Lino Patalano, el Señor Maipo: el italiano que ganó y perdió millones y sigue enamorado de la Argentina

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19/09/2021

Nunca intentó esquivar al espíritu de Cáceres, el maquinista chileno que se ahorcó en 1985 en el techo del Maipo y cuya alma -juran- se hace oír cada noche; ni lo atemoriza Radrizzani, el otro espíritu al que no pocos sienten tras el incendio del teatro en 1943. Será que se alimenta del miedo. Que vivió toda su vida disfrutando del riesgo. Que apostó, ganó, perdió, volvió a apostar hasta que llegó una pandemia paralizante, y que cuando camina por los pasillos de ese templo inaugurado en 1908 no hay fantasma al que no sepa domesticar. Lino Patalano convence hasta a los muertos.

Vive con 14 perros. Atina, Napoleón, Roma, Tritone, Magui, Pedro, Felipe, Juan Cruz y otros seis mastines napolitanos en una quinta de Moreno. Puede recibir como huésped a Julio Bocca, a Norma Aleandro, o a media farándula argentina, y llevarlos a pasear por esas ocho hectáreas cuya casona delineó el arquitecto Alejandro Bustillo. Imposible no sonreír si se pasa por esa zona de paz en la que duerme su caballo, ese espacio surreal al que decidió bautizar La Isla del capitán Culo.

Un álbum de fotos lo muestra en Tailandia, con una serpiente (viva) como bufanda, o abrazando a un ratón (uno real, Toby) que “subía a escena” en El curioso incidente del perro a la medianoche. Lino no es excéntrico, es más bien hipersociable. Su especialidad, animalitos, artistas y manejo de egos bestiales.

Con algunos de sus 14 perros. Lino Patalano en su quinta. (Foto: Alejandro Palacios. Gentileza Patalano)
Con algunos de sus 14 perros. Lino Patalano en su quinta. (Foto: Alejandro Palacios. Gentileza Patalano)

Corría marzo de 2020 -casi seis décadas de sus andanzas en el rubro- cuando tuvo una corazonada. Estaba en España en gira con Les Luthiers y sintió que tenía que “levantar campamento, mandarlos de vuelta a tiempo”. Al pálpito le siguió una amenaza. “Me advirtieron de un juicio, de que iba a tener que pagar el lucro cesante. A los días se canceló toda la actividad teatral”, se ríe del olfato entrenado, y muestra el calendario 2022 de sus producciones, con Norma Aleandro (Mi abuela loca), con Ricardo Darín y Andrea Pietra (Escenas de la vida conyugal) y tantísimos otros. Proyecta y sueña como si no viviera en la Argentina.

Su historia es la de un optimista empedernido, la de quien ama la ruleta del arte. En 1975 tenía todo listo para estrenar El pequeño Marshall-Luz ilustrado, en el Nacional, y Niní Marshall sufrió una aneurisma horas antes. Lino perdió más de medio millón de dólares. No sería la última vez. Menos de una década después quedó en bancarrota persiguiendo ese sueño que era ser dueño del teatro Bambalinas.

En aquel entonces, cuando llegó a la sala su socio le había cambiado la cerradura y había desmantelado el lugar. Lino tuvo que desprenderse del departamento de Viamonte y Ayacucho, quedó “en la lona”, fue a ver a su madre y ella redobló la apuesta: le entregó las monedas de oro que eran de su marido para que las vendiera y empezara otra vez. Bajada y subida. Terminó produciendo a Roberto Goyeneche y Astor Piazzolla en el Regina. La historia familiar arrastraba ya ese ADN de subibaja, la cima y el barro. Los Patalano no iban por un resultado, fluían en el camino.

