La explosión en un bar de San Miguel: “Si nos quemábamos un poco más y ella menos, Lucía estaría con nosotros”

admin

08/04/2021

Hay silencio en la mesa del fondo del bar Feel, en San Miguel. Como cierta timidez y nerviosismo que rápidamente se quiebran con un pedido de licuados frutales y medialunas. Es la hora de la merienda de un miércoles otoñal. “Bien, todo bien”, es la respuesta automática y al unísono de Franco, Dolores, Agustín y Lorena. Los tres primeros son amigos entre sí y lo eran de Lucía Costa Osores; la última es la mamá de Luchi -como la llamaban- que murió quemada hace seis meses en el bar Zar Burguers, a cuatrocientos metros de donde nos encontramos ahora.

Franco Racca (19), Dolores Bustamante (18) y Agustín Díaz (17) querían ser parte de este encuentro junto a Lorena Osores (43). “Necesitamos que el caso de Luchi vuelva a tener visibilidad, está todo muy quieto, no avanza judicialmente”, toma la posta Franco. “Quería agradecerles por estar acá, ojalá hubieran venido otros amigos que estuvieron aquella noche, pero es importante que los medios nos ayuden a pedir justicia por mi hija, que no merecía tanto sufrimiento“, sostiene Lorena, con una fortaleza impertérrita.

Lorena es la madre de Lucia Costa, la chica que murió quemada en un bar San Miguel. Junto a ella, Franco Racca, Agustin Díaz y y Dolores Bustamante, quienes estuvieron junto a Luchi aquella noche del 9 de octubre. Foto: Juano Tesone
Lorena es la madre de Lucia Costa, la chica que murió quemada en un bar San Miguel. Junto a ella, Franco Racca, Agustin Díaz y y Dolores Bustamante, quienes estuvieron junto a Luchi aquella noche del 9 de octubre.
Foto: Juano Tesone

Lucia Costa Osores tenía 18 años. Ella había organizado el encuentro con sus amigos en el bar Zar Burguers. "La dejaron tirada, abandonada, ni un balde con agua le arrojaron", expresa Lorena, su mamá, con dolor.
Lucia Costa Osores tenía 18 años. Ella había organizado el encuentro con sus amigos en el bar Zar Burguers. “La dejaron tirada, abandonada, ni un balde con agua le arrojaron”, expresa Lorena, su mamá, con dolor.

El viernes 9 de octubre pasado, Lucía había organizado un encuentro con sus amigos de la parroquia Nuestra Señora de América y se encontraron en el bar Zar Burguers, en la calle Paunero 1189, en San Miguel. En un momento de la noche su amiga Dolores va en busca de la camarera, de nombre Priscila Luca, para que encienda el fogón quemador, que se alimenta con alcohol, y que no estaba del todo apagado.

Utilizando un bidónde cinco litros con alcohol, Priscila intentó reanimar la llama, lo que inmediatamente provocó una espeluznante explosión y que los ocho amigos de esa mesa se prendieran fuego. Con el 80 por ciento de su cuerpo quemado y las vías respiratorias sofocadas, Lucía sufrió dos paros cardiorrespiratorios y murió al mediodía del sábado 10 de octubre. Franco y Dolores estuvieron internados 32 y 45 días respectivamente y Agustín, apenas uno.

Si bien se han visto en marchas y por separado, es la primera vez que se encuentran a solas Lorena, Dolores, Franco y Agustín. “Los veo a los chicos bien, recuperados y estoy feliz por ellos. No pienso por qué le tocó a Lucía y no a ellos, en absoluto, pienso como hubiera pensado Lucía, que desde el cielo está contenta de ver a sus amigos bien, reunidos por ella. Mi dolor, bronca e impotencia son porque Luchi no está, en esta mesa, charlando con nosotros. Por eso creo que es ahora o nunca el momento de salir y pedir Justicia, algo que no le deseo a nadie… es espantoso reclamar justicia”.

Las palabras de Lorena resuenan pesadamente sobre la mesa y Franco, Dolores y Agustín apuntan sus miradas a las medialunas. Les cuesta fluir, sienten que hay desigualdad. “Nos duele mucho que no esté nuestra amada amiga, yo no paro de extrañarla”, apunta Dolores. Franco sorprende. “Siempre pienso en por qué no me quemé más yo y menos Luchi… Yo tenía el 40 por ciento del cuerpo quemado y ella el 80…, quizás si hubiéramos tenido el 60 cada uno sería otra cosas dos”.

