La nueva historia de Marcelo Bimajer: Rulín

admin

12/02/2021

Cacho salió de lo de Mariana incompleto, pero feliz: el orden de los factores incidía en el resultado sentimental. Había deseado conocer en la intimidad ese rostro desde una década atrás, cuando lo había visto por primera vez: intenso, interesante, la boca levemente torcida de Mariana, con algo de princesa rea, contenida en su fiebre discreta, aguardando un momento secreto compartido para estallar en pasión.

Ahora Cacho había podido recorrer no solo las delicias auguradas, sino las expresiones de rubor y osadía. Pero no pasaron de las caricias. Primero, casorio. A Cacho le gustaba el límite: también sabía que el padre, el señor Ventera, lo correría con una escopeta en caso contrario. Pero prefería a Mariana tal como era, con sus fronteras. Cacho ya había decidido aparecerse una semana más tarde, en Mar del Plata, donde los Ventera veraneaban, llevarla a ver la obra de Olmedo y Porcel en el teatro Sankol y, al regreso, despertar a don Ventera para pedirle la mano de Mariana. Quizá Ventera refunfuñara, pero era un lindo artilugio.

Alicia, la hermana de Mariana, últimamente no aparecía por la casa, y esa tarde tampoco. Pero había que huir antes de que llegara Ventera, porque las pruebas del pecado inconcluso eran evidentes. No obstante, como enfrentaba su más importante entrevista laboral, tuvo que elegir: ¿afeitarse in situ y arriesgar a que llegara don Ventera, o afeitarse por el camino? Más de una vez había visto a las mujeres maquillarse rumbo a un destino cualquiera, en el espejo retrovisor del auto. Pero Cacho se bajaría en una estación de servicio. También llevaba la gomina para aplacarse el cabello. En la puerta de calle, milagrosamente, bajaba Alicia de un taxi: se lo dejó vacío. Cacho subió y le dio al chofer la ubicación exacta de la General Paz donde se alzaba el imponente edificio de la Mage Nutriviti.

La cita era nada menos que con el gerente norteamericano: el señor Koren. Le había costado horrores a Cacho ser atendido y encontrar un hueco en la agenda del ejecutivo. Si lo contrataban, se podía presentar a Ventera como el candidato perfecto. Mariana lo amaba y él garantizaría un buen pasar, un trabajo estable y perspectivas de futuro, incluso fuera del país: el horno no estaba para bollos. Las motas del chofer sobrepasando el asiento trasero le llamaron la atención, pero lo semblanteó aún más en el espejo retrovisor del conductor.

-Perdoname una cosa -dijo Cacho-. ¿Vos sos Rulín?

El chofer pareció mosquearse. Había arrancado el viaje casi como si no necesitara que le indicaran la dirección, pero reaccionó hosco.

-¿Cómo?- preguntó retóricamente el taxista.

-Rulín -insistió Cacho-. ¿Vos sos mi compañero de secundaria Rulín?

El taxista, casi a disgusto, asintió:

-En otra vida.

-¿Pero cómo terminaste acá?

-¿Qué tiene de malo ser taxista? -preguntó Rulín.

-¿Pero quién dijo que tiene algo de malo? -se dijo Cacho-. ¡Rulín, viejo y peludo! ¿Cómo andás?

-Bien -pareció tranquilizarse Rulín-. Muy bien.

-Rulín… -musitó por tercera vez Cacho. Pero a Rulín no parecía gustarle aquel apodo, por más que se mantenía el motivo. Alfredo Miliore, recordó nombre y apellido Cacho, de su compañero de colegio secundario. Vaya uno a saber cómo había terminado allí: no era su asunto. Pero cuando tomaron la General Paz, Rulín se puso serio y declaró:

-Cacho, esto no tiene nada que ver con vos. Pero es un operativo nacional y popular, para una Argentina socialista.

-¿Qué? -preguntó sobresaltado Cacho.

Rulín, por toda respuesta, abrió la guantera, le dejó ver un arma y la empuñó. La puso sobre su propio regazo.

-Si te movés, cualquier cosa que quieras hacer, te bajo de un tiro -explicó Rulín-. En cuanto lleguemos a la Nutriviti, saludás al guardia y entramos con vos.

-¿Quiénes? -preguntó con tono desesperado Cacho.

-No te importa. Lo único que tenés que hacer es asentirle al guardia de entrada; y si te preguntan algo en la garita, decile que vengo con vos.

Cacho se mantuvo en un silencio de espanto.

-Te lo voy a explicar una sola vez -dijo Rulín-. No espero concientizarte en un viaje, pero por lo menos que sepas que hay una causa. Para vos es un trabajo, pero estos explotadores condenan a Latinoamérica a una vida de sumisión al imperialismo yanki.

Cacho estaba diametralmente en desacuerdo; pero solo pensaba en sobrevivir para poder concretar con Mariana.

-Rulín… -se le escapó involuntariamente a Cacho. No se lo podía creer.

Aunque no era una respuesta a ese vahído de Cacho, Rulín acotó, en tono marcial:

-Te aclaro que haber sido compañeros del secundario no va a hacer que me tiemble el pulso: sé cómo disparar. Ya no soy Rulín.

Faltarían unos quince kilómetros para llegar a la Nutriviti, cuando Cacho se preguntó si ése no era el mejor momento para intentarlo: ¿convenía abrir la puerta y saltar del auto? En ese tramo de la General Paz, a esa hora, se formaba un moderado cuello de botella, hasta la siguiente salida. A esa velocidad, podía abrir la puerta y saltar. Decidió esperar. Si es que en ese estado se lo podía llamar “decidir”.

Cuando el atolladero de autos llegó al punto de andar a paso de hombre, y faltaban apenas minutos para atravesar la salida y retomar la velocidad habitual, ya anochecido el cielo, Cacho tomó con una de sus manos los rulos de Rulín y tiró con todas sus fuerzas hacia abajo. Rulín no tuvo tiempo de maniobrar con el arma: la navaja empuñada por Cacho le seccionó el cuello de punta a punta. Con una velocidad inhumana, Cacho pasó adelante, cuidándose de no mancharse con sangre, movió a Rulín al asiento del acompañante lo mejor que pudo y arrimó el auto a una banquina oscura. Con la misma arma de Rulín, bajó del auto, caminó hasta el baúl y disparó hasta vaciar el cargador. Escuchó dos gemidos, pero no abrió el capot. Limpió el gatillo y la culata con un pañuelo, y dejó el arma en el regazo de Rulín. Caminó con cuidado, con su maletín, hasta la estación de servicio que se veía abajo. Entró al baño y después de lavar minuciosamente la navaja, se afeitó y se aplicó la gomina. Su remisero de confianza, previamente apalabrado, lo aguardaba a la salida de la estación. Llegó justo a tiempo a la cita con Koren.

-Usted dirá -dijo con acento norteamericano el señor Koren. Pero luego de un silencio gestual, agregó en un castellano de diccionario, replicando lo que Cacho le había anticipado por teléfono días atrás: -¿Cuál era esa información respecto de mi seguridad que sólo me podía brindar personalmente?

-Acabo de impedir un secuestro en su contra -precisó Cacho-. Lo más probable es que le haya salvado la vida. Pero no vayamos tan lejos: ¿qué le parece si primero le presento las pruebas, y después hablamos de esa posibilidad laboral?

POS

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