El padre del clan había perdido siete casas en Italia, dinamitadas por los alemanes. Pasó de terrateniente a inmigrante con hambre. Pensaba rumbear a los Estados Unidos pero terminó en la Argentina. Lino es la abreviatura de Pasqualino. En su DNI figura como Pasquale Cósimo Patalano. Su nombre se explica por el día de su llegada al mundo, el 21 de abril de 1946, en plena Pascua. Hijo de la posguerra, el parto de su madre ocurrió en una habitación en la que la mujer pujaba mirando el inútil sentido del dinero: como no había pintura, usaron billetes ya sin valor como empapelado. Lino entendió temprano que la plata es un insólito juego de papelitos de colores que hoy pueden faltar y mañana sobrar. Y viceversa.

En el templo de la calle Esmeralda. Lino Patalano (Foto: Lucía Merle)
En el templo de la calle Esmeralda. Lino Patalano (Foto: Lucía Merle)

Don Patalano padre llegó a Buenos Aires dos años antes que el resto de la familia. Mandó a llamar a su esposa, su hijito Lino de tres años, y otras dos hijas, y todos abandonaron Gaeta, Lazio, y atravesaron el río Po nevado antes de embarcarse en la tercera clase de un transoceánico. En Buenos Aires, apenas asomó a la cubierta, la madre del niño se decepcionó con las aguas turbias: ¡Questo é un fiume (un río) di merda!

El ebanista que terminó coleccionando estrellas

Lino de gira con Julio Bocca en Bangkok, en Pekín, en Moscú, en Siberia. Lino en la India produciendo a Facundo Cabral. Lino en las pirámides de Egipto. Lino, Lino y Lino en lugares recónditos. Pudo haberse ido cien veces a otra parte y de modo definitivo, con su entusiasmo para las inversiones a cuestas, pero no. Algo encontró en estos pagos que no se repitió caminando el mundo. Este año, después del “apocalipsis Covid” que puso en jaque al sector teatral, Patalano decidió hacer lo que toda su vida: ponerle belleza a la tristeza. “Ni en la guerra había pasado algo así, porque la gente prefería morirse en un teatro que escondida en un agujero”, juzga semanas después de tomarse un avión, soportar 18 horas de vuelo y aterrizar en Maldivas para oxigenarse. 

“Yo vengo de la posguerra y cuando era chico me peleaba con los del club de Villa Ballester. Les decía: ‘Ustedes no saben nada. No saben el país que tenemos, cuatro climas, de todo’“, se pone efusivo el que “por unos metros del mapa no nació en Nápoles”, el que de niño era “monaguillo top” en la Argentina por hablar latin y otras lenguas”, el que no tiene herederos hijos, pero sí un batallón de su sangre, dos hermanas, ocho sobrinos y decenas de parientes entre sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. Cada domingo de Pascua comparte con ellos y varios actores un huevo de chocolate de 80 kilos cuyo molde mandó a hacer especialmente. Uno de sus lemas: “La plata no sirve si no se comparte”.

Siguiendo esa filosofía, en 2016 festejó su cumpleaños en Italia. Se hizo cargo del pasaje y la estadía de 50 personas (entre familia y amigos, Eleonora Cassano, Marilina Ross, Sandra Mihanovich y más). No escatimó en hospedaje, en el hotel Serapo, con playa propia y vista al mar Tirreno. Contrató visitas guiadas a su casa natal y a la iglesia en que había sido bautizado para terminar con una fiesta en la que su sobrina estaba caracterizada como Anita Ekberg (La dolce vita) y Lino coreaba a los gritos Honrar la vida.

Entre fantasmas "buenos". El productor Patalano y la vieja leyenda de los espíritus que acompañan en el Maipo. (Foto: Maxi Failla).
Entre fantasmas “buenos”. El productor Patalano y la vieja leyenda de los espíritus que acompañan en el Maipo. (Foto: Maxi Failla).

Dueño del Maipo desde 1994, hace dos años se desprendió de una porción de esas acciones (los nuevos propietarios son Carla Calabrese y Enrique Piñeyro). “¿Si pensé que el teatro iba a desaparecer en pandemia? Jamás. Es el lugar donde más se respeta el protocolo y es el último acto vivo que nos queda. Va a sobrevivir y el futuro va a ser mejor, siempre pienso que el futuro será mejor, aunque nos vamos a tener que hamacar porque el planeta se está vengando”, opina Pasquale, al que en 1985 Julio Bocca pidió que lo representara. “No sé nada de ballet, sé de artistas populares“, se excusó. Bocca lo contrató: “Yo quiero ser popular”.   

