Luca Prodan cumpliría 68 años: una vida breve, fascinante y sin límites

admin

17/05/2021

“Los argentinos son extraños. A todo le ponen orégano” (Luca Prodan)

En la historia de Luca Prodan se mezcla todo: el Londres más rabiosamente punk de los 70 y uno de los paisajes más bucólicos de las sierras de Córdoba; el pulso callejero de estación de tren y el chef sofisticado; la cultura adquirida por ósmosis en una familia aristocrática y peregrina y gestos de homofobia barata (“ahí vienen los putitos de Virus…”). Estas características aparentemente contradictorias se sumaron a una obra artística arrolladora, realizada enteramente en la Argentina, mucho más profunda de lo que se puede sospechar. La penosa muerte ocurrida hace exactamente 20 años en una casona de San Telmo -sin un peso, en crisis con su banda y con el hígado minado de ginebra- fue el elemento definitivo para la configuración de la leyenda.

Una vida de película

El notable filme de Rodrigo Espina, Luca, da cuenta de la complejidad y riqueza de su espíritu. Nació en Italia, hijo de Mario Prodan -un austríaco riguroso y aventurero- y de Cecilia Pollock -mujer de ascendencia escocesa e inquietudes artísticas-. Se conocieron en Pekín, donde Mario se dedicaba al comercio de arte chino. Antes de afincarse en Roma, la pareja ya disponía de una buena situación económica. Pese a la resistencia de su esposa, Mario decidió mandar a su hijo ya díscolo como pupilo al prestigioso Colegio Gordonstoun.

Luca eterno. Murió a los 34 años.
Luca eterno. Murió a los 34 años.

Allí -como queda bien reflejado en Luca– el precoz Prodan resistió como pudo los embates de la institución, se fugó varias veces y se hizo íntimo amigo de un argentino de origen escocés: Timmy MacKern. A mediados de los 70, Timmy y Luca se instalaron en Londres, corazón del estallido punk. Compartían gustos musicales: Peter Hammill, Nick Drake, Pink Floyd, John Martyn, Bob Marley. Al poco tiempo, MacKern debió regresar a la Argentina por la muerte de su padre. Luca se quedó y vivió una fructífera etapa en la que formó su propia banda, Nuclear Heads, cultivó la amistad de la grey punk (llegó a compartir un departamento con Stewart Copeland, luego batero de The Police) y se empleó en una disquería que le permitió profundizar su cultura rock.

Hasta que su adicción a la heroína se volvió indomable. Un coma hepático y la muerte de su hermana (a causa de la heroína que Luca le había instado a consumir) lo hundieron aún más en una depresión que se puede rastrear en futuras canciones: Lament, Like London, Teléfonos que suenan en habitaciones vacías, Heroin. Una carta de Timmy con una foto familiar de Nono, Córdoba, lo convenció de que otra vida era posible.

No sé lo que quiero

En Nono, con German Daffunchio (yerno de Timmy), Alejandro Sokol y Sthephanie Nutall (una baterista punk que Luca se trajo de Londres) comenzaba Sumo. Antes había probado una vida campesina (llegó a comprar unas vacas) y grabado caseramente con su guitarra acústica y una portaestudio un puñado de canciones sencillas y sensibles, muchas de ellas rescatadas por Timmy para la edición post mortem del fundamental disco Time, Fate, Love.

Sumo irrumpió en el panorama del rock local atravesado por una gran paradoja. Mientras la guerra con Gran Bretaña le dio un impulso inusitado al rock nacional debido a la prohibición de emitir por radio canciones en inglés (las bateas enloquecieron y desde Víctor Heredia hasta Marilina Ross aparecían asociados a un movimiento hasta entonces ignorado por los medios), Sumo padeció Malvinas. Primero, con el regreso preventivo a Inglaterra de Nutall: en aquella Argentina, ser baterista, inglesa y mujer era demasiado. Segundo: ningún sello discográfico grande quería contratar a un grupo con mayoría de repertorio en inglés.

