La nueva historia de Marcelo Birmajer: Catanga Lomares

admin

26/11/2021



Por entonces yo trabajaba en una redacción, lo más parecido a una oficina que me ha tocado compartir. De todos modos permanecía alejado y solitario. Mi escritorio era apodado Favela, por lo desordenado y distante. En cualquier caso, me vi obligado a pedirle prestada la caja de fósforos al responsable de la sección Gremiales: para encender la hornalla y calentar el agua del mate.

Era un hombre de la burocracia sindical peronista y me detestaba consistente pero silenciosamente. Sosteníamos una mutua reserva directa y saludable: dos personas en las antípodas de sus respectivas ontologías. No obstante, me prestó la cajita de fósforos.

Antes de que pudiera encender la hornalla, me llamaron de recepción. Alguien preguntaba por mí. Extrañísimo. Muy poca gente sabía de la existencia de ese diario, mucho menos de la mía. Acudí. Dos trogloditas, con los brazos tatuados con leyendas deportivas -aún eran inusuales los tatuajes-, aguardaban con cara de pocos amigos, para variar.

-Necesitamos hablar con el señor-, dijeron medio al guardia de entrada, medio a mí.

-¿Sobre qué asunto? -me escuché balbucear, atemorizado.

– Privado -respondió con cautela el más facineroso de los dos.

– No -repliqué-. O me dicen de qué hablamos, o no hablamos.

– Le conviene acompañarnos -me amenazó el otro.

El guardia de seguridad, que atestiguaba la escena, tampoco me apreciaba. Pero en esta ocasión se vio obligado a ejercer su función.

– Si el señor no quiere acompañarlos -aclaró-, se van a tener que retirar.

Los dos tatuados se miraron el uno al otro, al guardia y a mí: cotejaron riesgos y posibilidades, y se retiraron refunfuñando.

Regresé a la redacción inquieto. El jefe de Deportes me preguntó si podía reescribir una nota sobre un barrabrava de paradero desconocido, y el responsable de Gremiales me pidió que le regresara la cajita de fósforos. Pero yo la había perdido. El agua del mate aún estaba fría.

Esa noche salí mirando para los cuatro costados, seguro de que me matarían al llegar a mi cuchitril y preguntándome sobre qué turbios aconteceres habrían querido apalabrarme aquellos dos orilleros.

Al día siguiente desperté feliz de estar vivo -bueno, feliz es un decir-, y entré en la redacción con renovados bríos. Sobre la favela -mi escritorio- me esperaba el responsable de Gremiales, junto a los dos gandules del día anterior. La cajita de fósforos perdida cobraba su precio.

– Nos va a tener que acompañar -dijo con calma uno de los esbirros.

Me pareció que estaba armado. Los seguí: si mi hora había llegado, mejor no hacer papelones. En el auto, una camioneta de verdulería, me aclararon los tantos: Catanga Lomares, por entonces el jefe de la barrabrava de Boca, en medio de una trifulca contra la barra de un equipo de la B -pelea por motivos no futbolísticos- había recibido un golpe terrible en el cráneo.

En rigor, el del tatuaje con la cara de Pernía me extendió un papel de prescripción médica, con un diagnóstico en caracteres que parecían sinogramas: “Hemorragia que afectó parte de la corteza pre frontal orbito basal, corteza pre frontal ventro medial y núcleos subcorticales relacionados”. Le devolví el papel.

– No entiendo un pomo -confesé.

El patovica lo guardó como si su función estuviera cumplida. Como nunca supe los nombres de mis dos Virgilios, los llamaré Abot y Virgilio.

Llegamos al portón de madera de una obra en construcción. Abrieron una puerta sin ranuras, y bajamos a un pasillo subterráneo de cemento casi fresco. Traté de comunicarme en silencio con el Creador por si fueran mis últimos minutos, pidiéndole como única merced que me explicara por qué. Pero como siempre hace en estos casos, permaneció silente.

En el sótano había una especie de orate totalmente vestido de River. Gorro, bandera, vincha: camiseta, pantalón, zapatillas. Era Catanga Lomares, el capo de la barrabrava de Boca. Tenía el rostro amoratado, los ojos en compota, una prominencia en la sien bajo el gorro Piluso blanco con la banda roja.

Virgilio me lo señaló como si la apariencia alcanzara. Abot agregó con palabras: – Después del golpazo, se hizo de River. No sabemos qué hacer. Lo trajimos acá. Pero esto no da para más: nos pega, nos insulta. No lo podemos sacar a la superficie así: por más que lo expliquemos en los medios. El Catanga Lomares… ¿de River? ¡Se termina la hinchada, el club!

– ¿Y yo qué tengo que ver? -se me escapó.

Abot se pasó la mano por la frente. No le gustaban las aclaraciones.

– La esposa del Catanga le reclamaba más presencia en la casa -detalló-. Al hijo le dieron un libro suyo en la escuela…

– ¿Un libro de quién? -musité.

– Suyo, de usted -repitió Abot.

– Ah -exhalé.

– El Catanga leyó ese único libro, para ayudar al pibe. El único libro que leyó en su vida... “Soy millonarioooo…”, nos interrumpió cantando el Catanga, con una melodía por entonces popular, pero que ahora no me viene a la mente.

– Al pibe lo aplazaron. El Catanga lo odia a usted más que a nada en el mundo. No sé en qué nota usted dijo una vez que era de River; y el Catanga nos dijo que si podía, lo mataría. Según el psiquiatra al que lo llevamos, si usted se presenta, le dice que es el autor del libro y que es de River, ese shock emocional puede hacer que el Catanga recupere su verdadero equipo.

– Pero me va a querer matar…

– Nosotros le garantizamos la vida.

-¿Por cuánto tiempo? -desafié.

Abot y Virgilio miraron para otro lado.

– Un viaje a Brasil -apostó Virgilio.

– ¿Cuándo? -requerí.

– Apenas se recupere Catanga. Viaje en avión, resort all inclusive.

– Hecho -acepté-. Les extendí la mano. Pero ninguno de los dos me la aceptó.

– Catanga -articulé, mirándolo a los ojos- Soy Birmajer, el autor de Un crimen secundario, soy de River.

Catanga me miró como un entomólogo a un insecto, frunció el ceño, lo distendió, saltó en el lugar, se me acercó, me abrazó y cantó invitándome a seguirlo: – Sol y luna, sol y luna, sol y luna… que lo traigan a Lorenzo…. lalalala de Labruna (omito la referencia obscena adversa al Toto Lorenzo).

Yo no había escuchado nunca esa rima, pero evidentemente era a favor de River. El tratamiento de shock había fracasado. Abot y Virgilio hicieron girar sus cabezas en señal de resignación. Intuí que mi participación en el asunto, y en el mundo, terminaba en ese instante. Pero me dejaron marchar. Cerraron el portón tras de mí, como si me permitieran volver a mi dimensión.

Recién entonces descubrí que estaba en la Boca, cerca de la avenida Montes de Oca.

Caminé cabizbajo hasta la redacción, en el microcentro porteño. Me senté en la favela. Comencé a teclear cualquier cosa en la máquina de escribir. El responsable de Gremiales había encontrado la cajita de fósforos. Mi mate estaba frío. El jefe de Deportes me pidió que reescribiera la nueva nota sobre el paradero aún desconocido del Catanga Lomares. Nunca más apareció.

WD



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