Agustín adhiere. “Sí totalmente, por qué ella quedó toda lastimada y yo casi nada, qué injusta la vida”. Dolores mueve su cabeza en señal de negación. “Fue una ruleta, la llama fue directo al lugar donde estaba Luchí, que era el lugar en el que yo había estado un rato antes. Es terrible pensar eso, pero sucedió”. Lorena los escucha y observa.

Cada uno reacciona como puede. Agustín, que se encontraba ubicado más alejado, en una punta de una mesa de ocho amigos, maldice el momento de “haber pedido que enciendan la fogata -como llama al centro de mesa-, cómo no nos dimos cuenta de lo peligroso que podrían resultar”. Hay un gesto de negación simultáneo, que parece coreografiado. “¡Cómo no le tiraron un balde con agua para apagar el fuego, no entiendo cómo el dueño del lugar (Carlos Oliverio) no actuó como correspondía”, mastica bronca Lorena, que luce una remera con el rostro de su hija y la leyenda “Mereces lo que sueñas”.

A Dolores, Franco y Agustín se les viene a la memoria “el peor momento de nuestras vidas. Todo era corridas, gritos, confusión, no saber para dónde ir, qué hacer”, desliza Agustín. “Yo estaba con fuego y una mujer me arrancó la remera y creo que me salvó la vida”, dice Franco. “A mí me pasó algo parecido, alguien me quito la campera que tenía que estaba en llamas”. Dolores y Franco recuerdan los gritos de Lucía, tirada en el suelo. “Pedía que la ayudáramos, era desesperante, repetía nuestros nombres, y nosotros no podíamos hacer nada, estábamos envueltos en fuego”.

"No queremos que el caso de Luchi sea uno más y termine encajonado. Vamos a luchar por la memoria de nuestra amiga hasta que los responsables paguen", coinciden Franco, Agustín y Dolores. Foto Juano Tesone
“No queremos que el caso de Luchi sea uno más y termine encajonado. Vamos a luchar por la memoria de nuestra amiga hasta que los responsables paguen”, coinciden Franco, Agustín y Dolores.
Foto Juano Tesone

Franco muestra las secuelas de las quemaduras, Injerto en brazos y piernas, una lengua roja en su cuello. Dolores hace lo mismo con su mano izquierda, que estuvo seriamente comprometida y tiene marcas en el cuello y en el pecho. Agustín es quien más “barata” la sacó, aunque cuando muestra las fotos de cómo se encontraba 24 horas después de la explosión, es increíble que su cuerpo haya absorbido aquellas marcas.

Creyentes, los jóvenes no le echan la culpa a Dios. “No nos preguntamos por qué Dios quiso esto, no… Pero sí te aparecen un montón de sensaciones encontradas cómo por qué fuimos a ese bar, por qué llamamos a la moza para que encienda el centro de mesa, todas preguntas sin respuestas”, se quiebra Dolores, con la mirada perdida. “Nosotros íbamos mucho a la plaza Muñiz de acá del barrio y Luchi me decía ‘no te olvides de llevar la guitarra’, porque yo toco y ella cantaba canciones religiosas, sus preferidas, y hacíamos un picnic al aire libre”, recuerda Agustín”.

La charla es desordenada, a veces hay silencios o frases cortas. Serena, Lorena escucha, no quiere meterse, pero suelta que “Luchi era muy creyente, no sé de quién lo heredó, pero ella se comprometió mucho con Jesús, con la Virgen María y con su tarea de misionar. También hablábamos de la muerte con Luchi, ella me decía ‘mami, disfrutá a pleno cada momento, no sabemos cuándo dejaremos este lugar, por eso siempre nos saludábamos, había motivos para darnos un beso y abrazarnos”. Hace una pausa, busca un consuelo. “Ella disfrutó pero tenía toda la vida por delante”.

Franco (19), muestra el injerto de su brazo derecho. "Ya me acostumbré a tenerlos, también las piernas, por suerte no me imposibilita hacer deportes", dice el joven que practica vóley. Foto Juano Tesone
Franco (19), muestra el injerto de su brazo derecho. “Ya me acostumbré a tenerlos, también las piernas, por suerte no me imposibilita hacer deportes”, dice el joven que practica vóley.
Foto Juano Tesone

Después de recibir el alta, en noviembre de 2020, Franco debió seguir la recuperación en su casa, con brazos y piernas vendados.
Después de recibir el alta, en noviembre de 2020, Franco debió seguir la recuperación en su casa, con brazos y piernas vendados.

