Los límites de una política exterior fluctuante

admin

27/03/2021

Para un país como la Argentina, es de crítica importancia contar con un análisis certero de las tendencias internacionales en dirección, magnitud y velocidad. Somos un país periférico dentro del orden o la jerarquía mundial, sin capacidades militares (según el Military Balance 2021, Argentina representa el 5% del gasto militar regional mientras que Chile el 8% y Brasil el 42%).

Macroeconómicamente, la CEPAL estimó que la economía argentina se contrajo en 2020 por tercer año consecutivo, con una inflación de 43,5% interanual. A pesar de haber evitado el noveno default por la reestructuración integral de U$66.000 millones sujeta a legislación extranjera y de U$41.000 millones sujeta a la legislación nacional, nuestro país está endeudado a un nivel superior a 93% del PBI y con reservas negativas.

Desde hace ya dos años, es claro que el dato estructurante de la realidad global es el aumento de la rivalidad geopolítica entre Washington y Beijing.

La Cancillería parece haber elegido responder a las condiciones internacionales con la diplomacia de equidistancia. Hasta ahora, parece proyección de voluntarismo intelectual más que cálculo agudo de las condiciones globales. No se han podido utilizar los U$18500 millones del swap con la República Popular China para adquirir vacunas. Y ahora Argentina se retira del Grupo de Lima con el ministro de Economía en Estados Unidos negociando con el FMI. El país se aleja de la administración Biden en su posición sobre Venezuela exactamente cuando el presidente norteamericano es crucial para esas negociaciones.

El autoproclamado objetivo de rechazar la lógica binaria no cancela la realidad del creciente endurecimiento bipolar que atraviesa el mundo. Propone una respuesta geométrica a una problemática geopolítica. Equidistancia pareciera el equivalente del equilibrio para estados sin poder. Pero es esa variable clave de la que el país adolece.

Acaso más que centrarse en el posicionamiento externo frente a actores poderosos en pugna, la pregunta directriz podría ser cómo fortalecer la capacidad interna de establecer del modo más autónomo posible las propias prioridades y de potenciar los medios para perseguirlas en un contexto internacional cada vez más adverso y hostil debido a los crecientes costos que imponen las estrategias de proyección de poder de Washington y de Beijing.

Acaso por ser un recurso intelectual más que un resultado de la experiencia, la equidistancia no contempla a la política exterior como una política pública más, sujeta a intereses sectoriales y canales burocráticos, a culturas institucionales y relaciones interpersonales. Más que la equidistancia se podrían construir “autonomías acotadas”. Apalancando capacidades nacionales con interdependencias globales por niveles, temas o sectores través de coaliciones flexibles y pragmáticas de actores e intereses favorables a los propios.

Mariano Turzi es profesor de Relaciones Internacionales (Universidad Austral, UCEMA)

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