La nueva historia de Marcelo Birmajer: Rehén

admin

16/07/2021

El operativo había resultado sorprendentemente fácil. Interceptar el auto, matar al chofer y al guardaespaldas, llevarse a Silver. Ni siquiera los había perseguido la policía. Pucho, a cargo de la inteligencia, les había encontrado el paradero exacto en el Litoral: un descampado, con una casa colonial, junto al río Surubí.

Era la cárcel del pueblo perfecta. No los descubrirían ni con la CIA. Lástima el olor a podrido del agua del río. Por suerte, un gigantesco tanque australiano les garantizaba agua potable hasta el día del pago del rescate. Manganga había prometido que en cuanto llegaran con Silver, activaría el molino para rellenarlo, pero finalmente no supo hacerlo.

Aparentemente la embajada norteamericana no estaba dispuesta a negociar. Isabel tampoco. Habían creído que aquel científico y dueño del Laboratorio Damon era un activo insustituible para los yanquis, pero tampoco en esa previsión acertaron. Por muy cercano y asesor del cónsul que fuera Silver, Isabel y la embajada se habían sentado sobre la consigna de no negociar.

Los primeros días con Silver, sin más noticias que las de la radio y los transmisores, fueron mayormente mudos entre el rehén y los captores. Pero sobre el comienzo del sábado, Silver preguntó al Boxitracio si habían encontrado una pastilla en el bolsillo interno de su traje. El Boxitracio consultó al Goma, que confirmó. ¿Qué clase de pastilla es?, preguntó el Goma al rehén, sintiéndose avergonzado de no haber revisado antes ese bolsillo interno.

– Necesitaría la pastilla y un vaso de agua del río -respondió Silver.

El acento norteamericano de Silver los inclinaba a no concederle nada: parecía una caricatura. Pero de todos modos llamaron a Pucho a Capital y consultaron. Manganga le pidió precisiones. Silver aclaró: – Es para mostrarles un experimento. Si, como estoy seguro, me siguieron y espiaron, deben saber que estoy a punto de cerrar una investigación secreta. Tendrán la oportunidad de verla en funcionamiento: me secuestraron precisamente horas antes de la primera prueba práctica.

Hubo muchos más intercambios con los jefes. En la cúpula de la organización, uno temía que Silver intentara matarse. Pero finalmente Pucho los convenció de que valía la pena arriesgar. Silver quizás revelara una posibilidad de negociación que hasta entonces no se les había ocurrido. En cualquier caso, el ultimátum ya había vencido: la muerte de Silver era una opción. Manganga fue hasta el río con una olla, la llenó de agua podrida, regresó a la casa y le sirvió a Silver su última copa.

Silver dejó caer la pastilla en el agua del vaso. En cuestión de segundos, el agua se tornó cristalina. Incluso desapareció el vaho infecto. Antes de que los captores pudieran siquiera darse cuenta, el rehén bebió el agua recién clareada. Dejó la mitad. Exhaló un suspiro de satisfacción exagerado, como quien calma su sed.

– ¿Alguien quiere probar? -preguntó sin sonreír. Tras nuevos intercambios con los responsables en Capital, Pucho -desde su casa en el Tigre- ordenó que Manganga probara el restante de agua. Muy contra su voluntad, pero decidido a dar la vida por la revolución, Manganga obedeció. El agua era exquisita, reportó a sus superiores. Mejor que el agua de mesa, destacó.

– Es un potabilizador instantáneo de agua -detalló Silver-. Lo inventamos junto a un científico sueco y otro islandés. Es la mayor revolución mundial desde la aparición de la penicilina. Si me sueltan, por fin estarán mejorando las vidas de millones de personas; sin toda esta fantochada que vienen desplegando desde que regresó el extinto Perón.