“Un día jugaba Atlanta antes de una función y yo estaba desesperado, y él me compró un televisor para el camarín”, describe Sebastián Wainraich a Lino, a quien conoció en una jornada en la que hizo su programa radial con oyentes desde el Maipo. “Después de tres horas de radio aparece con su botella de champagne y me dice: ‘Vos sos un pelotudo. Es un éxito lo que hacés, quiero que vengas a trabajar acá’. Y de una salita en San Telmo pasé a hacer teatro ahí. Es el último romántico, siempre generando, armando equipos, abierto a recibir ideas. Un loco hermoso”.

“En 1994, época en que yo vivía en Los Angeles, conocí a Shirley Maclaine. Acordamos llevar el show que hacía en Las Vegas a la Argentina. Era un desafío grande para mi pequeña estructura y me puse a pensar quién sería el socio ideal “, cuenta Daniel Mañas, el productor marplatense que hoy trabaja con Ismael Cala en CNN. “Lo llamé a Patalano y sin dudar un instante me dijo ‘lo hacemos’. Él consiguió el Gran Rex para cinco funciones. Cuando llegamos con Shirley y un staff de 25 personas, nos instalamos en el Alvear. El día previo al debut hubo un ensayo y Shirley, que había aceptado un agasajo en la Embajada de Estados Unidos, golpea mi puerta en pijama, con los ojos desorbitados: ‘Tuve problemas para dormir y a las 7 de la mañana unos obreros empezaron a martillar en un edificio de al lado. Tengo que dormir. No puedo ir al cocktail de la Embajada‘”.

“Ese mediodía, al final de la magnífica escalinata de la embajada, Lino y yo recibíamos junto al Embajador James Cheek a los artistas y nuestra frase era ‘bienvenidos, Shirley no viene‘”, sigue su relato Mañas. “Al volver al hotel, Shirley me dice ‘me quedé sin voz, no podemos debutar’. Se lo comuniqué a Lino pensando en los gritos que iba a escuchar. Pero no. Me contestó ‘bueno, que no haga la función’, con total calma. Le sugerí dar la noticia por radio y TV. Tres horas antes de levantarse el telón y sintiéndome abatido, Shirley volvió a golpear a mi puerta: ‘volvió la voz, hay show’. Lo llamé a Lino de inmediato para darle la novedad y le comenté ‘qué mala idea avisar que se había suspendido’, a lo que me contestó ‘por supuesto que no avisé nada, así son los artistas’. Una lección que nunca olvidé”.

Junto a Mirtha en el centenario del Maipo, en 2008.
Junto a Mirtha en el centenario del Maipo, en 2008.

Las lecciones de vida llegaron a Pasqualino precozmente, mucho antes de que diera forma al café concert en espacios bautizados ​La gallina embarazada, El gallo cojo, El pollito erótico. Cuando bajó del barco en el puerto de Buenos Aires tomó un tranvía que lo llevó a Lanús y arrancó una aventura. Para esa época ya estaba tomado por el recuerdo mágico que arrastraba de su tierra, el teatro de marionetas gigantes y títeres, que buscó reproducir con postes, tachos, arpillera y alambres.

El progreso encontró a los Patalano con la forma de una casa propia en Villa Ballester. A los 13 Lino se empleó en una carpintería, pero vio manos y brazos de trabajadores mutilados por las máquinas, se asustó y abandonó. Soñaba con ser marinero, pero su madre le rogaba que no lo fuera; no podía con el recuerdo del barco hundido con media decena de primos a bordo.

