernes 19 de noviembre. Foto German Garcia Adrasti

Debutar a los 17

Cuando tenía 12 años, comenzó a estudiar con Ana, la mamá de Bruno, de quién él la “heredó” como alumna, como suele bromear ella. A los 17 años dio su primer concierto en el Coliseo, una parte recital y la otra con orquesta. Fue una prueba de fuego porque llevaba solo cinco años estudiando

“Salís a flote o te hundís para siempre. Fue a matar o morir”, recuerda Roggeri. “Claro que Bruno tenía confianza pero también fue una presión muy grande porque no quería defraudar y quería estar a la altura. Me quedaron muchas enseñanzas de esa experiencia”.

A los 23 años, Marcela se trasladó a Montecarlo para seguir estudiando con Bruno, tocaron juntos e hicieron muchos conciertos a dos pianos. “Fue una época maravillosa en la que aprendí mucho”, recuerda la pianista.

“En todos esos viajes con Bruno no sólo aprendí lo estrictamente musical sino todo lo que tiene que ver la vida de un concertista: del lado más y menos maravilloso. Fue una enseñanza y una escuela. Todo era una lección de música, de arte, y tantas cosas que he aprendido simplemente observándolo”. Ningún otro alumno de Gelber tuvo el privilegio de compartir ese nivel de intimidad con el músico.

Un testimonio del reencuentro de la "discípula" con su maestro, en la cuenta de Instagram de Roggeri

Un testimonio del reencuentro de la “discípula” con su maestro, en la cuenta de Instagram de Roggeri

Una crisis y la ciudadanía del mundo

Aún así, en las idas y venidas entre Europa y Argentina y en medio de una crisis, estudió teatro con Norman Briski, se tomó un descanso, vivió en Singapur, donde conoció a su marido y dejó de dar conciertos. Sin embargo, de a poco, se fue amigando de nuevo con el piano, se trasladó a París y continuó sus estudios con Germaine Dévèze, alumna de Marguerite Long, con quién Gelber había estudiado.

“Fue una excelente profesora. Me aportó muchísimo. Iba a tocar para ella regularmente”, relata, y agrega: “Al año me fui vivir a Londres, pero iba y volvía de París. Dévèze me sugirió que me presentara a un concurso. Lo hice, en un concurso de amateur, y lo gané”

La cuestión fue que el que había salido segundo armó un escándalo en el auditorio de Radio France porque decía que Roggeri no podía ser la ganadora porque no era una amateur sino una profesional. A raíz del planteo, le cedieron el primer premio a él.

Pero el desafortunado episodio hizo que muchos empresarios la contactaran para volver a dar conciertos. “Así fue como volví, pero con un óptica diferente, con una premisa que trato siempre de respetar: el disfrute”, completa la pianista, que en ese camino llega este viernes 19 al escenario del Colón.

La conexión poética con Sofía Gubaidulina

-¿Cómo llegás a la música de Gubaidulina? Porque, si bien tenés un repertorio amplio, no te dedicás a la música contemporánea.

-Pienso que hay que estar abierto a descubrir, porque si estás abierto a lo nuevo sufrís menos todas las sorpresas que te manda la vida y las sucesivas adaptaciones. Pero, puntualmente, la música de Sofia Gubaidulina me llega a través de una poeta rusa que se llama Marina Tsvetaeva.

Hace unos años hice un espectáculo, Vivir en el fuego, con Elena Tasisto y la dirección de Alejandro Tantanián, con textos de Tsvetaeva y la música de Gubaidulina. Conocía el nombre de la compositora pero no mucho su obra.

Empecé a interiorizarme en el mundo musical de ella y surgió la idea de grabar el disco con la obra completa para piano solo. Introitus llega después. Fui descubriendo de a poco ese universo sonoro.

-¿Podrías describir el universo de la compositora?

-En su infancia, que fue muy dura, sus padres lograron con muchísimo esfuerzo comprarle un piano. Ella tomaba el teclado como un campo lúdico, jugaba con su hermana, también música, sobre el teclado. Y ese aspecto lúdico, inocente, lo guardó y lo proyectó en su manera de escribir.

Es una persona muy nostálgica. A pesar de haber sufrido muchas privaciones y de pasarla muy mal con su familia, hay una evocación permanente de la infancia. Ese es uno de los ejes en su obra. El otro eje fundamental es lado religioso. Es una persona profundamente religiosa.

-Con un sentido muy particular de lo religioso, ¿no?

-Sí, ella dice que entiende la religión como el “re-ligar”. El reconstruir el “legato” de su vida y reconstruir los vínculos entre los demás. No hay ocupación más importante en su vida, sostiene, que reconstruir su integridad espiritual a través de lo que escribe.

Ese lado religioso está siempre muy presente en su música. Además de venir de una familia muy católica, por el lado de la madre, y musulmán vía el padre. Su abuelo era un mulá y ella recuerda siempre esas plegarias y las meditaciones, que también tiene en su obra.

