La nueva historia de Marcelo Birmajer: Música para sus oídos

admin

19/02/2021

Covelo había llegado a Vicente López a las siete de la mañana y descubierto que el trámite solo podía iniciarse a partir de las 10. Llovía copiosa e interminablemente, y estaban todos los bares cerrados. Parecía una canción de Sabina. Por fin abrió un café: se proponía como una opción sana. Pero en cuanto entró, el volumen de la música le perforó los tímpanos. Ya de por sí era innecesaria la música a esa hora, y siendo el único cliente. Pidió un cortado para tener derecho al comentario y luego del “buen día”, agregó: “¿Podrían bajar un poco la música?”.

Pero no escuchó su propia voz. La camarera tampoco.

Covelo hizo un gesto en el aire, como indicándole a la camarera que girara hacia una disminución del sonido la perilla del artefacto.

La camarera replicó haciendo que no con un dedo. Aparentemente había comprendido la súplica, pero denegaba la clemencia.

A Covelo lo sorprendió una sensación húmeda en la mejilla. Se pasó un dedo: le estaba sangrando el oído izquierdo.

Afuera, a las densas cortinas de lluvia se habían sumado feroces rayos eléctricos. Salir del bar no era una opción. La canción era de las peores que hubiera escuchado, aunque en ese volumen ni siquiera habría apreciado sus canciones favoritas. El cantante escupía obscenidades y anhelos soeces. Covelo no podía entender que esa fuera música ambiente, ni de ningún otro uso. La letra se refería a la mujer deseada como “mamita”, pero las demandas explícitas desafiaban cualquier definición.

El café que le trajeron no merecía su nombre. Los camareros parecían ocupados en cualquier menester excepto el de atenderlo. ¡No había nadie más! La idea de trabajo, y la relación entre cliente y bar, atravesaba uno de sus peores momentos, incluyendo al cantante que profería aquellas barrabasada, sin melodía ni afinación. “Mamita, tú me… Mamita, quiero…”. La sola palabra “mamita” resultaba más penosa que el resto de las infamias que desplegaba. Dejó el café en la taza e hizo el gesto de que le trajeran la cuenta. .

A ese ademán, la camarera sí respondió rauda: evidentemente querían que se fuera. Noé había desafiado un diluvio: Covelo era capaz de perecer bajo las aguas antes que seguir padeciendo aquellas diatribas. La paloma le traería no una rama de laurel, sino la noticia de un lugar en silencio.

Pero en cuanto pagó, notó que le costaba levantarse. La misma música que había eliminado su sistema auditivo, ahora lo pegaba a la silla como una fuerza de gravedad extra y dirigida exclusivamente hacia él.

Por un instante, dedujo la argucia: el único bar abierto del boulevard era una trampa. Cuando la música a ese volumen absurdo lo hubiera secado como a un sapo en un laboratorio, lo utilizarían como maniquí para adornar el primer piso, ahora inhabilitado por la pandemia. ¿Por qué la planta baja podía usarse incluso en pandemia, y no el piso de arriba, con sillones? Covelo se preguntaba estas nimiedades en vez de abandonar aquel infierno. ¡Lo habían abducido! Pero un milagro asistió en su salvación: un relámpago interrumpió por un minuto el suministro eléctrico. Al cesar aquel flagelo sonoro, Covelo logró arrancar su osamenta del sitio y puso pies en polvorosa.

Aterido y extraviado, no obstante libre del criminal bullicio, buscó un techo donde refugiarse. Aunque ya había perdido la audición del oído izquierdo, el sonido de la lluvia en el derecho y el alivio por haber huido le depararon una idea.

Llevaba Covelo varias semanas sin poder resolver su situación sentimental con Eduviges. El conflicto era clásico e insuperable: él la amaba profundamente; ella lo aceptaba con displicencia. No obstante sucedía una paradoja: mientras ella quería que formalizaran por medio de la convivencia; Covelo, perdidamente enamorado, solo quería encontrarse intensamente. La idea de compartir sin pasión no le resultaba estimulante. Eduviges, rechazando en múltiples ocasiones sus afanes, prefería las salidas, los bares, las reuniones; y como colofón el concubinato. No era una atracción irrefrenable por Covelo, sino una cuenta pendiente consigo misma: quería tildar la asignatura.

En la conversación telefónica -sólo el oído derecho podía usar Covelo-, le explicó a Eduviges la ordalía del bar. Ella desmereció su padecimiento: – Te tomás todo demasiado a la tremenda.

– ¡Pero me perforaron un tímpano! Les pedí que bajaran un poco el volumen y ni siquiera me respondieron! ¿Para quién ponían esa música, si yo era el único cliente?

– Quizás la querían escuchar ellos mismos. Pasan todo el día ahí.

– Yo sentí como si estuviera un siglo. Pueden escuchar música en su casa. Se supone que un bar es para que el cliente se sienta cómodo.

– No podés pretender que lo adapten a vos -sentenció Eduviges.

– ¿Pero por qué te ponés del lado del enemigo? -se escuchó preguntar Covelo.

– Vos sos tu propio enemigo -replicó ella.

Covelo supo que debía poner punto final a aquella relación: no era buena para ninguno de los dos. La convocó, como ella le requería, a un bar. Aquel recién conocido bajo el temporal en Vicente López. Llegaron puntuales los contendientes: por una vez había sido Covelo, probablemente la primera en toda su vida, quien expresara:

-Tenemos que hablar.

El bar no lo defraudó. La música tronaba, y el cantante no escatimaba ni una injuria. Esa música era una forma oculta de totalitarismo: no permitía ser escuchada ni escuchar ninguna otra cosa.

– Lo que te quería decir… -gritó Covelo. Ahora le sangraba el tímpano derecho.

Pero Eduviges gritó aún más fuerte, aunque ninguno de los dos escuchó lo que decía. Por medio de dígalo con mímica, ella logró expresar:

– No te escucho nada.

Covelo hubiera querido decirle: – Ya ves, querida Eduviges: no se trataba de que yo imaginara una conspiración en mi contra. Efectivamente, este bar supuestamente sano, cuya única apariencia de serlo es haber clausurado ilógicamente el primer piso fungiendo prevención contra la pandemia, atenta contra sus comensales.

Pero lo más probable era que Eduviges encontrara el modo de defender el bar contra Covelo. En rigor, en aquel mismo instante, Eduviges actuaba con naturalidad: hablaba sin alzar la voz, aún conciente de que era imposible que se escuchara siquiera el estallido de un cartucho de dinamita. Reconocer el volumen ensordecedor hubiera sido para ella una concesión inaceptable.

De modo que Covelo le extendió a Eduviges el papel manuscrito que ya había traido preparado. Eduviges lo leyó asintiendo: “Creo que lo nuestro es un problema de comunicación”.

La vio alejarse bajo el día radiante: esa silueta prodigiosa, que tan pocas veces había podido disfrutar, marchándose para siempre. Lamentó su soledad, pero apreció su libertad. Descubrió que ahora no escuchaba un pomo tampoco de su oído derecho. Era el precio que había pagado por decir su última palabra en el amor.

WD

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