La exótica misión para contar las costillas de la vaca marina

admin

22/02/2021

Mucho se habla de la reutilización de la basura, pero poco se piensa en las ciencias y profesiones intrínsecamente ligadas a la práctica de reincorporar lo descartado a un nuevo ciclo económico de producción y consumo. Dejando de lado las ingenierías y esas yerbas, ahí están la arqueología, la antropología y el folclore, surgidas, en parte, gracias a la transformación de los detritus de la vida cotidiana en evidencia de un pasado que se materializa en ellos. Menos se reflexionan sobre las contingencias concretas en los que la basura se volvió fundamental para concebir aquello que los humanos habían colaborado a exterminar o a borrar de la faz de la tierra: animales, objetos, otras personas, lenguas…

Sin ir muy lejos, en la región Kamchatka, una provincia de eso que algún historiador estadounidense –evitando hablar de su casa– llamó “el imperio de la extinción”. en 1840, el famoso zoólogo de origen alemán Ernst von Baer publicaba la historia del exterminio de la vaca marina del norte. Es decir de la especie Hydrodamalis gigas, en el siglo XIX conocida como Rhytina stelleri, un corpulento mamífero que, hasta mediados del siglo XVIII, habría vivido en el Pacífico septentrional, entre Asia y América del Norte.

Una historia, de hecho, bastante corta: la especie desapareció hacia fines de la década de 1760, poco después de la primera descripción hecha en 1741 por Georg Steller, el naturalista y médico bávaro que acompañó la expedición rusa de Vitus Bering a las costas de Alaska y Kamchatka. Todos naufragaron en una isla deshabitada que, desde entonces cobija los restos del ilustre comandante y lleva su nombre. Allí, Steller observó y se deleitó con las tripas y lomos de este animal, desconocido para el resto del universo pero tan abundante que, según el doctor, con su grasa y carne garantizaría la supervivencia de todos los cazadores de focas que llegaran a estas islas. Una afirmación imprudente que sellaría el destino del apacible mamífero: desde 1768 nadie volvió a ver una vaca con vida.

Steller destacaba que la bestia descubierta se trataba de un manatí, la Vacca Marinae de los holandeses.
Steller destacaba que la bestia descubierta se trataba de un manatí, la Vacca Marinae de los holandeses.

Las islas, incorporadas a la administración rusa a través de la compañía dedicada a la industria extractiva de pieles de mamíferos marinos, empezaron a poblarse de administradores y cazadores, muchos de ellos aleutianos, expertos en el arte de seguir a sus presas en el gélido paisaje del estrecho, bautizado ahora con el nombre del marino de origen danés.

Steller, por su parte, moriría en 1746. Nunca regresó al puerto de partida, al que sí llegarían algunos de sus dibujos y apuntes. En esas notas, destacaba que la bestia descubierta se trataba de un manatí, la Vacca Marinae de los holandeses, dándole el nombre de un mamífero que habitaba en las regiones más bien cálidas de África, América y las costas del Océano Índico y del Pacífico sur. En realidad nadie sabía muy bien qué relación guardaban entre ellos porque para clasificarlos se necesitaban los huesos, reales o figurados pero, en el caso de la vaca septentrional, además del boceto de Steller, apenas si se contaba con dos costillas y una placa dentaria, depositadas en el Museo de Zoología de la Academia de San Petersburgo. Von Baer, con sorna, escribiría: de la vaca de Steller, “solo nos queda escribir su obituario”.

Lejos de resignarse, von Baer acudió a su astucia de funcionario y de fino observador de las costumbres: los loberos y balleneros, los cazadores y pescadores, al carnear sus presas, dejaban las osamentas abandonadas, sobre todo si carecían de valor económico. En esa lógica, la abundancia de las manadas conjugada con la dimensión de la matanza debieron haber provocado parvas de desperdicios donde, seguramente, estaban escondidos los huesos tan deseados. Se trataba entonces de distinguir en qué forma se habían depositado.

Y así se hizo: muy pronto, los oficiales de la compañía empezaron a reportar hallazgos. La Academia comisionó al preparador del museo, quien tras varios años en la zona, dió con un cráneo casi completo. Luego se estableció un premio para dar con más partes del animal gracias a las cuales, J.B. Brandt, el director del Museo, publicaría una descripción anatómica y varias láminas que volverían a las colonias para instruir visualmente a los residentes. Así, en 1855, Petersburgo ostentaba un esqueleto completo que disparó la codicia de otros museos, como el de Helsinki –por entonces parte del Imperio Ruso– que se lanzaron a esa misma búsqueda. En 1860, Europa contaba con tres.

Von Baer había sugerido, además, revisar en la basura de los cazadores que se habían instalado en el archipiélago del Comandante a fines del siglo XVIII y que seguramente se habían alimentado de este pobre animal. Unos consejos que serían seguidos por más de un viajero a cargo del fomento de esta nueva industria del reciclado de los restos de comida.

Así, en la circunnavegación de Eurasia a través del Ártico, realizada en el Vega entre los años 1878-1880, el explorador sueco Adolf Erik Nordenskiöld descendería en las islas del Comandante con el objetivo de llevarse huesos de ritina para los museos de su patria. Para entonces, Alaska había pasado a la administración estadounidense pero las islas continuaban bajo bandera rusa, ahora pobladas por los empleados de San Francisco, los oficiales rusos y los residentes de origen aleutiano.

Von Baer había sugerido revisar en la basura de los cazadores que se habían instalado en el archipiélago del Comandante a fines del siglo XVIII.
Von Baer había sugerido revisar en la basura de los cazadores que se habían instalado en el archipiélago del Comandante a fines del siglo XVIII.

Nordenskiöld inventaría un método para cosechar huesos en la playa bajo la mirada escéptica de los europeos y norteamericanos: la compañía había ofrecido 150 rublos y no había aparecido nada, ni el obituario de von Baer. Nordenskiöld, imperturbable, pronto se enteró que las cabañas de los nativos atesoraban algunas colecciones de huesos y las compró a un precio exagerado de manera de cebar al vendedor y provocar la envidia de sus vecinos. Ni cortos ni perezosos, gran parte de la población masculina salió tras ellos, con tanto entusiasmo que Nordesnkiöld se despidió desde babor del Vega parado al lado de veintiún barriles y varios toneles llenos de huesos. Sobre ellos, tres cráneos completos. Había bastado examinar el suelo con una varilla puntiaguda y de hierro, prestando atención al sonido y a la lógica de los basurales. A pesar de ellos, había sido imposible dar con las costillas: duras como el marfil, los nativos se habían adelantado a los zoólogos y las habían reutilizado para sus tallas o para afilar los patines de los trineos.

Este episodio, menor, ocurrido en el más marginal de los espacios, conecta las prácticas de la historia natural, la arqueología y la historia de las extinciones causadas por el hombre pero también muestra cómo la explotación de la basura fue adquiriendo nuevas dimensiones científicas, comerciales y simbólicas.

La prosa de von Baer no dejó ninguna reflexión al respecto. Pero el envío de instrucciones y de láminas, las recompensas monetarias, la mera presencia de preparadores o investigadores en la isla dispuestos a invertir tiempo y dinero preguntando qué se hacía con los desechos de comida y buceando en los recuerdos de los más viejos, no hicieron más que despertar una actividad económica y una especialidad a tiempo completo o parcial: la de buscador de huesos en la basura de los abuelos. Sí, en esas islas del lejano oriente ruso, donde Bering, todavía, espera la llegada de un barco que le traiga las costillas de regreso.

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https://arqueologialaplata.academia.edu/IrinaPodgorny

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