La hora del contra-relato

admin

21/06/2021

Argentina avanza otra vez hacia una crisis de proporciones. Todavía no hicimos el ajuste y los indicadores sociales ya se parecen a los del 2003. El panorama es trágico, pero quizás haya una luz al final del túnel. Las crisis profundas ofrecen una formidable oportunidad para el aprendizaje colectivo. No olvidemos que las democracias europeas se edificaron sobre las ruinas del fascismo.

En términos objetivos, la ideología nacionalista, autoritaria y antiliberal que se apropió de nuestra cultura pública durante el siglo XX parece exangüe, y la fiesta de impunidad, violencia discursiva y regulaciones económicas anacrónicas solo incrementan el malestar.

Pero los cambios no se producen solos; requieren diagnósticos claros y una épica que ayude afrontar los costos de la transición. Nadie está dispuesto a pasarla mal en nombre de la decencia y la buena gestión.

La crisis del 2001 es un antecedente que vale la pena examinar. Según el relato oficial, esa crisis fue resultado del neoliberalismo. Es cierto que en el período previo Argentina aplicó algunas de las directrices del Consenso de Washington. Pero las combinó con recetas populistas clásicas, como el déficit fiscal, el atraso cambiario y una legislación laboral surgida de la Carta del Lavoro. Este es un excelente ejemplo de cómo los marcos conceptuales son decisivos en la construcción de los hechos. El relato anti-liberal se volvió viral porque fue la única matriz de sentido disponible. Nadie se atrevió a contar otra historia.

Si nos guiamos por esa experiencia, es obvio que el futuro del país se dirimirá en gran medida en el plano de los símbolos, y el populismo ya trabaja en la construcción de un imaginario sobre la crisis.

Todo indica que pasaremos a una nueva fase del relato en donde el enemigo serán el capitalismo, las clases medias y la democracia liberal. Putin y Venezuela se dibujan en nuestro horizonte. Por eso es crucial que haya una narrativa alternativa para organizar la experiencia.

Lamentablemente, ni la dirigencia ni las elites intelectuales parecen dispuestas a asumir la tarea. Siempre atenta a evitar el enrolamiento forzoso en la derecha, la intelectualidad “liberal” no se decide a salir del closet y convive plácidamente con los mitos y mentiras populistas. “Competitividad”, “trabajo”, “igualdad de oportunidades” y “movilidad social ascendente” son el lenguaje universal de la izquierda moderna. En Argentina, este es un campo semántico que solo transitan “halcones” y extremistas.

Por su parte, la interna de Juntos por el Cambio pasa mucho más por las listas, los liderazgos internos y la estrategia electoral que por ofrecer un proyecto político y una narrativa que lo acompañe.

Antes de discutir nombres, habría que discutir un programa y elaborar un discurso con potencial transformador. Camuflarse con el adversario quizá sirva para ganar una elección, pero no sirve para gobernar ni para cambiar el país. Los grandes movimientos políticos no corren detrás de los votos; crean su propio electorado. Ya probamos con todo; probemos alguna vez con la política.

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