La economía de Carlos Menem: el dólar fijo, ese handicap maldito para jugar golf con híperdesempleo

admin

14/02/2021

“Con razón Menem podía jugar al golf. Tenía el dólar quieto”.

La frase se escuchó de boca de Mauricio Macri. La dijo en uno de sus días aciagos en la Rosada cuando el tipo de cambio daba uno de esos fogonazos traumáticos.

Es sabido que pocas cosas han sido más determinantes para un presidente argentino en el último medio siglo que la volatilidad del dólar. Venga entonces ese reconocimiento de par a par.

Es que Menem, al sujetar el barrilete cambiario, no sólo generó tranquilidad en la clase media y en parte de los empresarios. También en él mismo. “Dormía tranquilo porque se enfocaba en los humores del pueblo”, escribieron Pablo Gerchunoff y Gonzalo de León en el ensayo sobre aquel período ‘La economía popular de mercado’.

Sería injusto simplificar un análisis de la economía de Menem en un aspecto como es el régimen cambiario. Con excepción del período del Tequila, en 1995, acaso el episodio I de la globalización financiera pos caída Muro del Berlín, Argentina registró en aquella etapa un crecimiento a tasas chinas. La productividad y el ingreso por habitante crecieron como no había sucedido en décadas. Daniel Heymann, macroeconomista y profesor de la UBA, halló en un trabajo que la década en la que las exportaciones más aumentaron en la Argentina desde que se tenga registro fue en los noventa. Incluso más que cuando se decía que las pampas eran el granero del capitalismo manchesteriano, antes de la Depresión del 30. El cambio tecnológico (inversión) de la mano de la siembra directa y la demanda de Brasil, producto de la estabilización de la economía argentina, empujaron el carro.

Para Menem la estabilidad cambiaria llegó sobre la hora. Fue a sólo seis meses de las elecciones legislativas de 1991 cuando el ministro de Economía, Domingo Cavallo, que había reemplazado a Erman González, cayó con la fórmula de la Coca Cola: un peso un dólar.

Menem había tenido dos intentos antes con Néstor Rapanelli y González para anclar las expectativas como dicen los economistas. Pero la cosa no funcionó. El primero fracasó por una acelerada expansión monetaria inconsistente con la política fiscal y la política de ingresos; el segundo, por una contracción monetaria que fue posible por un previo canje compulsivo de los depósitos a plazo fijo por bonos. Con la convertibilidad Menem ganó las elecciones de 1991.

La estabilidad macro resaltó las tareas que ya había llevado. Entre 1989 y 1991 Menem avanzó, rápidamente, en privatizaciones, la reforma laboral y la apertura comercial. De repente fue como si la economía argentina pasara de ser una película en color.

Menem recurrió a ‘la política’ para maximizar las probabilidades de éxito de su modelo. Negoció con los sindicatos y trabajadores para que obtuvieran participación en las privatizaciones. También con los gobernadores. Néstor Kirchner, gobernador de Santa Cruz, le dijo a Menem “el mejor presidente de la democracia” después de haber privatizado YPF.

Si Menem había llegado al paraíso, su ministro de Economía no. Cavallo se enfocaba en eso que Gerchunoff-de León llaman “la cuestión políticamente abstracta de la sostenibilidad de su plan”, más específicamente “el tipo de cambio inicial había sido más bajo que aquel al que había aspirado”. Osea, el dólar empezaba a atrasarse. Era la época en que el grupo Techint planteó flexibilizar la convertibilidad.

Para Menem ese régimen era intocable. Para los economistas del equipo de Cavallo, insostenible. Pero un gobierno se hace no sólo de decisiones que se toman sino también de las que se postergan. En la Argentina el 1 a 1 se volvió costoso de romper y la criatura tomó vida propia.

La convertibilidad nació al pie de unas condiciones financieras globales favorables. Cuando estas empezaron a ponerse a prueba, el modelo mostró limitaciones. Primero fue la devaluación del peso mexicano, luego la de las monedas asiáticas y, finalmente, la del real. El FMI, que otorgó dos créditos de facilidades extendidas como busca hoy Martín Guzman, criticó el régimen cambiario fijo, la libre movilidad de capitales y el despilfarro fiscal en las provincias.

Menem inauguró una era. Los presidentes empezaron a hablar de economía, como harían sus sucesores.

De economía entiendo. También de filosofía económica, pero no soy un técnico. Un técnico es un colaborador fundamental: ése es el caso del ministro Cavallo, que tiene un equipo de lujo y está cumpliendo una tarea realmente excepcional en lo económico a partir de mi conducción. Cavallo lleva sobre sus espaldas la responsabilidad de sostener este plan económico diseñado por este Presidente de la Nación en 1989.

El triunfo de Menem en 1995 coincidió con una tasa de desempleo récord en el país de 18,6%. Ganó con la promesa de que la desocupación sería atacada en su segunda etapa.

Todo lo que está en estas tiendas se consigue en Buenos Aires, dijo paseando por Davos en su segundo mandato. Menem ya era una marca del capitalismo global y el éxito del consenso de Washington.

Pero las tiendas de la calle Alvear no eran las de Promenade. Y las del Conurbano eran la paz de los cementerios. Menem perdió las elecciones de 1997 cuando la economía crecía. Demostró que con estabilidad de precios la pobreza también aumenta.

La convertibilidad fue una referencia para los presidentes y los economistas que vinieron luego. Para Fernando de la Rúa la solución a la recesión 1999-2001 fue ‘flexibilizar’ el 1 a 1 con reformas estructurales. Néstor Kirchner, ya en la posconvertibilidad, decía estar a favor de un dólar alto y competitivo. Mauricio Macri, de un dólar libre y no atrasarlo.

Menem enfrentó las internas de su partido en 1999, problemas judiciales, escándalos internacionales y los gritos desesperados de los nuevos pobres. Pero tuvo siempre claro que había algo que no le quitaría el sueño: el dólar. Pudo jugar al golf.

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