Es memorable un show del Stud Free Pub en que el cantante salió con un colador a la manera de sombrero cuando alguien le gritó algo referido a su inglés. Luca respondió: “Yo canto en inglés, men, pero soy italiano. Y Las Malvinas son italianas. Por eso tengo un colador en la cabeza, porque los italianos van a bombardear con fideos”.En 1983 sacaron de manera precaria (solo 500 copias en casete) el disco debut Corpiños en la madrugada, que traía el hitazo en vivo La rubia tarada. Dos años después, la CBS editaría Divididos por la felicidad, con distribución nacional, que nuevamente incluía la paradigmática canción que manejaba una temática muy de época: el “caretaje” de las discotecas, los chetos, la Argentina real de la esquina y la ginebra.

Ya hacía rato que la formación de Sumo se había definido con Superman Troglio en batería, Roberto Pettinato en saxo, el bajo superpoderoso de Diego Arnedo, la soberbia primera guitarra de Ricardo Mollo y la rítmica de Germán Daffunchio. Era una banda conmocionante en vivo y despareja en los discos. Tenían un sonido inédito para los cánones argentinos y manejaban una variedad estilística extraordinaria. Mientras que el efervescente “nuevo rock argentino” que estaba surgiendo de los sótanos se podía dividir en ritmos (rockabilly-Casanovas, ska-Cadillacs, reggae-Los Pericos, punk-Los Violadores, tecno-Los Encargados, pop-Soda Stereo, y así), Sumo era un volcán de géneros que se concentraba en la ductilidad instrumental de la tríada Daffunchio/Arnedo/Mollo y en el carisma y la buena voz de Prodan.

Curtían el buen reggae (No Good, No acabes, Percusion Baby), el punk rock (Fuck You), la disco (Debede), el funk (Los viejos vinagres), cierto tecno rock deforme (Cinco magníficos, Estallando desde el océano, la minimalista Mañanas en el Abasto), impresionantes baladas rock como Heroin y Teléfonos que suenan en habitaciones vacías (una de las mejores canciones de Luca, una suerte de suite que continúa en White Trash) y hasta, si se quiere, coqueteos con la world music en Cruachan y esas gaitas celtas.

Como en los primeros shows de los Redonditos de Ricota, había mucha performance en los conciertos de Sumo. Desde los contoneos en el más rancio under de Geniol (anunciado como “el primer mimo punk”) que metía su voz en un verso de La rubia tarada hasta el mozo que servía ginebra en los recitales finales de Obras, pasando por las caracterizaciones de Luca (sus graciosas alocuciones en cocoliche, sus pelucas, los discos de vinilo que se ataba en el rostro a la manera de máscara, el colador, etc.). Luca vivió el ascenso de la banda con contradicciones y, también, con una adicción inmanejable: la heroína había sido reemplazada por la ginebra. Adaptado a Buenos Aires, cobijado en mujeres que destapaban en él un lado tierno y vulnerable (como queda de manifiesto en Luca), vivió sus días postreros en San Telmo.

Antes de tocar Fuck You, Luca dijo: “Ahí va la última”. Dos días después apareció muerto, de un paro cardíaco

El 20 de diciembre de 1987 Sumo dio un concierto en el Club Los Andes. Antes de tocar Fuck You, Luca dijo: “Ahí va la última”. Dos días después apareció muerto, de un paro cardíaco, en esa casona de la calle Alsina. Tenía 34 años. Pese a que está presente en las remeras, en los grafitis y en cierto espíritu de las bandas herederas y consolidadas como Divididos y Las Pelotas, no se advierten demasiados rastros de la música de Luca Prodan en el rock actual. Pero esa huella está. El carácter que Luca Prodan le imprimió a la música de los 80 es, tal vez, un tanto abstracto. Pero profundo.

El hombre que se reía porque “los argentinos a todo le ponen orégano” vino para sazonar, de una vez y para siempre, un rock argentino que tendía a la melancolía. Sumo no fue ni nuevo rock ni viejo rock: fue un plato volador que aterrizó en la Argentina de fin de la dictadura. Y manejaba Luca.

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