Dolores, Franco y Agustín admiran la entereza de Lorena, sus agallas. Y se acoplan al recuerdo de su amiga. “Era siempre la que unía a los grupos, la que organizaba las salidas, la que te decía ‘no importa si no tenés plata, vení a tomar algo y vemos, pero vení’“, desliza Franco. “Siempre impulsando lo social, diciéndonos cuánto nos extrañaba y cualquier excusa venía bien para verse. Conmigo se juntaba para caminar y tomar unos mates, pero con otros amigos andaba en bici, en rollers y también salía a correr”, agrega Dolores. “Eramos amigotes pero de verdad, no había otra cosa -hay sonrisas pícaras-, es más, a veces nos contaba que le gustaba algún chico, siempre decía que quería tener un novio pero serio“, remarca Agustín.

Lorena escucha y sonríe por primera vez por la descripción de sus amigos. “Además es tan coqueta, siempre impecable… Que el pelo, que el maquillaje, que las manos, las uñas, la ropa inmaculada, arregladita y hermosa es ella. Perdón que hable en tiempo presente, pero para mí Luchi está acá con nosotros, la siento cerca… El 12 de abril hubiera cumplido 19 añitos, ¡qué crimen, Dios!”. “Nosotros también la sentimos con nosotros, ellá está acá”, suma Franco, que le pone el brazo en un hombre a Lorena. 

Dolores (18) muestra su mano izquierdo, que estuvo en serio peligro. "Fue difícil la internación, se hizo larga, pero a diferencia de Luchi, yo tuve la oportunidad de recuperarme". Foto Juano Tesone
Dolores (18) muestra su mano izquierdo, que estuvo en serio peligro. “Fue difícil la internación, se hizo larga, pero a diferencia de Luchi, yo tuve la oportunidad de recuperarme”.
Foto Juano Tesone

La moza trae unas gaseosas, los jóvenes se reacomodan, suspiran, aflojan hombros. Trasunta en ellos cierta incomodidad pero también una necesidad interna de visibilizar el recuerdo y que la causa judicial no se diluya. “Yo los necesito mucho a ustedes, que me acompañen para que no quede abandonada, para que los responsables vayan presos. Pero sin ustedes, será difícil. Sé que cada uno tiene sus tiempos y que lo que han vivido fue una pesadilla…“. Lorena insiste con su pedido que sabe a súplica.

“Contá conmigo, Lore”, le dice Franco, enojado por la inacción de la Justicia. “Es desesperante la situación, porque vemos que no se hace nada, pero por otra parte es lo que pasa siempre en este país, cuántos casos hay como el de Luchi que se lo traga la tierra. Los abogados no se quieren meter con la gente del bar, que parece que tiene llegada poder”. Agrega Lorena: “La causa está sucia y no se avanza por una cuestión política. Siento que nos están cerrando las puertas de todos lados, por eso agradecemos este espacio”.

Agustín (17) estuvo sólo un día internado. "Cuando vi cómo estaba al otro día de la explosión no lo podía creer... Tampoco puedo creer que ahora casi no tenga marcas". Foto Juano Tesone
Agustín (17) estuvo sólo un día internado. “Cuando vi cómo estaba al otro día de la explosión no lo podía creer… Tampoco puedo creer que ahora casi no tenga marcas”.
Foto Juano Tesone

Agustín muestra una foto "publicable" de cómo se encontraba días después de la explosión en el bar de San Miguel. "Hay otras que me impresionan hasta a mí".
Agustín muestra una foto “publicable” de cómo se encontraba días después de la explosión en el bar de San Miguel. “Hay otras que me impresionan hasta a mí”.

“Vamos a estar y vamos a llamar a todos los amigos que estuvieron y los que no estuvieron para hacer marchas y el ruido necesario“, dice Agustín. Dolores la mira a Lorena y le confiesa: “Yo intenté muchas veces comunicarme con vos después de que me dieron el alta para que contaras conmigo pero no me terminaba animando, no sabía qué decirte“. Lorena le extiende la mano en señal de agradecimiento. Franco se disculpa de antemano por un flashback de terror.

