La impronta de Menem

admin

14/02/2021

Desde la recuperación de la democracia en 1983, la Argentina demarcó sus ciclos políticos al ritmo de los períodos electorales y mandatos presidenciales, marchando siempre (tomando una imagen de Giovanni Sartori) “con una locomotora de un solo motor”.

El presidencialismo le dio forma a estos ciclos, pero también las propias características de la cultura política, la evolución del sistema de partidos, los liderazgos y las experiencias de gobierno que, a lo largo de cuatro décadas, atravesaron –en diferentes contextos y con diversa suerte- por comparables etapas de ascenso, apogeo y agotamiento.

La de Menem fue la más prolongada. Antes de que Néstor Kirchner y Cristina Fernández, marido y mujer, recogieran el legado -y las secuelas- de aquella experiencia y le pusieran su sello diferencial.

El primer recambio de gobierno, de Alfonsín a Menem en 1989 fue traumático pero significó, al mismo tiempo, la primera alternancia en el poder por obra del voto popular desde la vigencia de la Ley Sáenz Peña.

Al menemismo le tocó pilotear la entrada en los ’90 y fue –a su manera- la respuesta que dio la Argentina a los desafíos de la crisis del Estado y la globalización; un modelo hiper-presidencialista y decisionista para encarar las reformas neoliberales que se propuso –y expuso- como una “revolución conservadora-popular” con sus dos pilares -las privatizaciones y la convertibilidad peso-dólar- y sus dos cerebros y alfiles: Roberto Dromi y Domingo Cavallo.

Así logra Menem su reelección en 1995, reforma constitucional mediante. Pero su segundo gobierno empezó a agotar sus energías hacia 1997 y pierde las elecciones de medio término. Se produjo entonces la segunda alternancia, en 1999, con el triunfo de la Alianza entre la UCR y el Frepaso.

Pero esta terminó siendo más la prolongación de los 90’s que la entrada en un nuevo ciclo: el descalabro a fines de 2001, la renuncia de De la Rúa en medio del estallido social y el fin de la convertibilidad, desembocó en la presidencia de Duhalde, el primer vicepresidente de Menem, surgida de la Asamblea Legislativa (2002-2003).

Lo curioso es que en las elecciones de 2003, Menem vuelve a presentarse y gana en primera vuelta, con un 24% de los votos. Si no regresa a la presidencia es por la propia reforma constitucional del ’94 que le habilitó una reelección pero introdujo el ballotage.

La gran lección de cómo las reglas institucionales pueden contener y domesticar el personalismo de los líderes: no alcanza con ser la primera minoría para ganar. Y menos para gobernar.

El menemismo fue en un sentido más que su gestión de gobierno: representó una forma de ver y entender la política que trascendió al peronismo. Pero fue también menos que éste: un sector que fue perdiendo su predominio y terminó devorado por sus sucesores, quienes crecieron bajo su influjo.

El principal de ellos, proveniente de Santa Cruz, heredó algunos de sus rasgos distintivos y así fue que el kirchnerismo mantuvo al ex presidente en su espacio, como senador cuasi-vitalicio, al mismo tiempo que no dejaba de mostrarse como las antípodas de su década emblemática. Carlos Menem, el presidente que gobernó durante más tiempo de manera ininterrumpida en nuestra historia, dejó su impronta en el curso de la democracia. También de sus distorsiones, asignaturas pendientes y promesas incumplidas.

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