La frivolidad en tiempos de plaga

admin

27/03/2021

El rey ha muerto, viva el rey. La corrección política ha muerto, viva su heredera. En el mundo anglosajón, donde nació el fenómeno y donde sus dogmas se aplican sin piedad, ya no se habla de “political correctness”. El término despareció. En su lugar algo más conciso, de una sílaba, la palabra “woke”. Con la posible excepción de “covid”, “woke” debe ser el término que más recurre estos días en los medios y en las redes sociales de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Nada que ver con la cocina china, “woke” significa, literalmente, despierto. En el ámbito de moda hoy se refiere a un estado de alerta permanente ante posibles ofensas relacionadas con el racismo, el género, la homosexualidad, o la historia imperial.

Al principio los castigados eran gente de una cierta edad cuya generación ni estaba al tanto del nuevo dogma, ni entendía que ciertos temas no admiten bromas. El viejo profesor universitario que dijo que las mujeres lloraban más que los hombres y perdió su trabajo; la líder feminista de los años setenta cuyas conferencias fueron canceladas tras declarar que “cortarle los huevos a un hombre no significa que sea mujer”; el veterano periodista del New York Times que utilizó la palabra “nigger” (ultra verboten para los blancos, no para los negros) en un contexto ni racista ni insultante pero la dijo y por eso su diario le despidió; y, bueno, la lista de ejemplos daría para una colección de libros más extensa que los de Harry Potter, cuya autora también ha sido crucificada por atenerse a la arcaica noción de que existe una diferencia biológica entre hombres y mujeres.

La sombra de la muerte en estos tiempos de plaga nos debería haber dado un sentido más refinado de la proporción. Pero no. Lo más reciente es que la revolución woke, como casi todas las revoluciones, está devorando a los suyos. Hoy los objetivos de la nueva ira puritana son los que habitan sus propios recintos. La pureza deber ser absoluta, coherente a lo largo de toda una vida.

Tomemos el caso, muy sonado en Estados Unidos, de Alexi McCammond, una mujer de 27 años cuyas credenciales woke habían sido consideradas tan impecables que se la nombró directora de la revista neoyorquina ‘Teen Vogue’, Vogue para adolescentes. Poco después del nombramiento, hace un par de semanas, se desenterraron unos mensajes ofensivos de las profundidades de su cuenta Twitter. Ofensivos a los homosexuales: “Sos tan gay!”, le escribió a alguien. Y a los orientales: “Temo despertarme con los ojos hinchados como los de un asiático”.

De orígenes humildes, ganadora del premio a la mejor joven periodista negra del año, McCammond no envió estos tuits hace un año, ni dos, ni cinco. Los mandó hace una década. Cuando tenía 17 años.

Hoy se arrepiente. Pidió disculpas mil veces. Versada en el vocabulario woke, ha reconocido haber causado “intenso dolor”. Nada. No hubo perdón. Nadie reflexionó que a los 17 años todos hacemos o decimos torpezas de las que después nos arrepentimos. El consenso en el despierto mundillo Vogue, entre jefes y empleados, fue abrumador: la chica se tenía que ir. Y se fue.

Podría haber sido peor. McCammond es demasiado inteligente y encantadora, según leo, para que se le niegue la posibilidad de redención. Si hubiera sido blanca, más difícil. Le hubiera tocado una larga época en el purgatorio. Si hubiera sido un hombre blanco la condena hubiera sido el infierno hasta el final de los tiempos y más allá.

Bueno, es verdad que los hombres blancos ocupamos el eslabón más vil de la nueva pirámide moral, que además de racistas somos depredadores sexuales hasta que se demuestre lo contrario, pero conozco un caso de un hombre muy blanco, y encima con antepasados imperiales, que ha logrado superar los pecados del pasado. El pelirrojo más famoso del mundo, nieto de la reina de Inglaterra, ofrece una gloriosa excepción a la regla. Hoy Harry Windsor es el príncipe del movimiento woke. Ha quedado en el olvido que cuando tenía no 17 sino 20 años fue a una fiesta ─existen fotos─ disfrazado de Nazi, con camisa marrón, esvástikas y todo.

¿Cómo logró borrar de la historia un gesto mil veces más infame que cualquier tuit que haya lanzado la pobre Alexi McCammond? Primero, no deja de emitir piadosos comunicados sobre la deseabilidad de crear un mundo menos injusto, menos racista y menos desigual. Segundo, se casó con una harpía bienpensante, una maestra del mira lo que digo no lo que hago.

Pero si esa es la fórmula requerida para obtener la absolución el día en el que salgan a la luz las barbaridades que debo haber dicho cuando tenía 17 años, prefiero la opción más digna del infierno. Por ahora doy gracias de que vivo en España y no en Inglaterra o Estados Unidos. Tiemblo ante la posibilidad de que el movimiento woke aterrice acá.

Aunque, claro, no es que estemos exactamente sin pecado en estas tierras. La moda woke pasará. No sé si con el tiempo veremos solución al problema de nuestros políticos y gobernantes, cuya frivolidad en estos tiempos de pandemia pasará a la historia.

Ahí siguen como siempre, centrando sus energías, sus limitadas capacidades mentales y su escaso juicio en sus riñas internas y externas, da igual que sean de derecha o de izquierda, da igual que Roma arda, que el virus se extienda y las vacunas no lleguen. Si el precio de convivir con el movimiento woke es el haber vacunado ya a la mitad de la población adulta, lo acepto. Que despidan a personas como Alexi McCammond es una ridiculez. Pero acá en España y en otros lugares de la Unión Europea el despido no sería castigo suficiente por las muertes que se han ocasionado y se ocasionarán debido a la irresponsabilidad de demasiados de nuestros líderes. Como me decía un veterano médico esta semana, un investigador de reputación mundial, ha llegado la hora de dar ejemplo y meterles en prisión.

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