Componer en la U.R.S.S. y no morir en el intento

-Bajo el régimen soviético debe haber tenido que reprimir esas prácticas religiosas, al igual que su escritura musical.

-Totalmente. De hecho, durante muchos años su música y fue considerada “irresponsable”, subversiva, y estuvo prohibida. Ella agradece a su maestro Dimitri Shostakóvich haberla alentado a seguir en ese camino “erróneo”. Sus dos modelos o fuentes de inspiración, según dijo en varias oportunidades, fueron Shostakóvich y Anton Webern.

A pesar de que no se ve de una manera obvia en ningún algún elemento de su música, dice que guardó siempre como enseñanza que ambos compositores lucharon por ser ellos mismos.

-¿Le costó mucho desarrollar su carrera?

Tuvo una lucha ardua para abrirse camino en la Unión Soviética. No por el hecho de ser mujer sino por el tipo de música que hacía. Pero más adelante, intentó estar abierta dentro de lo que podía. El momento de lucha más fuerte fue entre los 20 y 30 años.

Luego, cuando el régimen fue calmándose, se legitimó como una de las figuras de la música rusa más importantes. A fines de los ochenta se mudó a Alemania, pero viajaba mucho por Europa porque Gidon Kremer le estrenó su concierto para violín y Mstislav Rostropovich su concierto para violonchelo.

La compositora Sofia Gubaidulina debió enfrentar las restricciones impuestas por el régimen soviético a la libertad artística. Foto Matthias Hoenig/ vía  AFP

La compositora Sofia Gubaidulina debió enfrentar las restricciones impuestas por el régimen soviético a la libertad artística. Foto Matthias Hoenig/ vía AFP

Los desafíos de una obra que flota

-La escritura para piano de Gubaidulina se aparta de la tradición pianística clásica. ¿Con qué desafíos te enfrentaste al estudiar su obra?

-Cuando empezás a leerla decís: “¿Qué hago con esto?”. Porque no es leer las notas y estudiar los pasajes difíciles. De entrada hay que ir buscando la sonoridad y los recursos para lograrla. La música tiene que flotar, dice la compositora.

Hay todo tipo de dificultades técnicas que hay que resolver y trascender para lograr ese efecto que ella quiere que es atmosférico. Hay algunos momentos de más agresividad, pero siempre guardando lo tímbrico. Hay que trabajar mucho en iluminar el sonido.

Hay varias cosas que me apasionaron de esta obra cuando la conocí, no había ninguna grabación, y eso es todo un desafío porque vas descubriendo la obra con la partitura de la orquesta (que no tiene para nada una estructura tradicional), imaginando cómo puede llegar a sonar.

Y desde el punto de vista pianístico, más allá de la parte espiritual y del estilo, ella siempre dice que primero toma el piano como un instrumento de percusión, y juega mucho con el instrumento.

Marcela Roggeri en Buenos Aires, a punto de abordar el desafío de interpretar a una compositora desafiante. Foto German Garcia Adrasti

Marcela Roggeri en Buenos Aires, a punto de abordar el desafío de interpretar a una compositora desafiante. Foto German Garcia Adrasti

-¿Cómo es la interacción entre el piano y la orquesta?

-Al principio están separados y de a poco empiezan a entreverarse. Nosotros estamos acostumbrados a que una obra se desarrolla, explota y luego decae. Introitus va y va viene, va hacia un lugar y hacia algo que no va a ocurrir. Como ella dice, Introitus es la preparación espiritual para algo que va a ocurrir después, como la introducción para la misa.

Una noche “muy femenina”

-El concierto aporta otra particularidad con una inusual presencia femenina: de las tres obras que se van a escuchar, dos son compuestas por mujeres, Hilda Dianda y Gubaidulina, y vos como intérprete solista bajo la dirección de otra mujer. ¿Se conocían con la directora brasileña Natalia Larangeira?

-Sí, tenemos una noche muy femenina. No nos conocíamos con la directora, es encantadora y muy comprometida con la obra. Estuvimos trabajando en entrelazar el piano con la orquesta. Son muy interesantes los intercambios con ella; es la primera vez que hace el concierto y es un estreno en Argentina.

Creo que es importante tener una disposición y una entrega tocando esta música para que el otro, la audiencia, pueda entrar en este universo.

Marcela Roggeri se presenta este viernes 19 de noviembre, a las 20, en el Teatro Colón, con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Natalia Larangeira. Programa: “Música para arcos” de Hilda Dianda; “Introitus, para piano y orquesta de cámara”, de Sofía Gubaidulina y “Serenata N°2, Op. 16, de Johannes Brahms.

​En 26 de noviembre Roggeri presentará Piazzolla’s dream, grabado para Universal junto al flautista James Strauss, disponible actualmente en plataformas digitales.

E.S.



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