“El sábado 10 de abril, al día siguiente, cuando me trasladan al Instituto del Quemado, no había camas disponibles, hasta que se desocupa una. “En medio de mi cuadro de gravedad, pero lúcido, me entero que la cama que quedó libre es la que dejaba Luchi, que acababa de morir… Yo escuchaba los gritos de una mujer desesperada…”. “Era yo”, se superpone Lorena. “¿Eras vos? -se sorprende Franco-. “Bueno, yo en mi estado, todo vendado, escuchaba ‘murió la chica de San Miguel… Quería levantarme y salir a buscar a mi amiga”, se le llenan los ojos de lágrimas.

Dolores es la persona que más vínculo tuvo con Lucía en sus últimas horas. “Pasé por su casa aquella noche de viernes, nos probamos ropa y yo la acompañé en su ritual de ponerse a punto. Se probaba un vestido, bajaba la escalera y le preguntaba a su mamá cómo le quedaba, así estuvimos como dos horas hasta que fuimos al bar”, reaparecen sonrisas. Y por cosas del destino Dolores y Lucía compartieron la ambulancia rumbo al Hospital Larcade.

Marcha para pedir justicia por la muerte de Lucia Costa Osores en el bar Zar Burguers, de San Miguel. Foto Juan Manuel Foglia
Marcha para pedir justicia por la muerte de Lucia Costa Osores en el bar Zar Burguers, de San Miguel.
Foto Juan Manuel Foglia

El 14 de octubre se hizo una marcha -encabezada por Lorena Osores- frente al bar Zar Burguers, de San Miguel, para pedir justicia por Lucía Costa. Foto Juan Manuel Foglia
El 14 de octubre se hizo una marcha -encabezada por Lorena Osores- frente al bar Zar Burguers, de San Miguel, para pedir justicia por Lucía Costa.
Foto Juan Manuel Foglia

“Estábamos cada una en una camilla -también estaba Thiago, otro amigo herido- y ella me decía todo el tiempo ‘por favor, llamá a mi mamá, llamala, llamala’, decía con desesperación. No lograba verle la cara porque los médicos la estaban haciendo los primeros auxilios y le habían colocado una máscara de oxígeno. Yo intenté acercarme, tocarle la mano, pero una de las médicas del SAME no me lo permitió. Traté calmarla dentro de lo posible, ella me pedía ayuda hasta que llegamos y nos separaron”.

Dolores habla mirando fijo a una ventana mientras que Lorena no le saca la vista de su rostro. “Es increíble, ellas empezaron y terminaron la noche juntas”, dice la mamá de Luchi, que lamenta no haber sido llamada un rato antes para asistir a su hija. “Otras madres como la de Franco llegaron al bar pero yo me enteré de esta tragedia cuando mi hija estaba en el hospital. Ni siquiera pude recuperar el teléfono de mi hija, que, ¡podés creer! no se sabe dónde está. Allí deben haber un montón de recuerdos de mi hija que necesito recuperar”.

Para colmo, hubo algo llamativo y movilizante: el último 20 de febrero Lorena y sus amigos recibieron un mensaje desde el celular de Luchi: “Lucía salió del grupo” de familias en el que estamos todos”, decía, lo que les generó palpitaciones a todos. “No puedo creer cómo no se localizó esa conexión, en realidad entiendo que no hay voluntad”, esgrime Lorena.

Lorena apostilla. “En tragedias como ésta el tiempo es fundamental. La ambulancia tardó como cuarenta minutos, y a la primera que se llevaron fue a Priscila -la que generó el incendio y la explosión-, que no estaba grave como sí Luchi. Es algo que no me explico, no lo puedo creer”. Agustín es conocido de Priscila, además estuvo internado a su lado. “La escena era llamativa, los dos internados, en la misma habitación, me decía que hizo lo que le habían instruido sus jefes para usar el alcohol, pero no entendía cómo había sucedido. La veía muy triste, lloraba todo el tiempo”.

Priscila Luca está imputada junto con el dueño, Carlos Eduardo Oliverio y un encargado del local de apellido Ramírez, en una causa caratulada como “homocidio culposo”, aunque los abogados de la familia de Lucía están trabajando para cambiarlo por “homicidio doloso”. “Si ella -por Priscila- no colabora, será la más perjudicada, porque el dueño, Oliverio, tiene ayuda desde la política, seguramente él se va a salvar, por eso creo que esta chiquita deberá ser clara, porque en las declaraciones que hizo apañó a su jefe”.

GS

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