A Manganga le molestaba que con su acento de sábados de super acción, Silver parecía utilizar el castellano mejor que ellos. Pero el que le respondió fue el Goma, sin pedir permiso, de sopetón: – Si lo soltamos, usted le venderá esa fórmula al imperialismo yanqui. Y los pueblos de América Latina, del África, del mundo árabe, continuarán viviendo junto a fuentes de agua podrida.

– En realidad -replicó Silver-, la primera fórmula la patentará un laboratorio sueco. Pero sí, es posible que luego la adquiera una marca norteamericana. Distribuirá la píldora con mayor velocidad por todo el mundo: es lo que ha ocurrido con la mayoría de los descubrimientos. Piensen en la luz eléctrica, el cine, la radio. Tarde o temprano llegan a todos los que quieran recibirlas. Es cierto, hay países en donde todavía se resisten: consideran que permitir la mejora del nivel de vida de la población es una concesión al Imperialismo.

– Ustedes se harán ricos y nosotros continuaremos pobres -dijo en tono amenazante el Goma.

– Nosotros ya somos ricos -dijo sin alterarse Silver-. Pero ustedes pueden elegir dejar de ser pobres. Algo está más allá de toda duda razonable: si me sueltan, millones de personas de todo el mundo tendrán acceso al agua potable en cuestión de segundos. Si de verdad, en el fondo de sus corazones, sienten un mínimo impulso por mejorar la vida de alguien, eso lo pueden lograr con apenas un gesto. Pero si los excita más tenerme de rehén, gozar de mantener al país en vilo, a mis hijos desesperados y a mis padres moribundos; entonces nada de lo que ustedes proclaman tiene sentido.

Manganga refirió inmediatamente a Pucho. Pucho consideró la situación lo suficientemente seria como para que acudieran las autoridades. Pero el Pelado prefirió responder desde Capital: no innovar. Mantenerlo cautivo y no soltar una sola prenda de información hasta que hubiera una propuesta oficial. Según fuentes de la Marina y la Casa Rosada, Isabel y la Embajada querían negociar; pero el Brujo no daba el brazo a torcer. La teoría del cerco se replicaba incluso sin el Viejo.

Esa noche Manganga no pudo dormir. Era su “franco”. Consiguió una botella de aguardiente de canuto y se durmió totalmente borracho. Tuvo pesadillas. Con la resaca encima, le susurró al Goma que lo soltaran. Lo que decía el científico era verdad. Continuarían luchando por la revolución, pero a Silver y su invento debían dejarlos seguir su curso. Goma le respondió muy enojado que podía hacerlo fusilar por sugerir esa traición liberal, y por el olor a alcohol. Además, durante la noche le habían ofrecido a Silver compartirles la fórmula y el rehén se había negado.

– Ustedes pueden montar una fábrica de armas… -argumentó Silver-. Pero no son capaces de preservar ni la fórmula de un detergente. Este es un país autoritario pero próspero: y ustedes, en vez de con el autoritarismo, quieren acabar con la prosperidad. Yo solo tenía la píldora de la primera prueba: la fórmula está dividida entre mis dos colegas y un servidor.

– ¿Quién es el “servidor”? -preguntó el Boxitracio, sin entender.

Silver se sintió tan cansado que prefirió no explicarle. Se dijo que si en vez de utilizar los nombres de la serie Hijitus como seudónimos para matar personas, se hubieran limitado a admirarla, ese país que tanto le gustaba sería mejor. Manganga salió supuestamente en busca de provisiones, y no regresó. Desertó. Esa noche llegó el Pelado y le dio la orden al Goma. Con el propio Pelado y el Boxitracio como testigos, el Goma le descerrajó un tiro en la cabeza a Silver.

Por la madrugada, cayó el Ejército -aparentemente al Ejército le convenía la muerte de Silver-, antes de que pudieran deshacerse del cadáver. El Pelado logró huir, al Goma lo mataron en el acto; pero el Boxitracio quedó herido junto al río, oculto. Solo podía arrastrarse: hubiera aguantado con algo de agua potable. Murió de sed.

WD

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