La nueva historia de Marcelo Birmajer: La vikinga

admin

17/09/2021

Desde tiempos inmemoriales, Celerio Butkin me ofrecía “participar de un proyecto”. No me aclaraba si se refería a que yo diera una conferencia, escribiera una obra de teatro o su biografía.

Era un megamillonario que supuestamente vivía en Santo Domingo, pero aparecía ubicuamente por Buenos Aires. La primera vez que nos habíamos visto, él tenía 80 años -lo recuerdo porque me explicó un inconveniente para invitarme al cumpleaños en el hotel De Las Américas- y yo 24. Ya entonces me habló “del proyecto”.

Pero con el paso del tiempo, mientras Celerio conservaba su apariencia, yo envejecía. Yo era su retrato de Dorian Gray: llegué a pensar que se reunía conmigo solo porque, por medio de transmitirme a mí su envejecimiento, se mantenía inmutable como el personaje de Oscar Wilde.

La última vez que nos vimos yo tenía 40 años. No hay modo matemático, al menos para mí, de calcular qué edad tenía por entonces Celerio. Esta vez su propuesta de proyecto incluyó un pago: me dejó una cifra imposible de rechazar en la palma de la mano.

  • Quiero llevar una Ópera a Santo Domingo -me dijo como un reclamo.

    Intenté devolverle el dinero. Pero hizo un ademán de desprecio.

  • No entiendo -alcancé a musitar.

  • Es necesario que escribas el libreto de la Ópera. Se llama La Vikinga. La compré en Broadway, pero no se entiende. Quiero que la adaptes, con contenido judío.

    Me atraganté con el gin tonic que me había preparado su cheff particular.

  • Nunca en mi vida presencié una Ópera -repuse.

    Celerio espantó mi respuesta con un gesto del dorso de su mano.

  • En realidad -continué-, una vez concurrí obligado a una Ópera en Berlín y me quedé dormido. Cuando desperté, por suerte no me habían deportado. Pero no sería capaz de escribir una línea en ese género. No tengo la menor idea.

    Apretó mi mano, en un puño, con los billetes crujientes. Me dio una dirección y un horario. Se marchó inesperadamente, con una velocidad impropia de su edad, incluso de la mía.

Al día siguiente concurrí a ese teatro, off Corrientes, para devolverle el dinero. Mi madre me había insistido para que aceptara el encargo: sería el despegue de mi carrera. Esa sugerencia me inspiró la idea de huir en avión, pero finalmente obedecí al mandato de mis ancestros: no robarás.

Celerio no estaba en la sala. El teatro era de su propiedad. Un director, espamentoso y femeninamente autoritario, me presentó con agresividad al elenco. Eran tres hombres musculosos, vestidos de calza, que representarían a la nobleza parisina; y dos mujeres, que interpretarían la invasión vikinga. Aparentemente faltaba una decena de extras, que se sumarían en los sucesivos ensayos.

Pero yo debía comenzar por escribir la parte de la vikinga. Les expliqué que simplemente había llegado a devolverle el dinero a Celerio. El director hizo oídos sordos y me detalló: la mujer espigada y sensual era una traidora. La vikinga, la heroína del show, sería asesinada al final, no sin antes emitir su canto de cisne.

Lo cierto es que la belleza de la primera dama en cuestión no me permitía distinguir entre la lealtad y su opuesto. Mientras que la vikinga, gruesa, expansiva, masculina, me intimidaba. Tenía la cara completamente maquillada de blanco como si Moe le hubiera puesto un pastel de harina en el rostro a Larry. Yo no podía escribir ninguna parte, pero menos la de la vikinga.

No me animé a dejar el dinero sin su dueño, pero me marché antes de que pudieran continuar involucrándome en esa farsa. Unos minutos después de llegar a casa, me llamó Cecilio, el hijo de Celerio. Se había enterado de la “inversión” de su padre.

“El viejo está loco”, abundó. Esa Opera sería un fracaso en Santo Domingo, y lo del contenido judío era una insensatez. ¿Cuánto me había dado? Confesé y le pregunté dónde se lo podía reintegrar. Me dio la dirección de un edificio de su propiedad, en San Fernando. Quedamos para el fin de semana. Pero antes de cortar, me preguntó si sabía de algo de Celerio.

No, repliqué, la última vez que lo había visto me había impuesto aquel encargo.

Mientras aquel fin de semana viajaba en tren hacia el edificio del hijo de mi frustrado mecenas, me pregunté por qué no venía él al Once; pero asumí el traslado como parte de sacarme aquel peso de encima a como diera lugar, temeroso de que pudieran robarme en cualquier momento. Sin embargo, al llegar me sorprendió el elenco en el sum de la propiedad.

Celerio había muerto, me explicó Cecilio -un infarto fulminante en un cuarto en el que no debía haber estado, poco después de nuestra reunión-, y su legado era concretar aquella Ópera, con contenido judío. Deposité el dinero en su mano, pero el hijo de mi fallecido y ya nunca mecenas se negó a aceptarlo: – Antes era un encargo -dijo con solemnidad-. Ahora una obligación.

A poco de comenzar aquella reunión desopilante, de la que desertaría a la primera oportunidad, terminé de hacerme una composición de lugar: las miradas de Cecilio hacia la traidora dejaban poco lugar a dudas. Quería ser su Pigmalión.

Cuando intenté abandonar la escena, Cecilio me amenazó: la única oportunidad de que la policía no me preguntara sobre la última vez que había visto a su padre, sería escribir por lo menos el parlamento de la vikinga. Me resigné: en mi cosmovisión, soy culpable hasta que se demuestre lo contrario. En mi versión, el campesino frente al guardia, de Kafka, debería celebrar que no lo meten preso.

Escribí el parlamento de la vikinga. Es al día de hoy que lo sigo considerando uno de mis mejores textos, aunque lamentablemente no sé cómo publicarlo. El resto de la Ópera la adaptó un autor que también murió, como Celerio. Pero la noche del estreno la vikinga faltó.

Cecilio bramaba contra mí: habían aceptado mi canto de cisne porque ya estaban sobre la hora, pero desde el minuto uno tanto la vikinga como él habían considerado mi escrito un estropicio.

Lo había compuesto para vengarme, me acusó, porque no quería hacerlo. Intenté argumentar, pero Cecilio me conminó: o interpretaba a la vikinga, o me esperaba el inspector Barrantes, que investigaba la muerte de Celerio.

Le pregunté si se había vuelto loco, pero habían decidido, ante la deserción de la diva, convertir el estreno en un evento promocional bizarro. Mi parte cantando como la vikinga, impostando a la protagonista, atraería a la prensa progresista y la crítica de vanguardia. Además, yo era el único que se sabía el parlamento. Me prometió que con eso quedaba liberado de mi compromiso y podía conservar mis honorarios.

Me pusieron algo más de harina en el rostro de lo que yo recordaba en la vikinga. Me cubrieron con una pechera femenina de metal y un tutú. Me coronaron con una peluca de trenzas rubias. Por suerte no había ningún conocido.

Poco antes de comenzar la función, mientras me hacía gárgaras con un líquido mentolado, tras bambalinas, se me acercó la co protagonista sensual, quizás la verdadera musa de todo aquel Fitzcarraldo; pero lo que yo creía era un deseo de suerte -la palabra en francés que usan los actores para celebrarse antes de actuar no figura en mi léxico-, resultó una intromisión en mi intimidad.

La miré demudado y me susurró al oído:

  • Me gustan las mujeres.

WD

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