El destino le propuso una navegación mejor. En su ingreso como cadete en el grupo Música Ligera de Riccordi, donde trabajaba su tío, empezó a frecuentar artistas y llegó el gran cruce con la dramaturga María Luz Regás. Ella le obsequió entradas para El rinoceronte, de Ionesco, en el San Martín, y no hubo dudas del fuego vocacional. Le pidió trabajo a Regás, si era necesario “ad honorem” y se abrió una puerta. Comenzó escribiendo gacetillas, barrió y creció hasta que se lanzó como productor de Mercedes Sosa y otras figuras en el Regina.

La primera vez que vio a quien sería su “hermana tucumana del corazón”, apareció en su departamento de Marcelo T. de Alvear “sin cita previa, con un ramo de rosas y una caja de marróns glacés” para convencerla de que hiciera su primer recital en un teatro. Le avisaron que “La Negra” estaba durmiendo la siesta. Lino no se fue. La esperó sentado en las escaleras del palier hasta que Mercedes despertó. “La Sosa” terminó cantando en el Regina.

Edda Díaz, Carlos Perciavale y Lino Patalano.
Edda Díaz, Carlos Perciavale y Lino Patalano.

Perseguidor compulsivo, otra “hermana” a la que persuadió fue a Niní Marshall. “Estuvo seis meses detrás de ella para que hiciera café concert. Le hablaba y le hablaba, pero ella tenía miedo de estar tan cerca de la gente porque era tímida”, cuenta la hija de Niní, Angelita Edelmann. “Es capaz de convencer a las piedras. A mamá la convenció y fue de las mejores cosas que hizo. Trabaja y trabaja y lo consigue con su sentido del humor, su inteligencia y su perseverancia. Hoy es un gran amigo de esta familia”.  

Ya no fuma cinco atados por día. Abandonó el cigarrillo, pero no su vicio mayor, el teatro, aún en la era del 70% del aforo, el manual protocolar y los barbijos. Tal vez organizar desde abajo un escenario, “esa ciencia no exacta”, le permite subsanar todo ese tiempo de niño sin juguetes. “Me entretenía con los muñecos del pesebre de Navidad”. 

“Lino pregunta lo que no pregunta ningún jefe: ‘¿Qué querés de tu vida, qué soñás hacer?'”, lo define el marplatense Sebastián Rojas, actor que comenzó a su lado como cadete, le sirvió café, se ocupó de trámites bancarios hasta convertirse en su asistente y coordinador de producción del Maipo, y luego independizarse. “Le dije que me gustaría producir y me fue llevando de la mano. Es un niño, para él no hay imposibles. Tiene una idea, la lleva adelante y cuando la termina te preguntás: ¿Pero cómo hizo? Yo no había tenido un trabajo formal anterior y todo mi camino fue ensayo y error. Una vez olvidé citar a los técnicos y teníamos un ensayo de un espectáculo. Era grave. Y en lugar de retarme como cualquier jefe tradicional, se sentó en la consola y empezó a manejarla él. Ese es Lino”.

Julio Bocca, Niní Marshall y Lino.
Julio Bocca, Niní Marshall y Lino.

“Patalano es el que tiene la delicadeza de poner un chocolatito y unas flores en tu camarín, no muestra el perfil típico del productor duro que solo piensa en los pesos”, describe el actor Pablo Alarcón, que sonríe cuando recuerda la rutina del italiano más argentino, siesta en el Maipo y hasta asados en el mismísimo teatro, donde hay una parrilla para agasajar a los trabajadores.

Como si no dimensionara el arco narrativo de toda esa vida novelesca, el hombre de los más de 200 espectáculos producidos- no quiere un libro biográfico. Prefiere guardarse esa película increíble y continuar defendiendo a capa y espada la república teatral, aún cuando aparezca la variable “variante Delta” y los números hablen del peor momento. “Yo quería ser misionero en la India y mirá la misión que tuve. Le digo al pequeño soñador que no tiene esperanzas que tarde o temprano la embocás. El teatro es ilusión y si no tenés ilusión, dedicate a otra cosa”.

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